¿Morirse hoy? ¿Aceptarían? ¿Y la siguiente semana? ¿El próximo año? ¿Con cien años? ¿Ciento veinticinco, quizás? ¿En serio no quieren vivir más? ¿Realmente se conforman con ser sombra de perennidad? (¿Me expreso bien, señor Unamuno, o no llego a ahondar en el sentimiento trágico de la vida?). ¿Avenirse solo con pequeños detalles de aparente infinitud? Por ejemplo, esos anillos en los que ustedes funden en oro la luz amorosa. ¿Y aquellos candados que imaginan la mantendrán encendida y sujeta durante un sin fin (mientras el ayuntamiento no los quite de sus puentes, claro)? ¿Y qué dicen de sus teatrales pretensiones de longevidad sin límite, atendiendo al empeño de apuntar un nombre en cualquier escenario que se considere relevante? «Pasó por aquí el adelantado don Juan de Oñate, del descubrimiento de la Mar del Sur. A 16 de abril del 1605», leemos en un grafiti encontrado en el monumento nacional El Morro (Nuevo México / EE. UU.). O tener un hijo. Plantar un árbol. Publicar un libro. … Ya saben. … Y más casos. Y más… pero luego, nada. La nada. … Y no me refiero a existir como alma en un paraíso religioso, ni señalo el camino de una conciencia duradera, siguiendo teorías cuánticas. Ni tampoco otras vías. «¡Bebe vino! Lograrás la vida eterna», canta Omar Khayyam en los siglos XI y XII. No… Continuar sin caducidad y sin cambio físico. Que el reloj se pare con los años que uno decida. Y con la voracidad que vemos en un moribundo John Blaylock durante el filme El ansia (Tony Scott, 1983). «- Dijiste para siempre. Sin final. ¿Lo recuerdas? / - Todos los días. / - Por siempre, dijiste. Por siempre y para siempre. Nunca envejecer. ¿Lo recuerdas?». … No concibiéndose como un poema con un último verso de pie quebrado. Y escribo muy en serio. Sin pensar en la perpetuidad del cangrejo, si atiendo ahora al significado que encierra esa expresión. Yo, sí, como un eternauta. Firme… aspirando a ver algún día mis obras concluidas o mis reparaciones satisfechas. Con el afán de que incluso mis buenas imágenes pasadas no desaparezcan. «Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia», me contradice el archicitado Roy Batty en Blade Runner (Ridley Scott, 1982). … Y solo descansar, de noche, con los labios pegados a los labios de un amor de junco, si reelaboro ahora líneas de un imperecedero fragmento de Thomas Mann en La montaña mágica (1924). (Y, de verdad, señora Vallejo, no aporto esa imagen vegetal inspirado en el título de su libro, aunque reconozco que aquí viene bien). Porque para mí la inmortalidad no es demasiado. (¿Le parece acertado escribirlo así, señor Cheng?). Y a pesar de que la biología no sienta piedad, tengo algo muy claro: deseo serme en perennes semillas de puntos y seguido.
.............................................
.............................................
............................................., etc.
Y a ustedes les respeto su querido punto final. [.]