Queridos lectores, inauguramos este 2026 en “Recomendados” con dos ingredientes capaces de elevar cualquier plato a una sutileza inesperada. Por un lado, la trufa: ese hongo milenario, con más de 15.000 años de historia, venerado por civilizaciones como la egipcia, la griega y la romana. Y por otro, un vinagre balsámico de Módena en formato esférico, 100% natural, cuya innovación reside en que su esfera puede rallarse para coronar nuestros platos con un gesto casi escultórico.
“Gastronomía, artes plásticas y arte del vino se encuentran aquí para recordarnos que vivir intensamente una experiencia es, en sí mismo, crear.”
Tesoros italianos y arte contemporáneo: un diálogo sobre autenticidad
Y es que, si hablamos de Italia y su cocina, sin duda posee innumerables detalles que la hacen muy especial. De hecho, la trufa y el balsámico son parte de su tesoro protegido. Italia convirtió a ambos en símbolos de identidad, en artesanía viva, en patrimonio cultural. Son ingredientes que encarnan la filosofía italiana de la belleza esencial.
La gastronomía italiana es un milagro en movimiento: sublime y compleja, pero al mismo tiempo sencilla como un gesto antiguo. Recién nombrada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO, su grandeza no reside solo en las recetas, sino en la profundidad de sus sabores auténticos, genuinos, capaces de convertir un bocado en un instante suspendido, casi ritual, que trasciende el tiempo.
Basta pensar en un balsámico que se ralla como si fuera un tesoro oscuro, o en una trufa que enloquece al caer, en finas virutas, sobre una pasta humilde. ¿Sencilla? ¿O sencillamente espectacular? En Italia, lo elemental se vuelve extraordinario, y lo cotidiano se convierte en un acto de revelación.
Un plato de pasta fresca con trufa y balsámico acompañado de un Pinot Grigio crea una escena que respira la esencia italiana: lo simple elevado a lo sublime. La pasta sirve de lienzo neutro; la trufa (colledeltartufo) aporta su aroma terroso y profundo; el balsámico (terradeltuono) añade un brillo dulce‑ácido que despierta cada matiz; y el Pinot Grigio, con su frescura mineral y su ligereza cítrica gracias a la molécula linalool, limpia el paladar sin competir, dejando que cada bocado se sienta como un pequeño ritual. Es una combinación que honra la tierra, el tiempo y la autenticidad, uniendo en un solo gesto la elegancia natural de Italia.
Cocina que celebra lo esencial: un gesto mínimo que se vuelve sublime, un sabor que trasciende el tiempo. Esto nos lleva a pensar en la alquimia que ocurre en los paisajes de Fran Lara. Sus obras capturan la grandeza silenciosa de lo cotidiano, igual que una trufa que cae en virutas sobre una pasta humilde o un balsámico que se ralla como si fuera un secreto antiguo.
En sus lienzos, la luz se comporta como un ingrediente maestro: transforma, revela, ennoblece. Lo que en apariencia es sencillo —una colina, un cielo, un sendero, una hoja— se vuelve espectacular, igual que en la gastronomía italiana lo elemental se convierte en un acto de revelación. Ambos mundos comparten esa capacidad de detener el tiempo y recordarnos que lo auténtico, lo genuino, lo profundamente humano, suele esconderse en lo simple.
El premiado artista Frank D. Lara Peña, de origen dominicano, formado entre paisajes secos y una tradición familiar de sensibilidad artística, basa su búsqueda creativa también en lo elemental. Como la cocina italiana, Frank trabaja con lo que la tierra ofrece: hojas, flores, fibras, materiales orgánicos que él no manipula para ocultar su origen, sino para revelar su verdad. Sus collages no imitan la naturaleza: la honran, la escuchan, la dejan hablar.
En ambos mundos —la mesa italiana y el taller de Frank— lo auténtico es el punto de partida y el destino. La trufa, que se ralla o espolvorea sobre la pasta, y la hoja que se adhiere al collage comparten un mismo gesto: elevar lo simple sin traicionarlo. La cocina italiana no necesita artificio; Frank tampoco. Ambos confían en la potencia de lo genuino, en la belleza que ya existe antes de la intervención humana.
La gastronomía italiana celebra el tiempo: la paciencia del vinagre balsámico, la espera ritual de un hongo milenario. Frank, desde otro lenguaje, también trabaja con el tiempo: la fragilidad de una flor seca, la memoria de un paisaje árido, la vida que persiste en los materiales que otros descartarían. Su obra es un recordatorio de que lo vivo continúa hablando incluso cuando parece quieto.
Así, la unión entre ambos no es forzada: los sabores italianos nos llevan al arte de Frank y nos permiten entender que comparten una ética y una estética de la autenticidad. Ambos convierten lo cotidiano en un acto de revelación. Ambos nos invitan a detenernos, a mirar, a saborear, a recordar que lo esencial, cuando se honra, puede ser espectacular.
Para finalizar, esta obra de Fran (portada de este artículo), con sus hojas prensadas que revelan venas, tiempo y territorio, dialoga de manera natural con la esencia de la trufa que nace en silencio bajo la tierra y del balsámico que madura lentamente en madera. Igual que la gastronomía italiana convierte lo simple en sublime, esta pieza vibra en sintonía con esa sensibilidad.
Tesoros italianos que, gracias a CBG, podemos disfrutar en España.
“Esperamos haberlos inspirado a descubrir lo espectacular que habita en lo cotidiano.”
Hosanna Peña Dr. Ricardo De Arrúe El Perfume del Vino
Os recordamos seguir nuestras columnas en este mismo diario: “Las moléculas del Vino”, “Filosofía Práctica del Vino” (español e inglés) y “Recomendados”