Aunque “La Sala, Otra Mirada” de Mario Sandoval plantea una propuesta sensorial y conceptual que, sobre el papel, promete profundidad y emoción, la experiencia no terminó de transmitirme ese impacto que esperaba. La narrativa está presente, la técnica también, pero el conjunto queda algo por debajo de lo que su planteamiento sugiere: no llega a sorprender ni a emocionar del modo en que un formato tan elaborado podría hacerlo. Aprecio sinceramente la intención de ofrecer una mirada distinta a la gastronomía, pero en mi caso la ejecución resultó más contenida de lo previsto, sin momentos especialmente memorables ni un hilo conductor capaz de sostener la expectativa generada.
“‘La Sala, Otra Mirada’: un concepto ambicioso que todavía no encuentra su plenitud, pero al que animamos a seguir explorando”
Queridos lectores, hoy en “Recomendados” nos adentramos en “La Sala, Otra Mirada”, la experiencia inmersiva con la que el chef Mario Sandoval propone acercarse a su cocina desde un enfoque íntimo, científico y emocional, invitando a reinterpretar qué significa comer, observar y sentir un plato. Esta propuesta formó parte de la programación de HIP y tuvo lugar el pasado 17 de febrero, un contexto que ya de por sí eleva las expectativas por el carácter innovador del congreso y por la trayectoria del chef. En esta ocasión asistí personalmente a la experiencia (Hosanna), que después analizamos y comentamos juntos para elaborar esta reseña.
El menú comenzó con una almeja Godello, chalota y piparra, un arranque que apuntaba hacia la sutileza marina. Le siguió un plato de pistacho en forma de sopa de curry con helado y caviar osetra, pensado para jugar con contrastes y temperaturas. El tercer pase giró en torno al guisante —mole verde, vaina y guisante lágrima—; el cuarto turno fue para el Toro Bravo Mostaza, rabo de toro y encurtidos. Después llegó el que, para mí, fue el momento más destacado de la jornada: la liebre, presentada con castaña, tomillo y granada. El recorrido concluyó con un postre de miel, roca de queso manchego y pera flameada. Todo ello armonizado con vinos seleccionados, entre ellos el cava Mirgin, que acompañaba con solvencia la propuesta.
La puesta en escena añadía capas a la experiencia: entre plato y plato se proyectaban vídeos que mostraban el proceso de elaboración, mientras la música en directo buscaba reforzar la atmósfera sensorial. Además, se entregaban a cada comensal piezas que recreaban los elementos del plato para tocarlos u olerlos, un intento de ampliar la conexión más allá del gusto y llevarla al terreno táctil, olfativo y emocional.
Sin embargo, pese al despliegue técnico y al cuidado en cada detalle, la experiencia no terminó de alcanzar la intensidad emocional que prometía. La liebre fue, sin duda, el plato más logrado del menú en mi opinión, pero en conjunto la propuesta no consiguió generar esa conexión profunda que se esperaba de un formato tan ambicioso. Todo estaba bien ejecutado, sí, pero la emoción —esa chispa que convierte una degustación en un recuerdo— no llegó a aparecer en mi caso.
Nos quedamos con la sensación de que la intención estaba ahí, aunque la emoción no terminara de llegar. Aun así, seguiremos buscando esas experiencias que sí consiguen encender la chispa. A veces la emoción aparece, otras no, y eso también forma parte del viaje gastronómico. Lo importante es seguir descubriendo propuestas que nos permitan entender por qué ciertos platos nos tocan… y otros simplemente pasan. De todos modos, felicitamos la intención y el esfuerzo detrás de esta propuesta, que sin duda busca abrir nuevos retos; van por buen camino.
Nos leemos en la próxima recomendación.
Y a todos vosotros que nos leen, queremos invitaros a seguir nuestras columnas “Filosofía práctica del vino” y “Moléculas del Vino”, así como nuestros artículos en la columna de Recomendados. Somos El Perfume del Vino, Hosanna Peña y Dr. Ricardo De Arrúe.