Cuando fuimos peces

Tres ciudades, tres vírgenes, una misma luz

Hay ciudades que parecen distantes en el mapa, pero que laten al mismo ritmo cuando la devoción las toca. Sevilla, Zaragoza y Madrid son tres de ellas. Tres ciudades distintas, tres acentos, tres maneras de mirar el cielo. Y, sin embargo, cuando sus vírgenes se nombran, algo se alinea. Algo se reconoce.

Mañana, Sevilla despertará con su amanecer más antiguo. La Virgen de los Reyes, patrona de la ciudad y de su Archidiócesis, cruzará la Puerta de Palos como lo ha hecho durante siglos. La luz se hará oro. El incienso será aire. Y miles de sevillanos caminarán detrás de ella como quien sigue una certeza que no necesita explicación.

Sobre su corona lucen los escudos de Castilla, León y Aragón, como si guardara la memoria de todos los reinos que un día formaron España. Es la primera imagen coronada de Andalucía, la segunda de España, y la única que recibió su corona sin padrinos ni madrinas, como si la ciudad entera hubiera querido ser su familia.

Y mientras Sevilla celebra, Zaragoza custodia. Aquí, la Virgen del Pilar permanece en su columna, rodeada de las banderas de la Hispanidad, como si abrazara a todos los pueblos que hablan nuestra lengua. No recorre calles, no gira esquinas, no se detiene en posas. Pero cada día recibe flores, silencios, promesas y agradecimientos. Es una devoción que no necesita movimiento, porque ya es raíz.

Y entonces, uno mira hacia Madrid. La Virgen de la Almudena, patrona de la capital, custodia la ciudad desde su catedral como quien vela un hogar inmenso. Su historia también mezcla leyenda y verdad: hallada en un muro, escondida durante siglos, devuelta a la luz como quien regresa de un largo sueño. Madrid la acompaña con una devoción serena, hecha de pasos tranquilos y de una fe que se sostiene sin ruido.

Tres ciudades. Tres vírgenes. Tres maneras de entender la luz.

Sevilla celebra a su Reina en la calle. Zaragoza custodia a su Pilar en la columna. Madrid guarda a su Almudena como quien protege un secreto antiguo.

Y entre las tres, la devoción se hace puente. Un puente que no entiende de distancias, ni de acentos, ni de fronteras. Un puente que une amaneceres: el de Sevilla, dorado; el de Zaragoza, azul; el de Madrid, blanco.

Mañana, Sevilla volverá a encontrarse con su Reina. Y aquí, en Zaragoza, seguiremos velando a la Virgen del Pilar hasta que llegue el día en que también salgamos a las calles para acompañarla y llevarle flores. Madrid hará lo mismo con su Almudena, como siempre ha hecho.

Tres ciudades, tres vírgenes, una misma luz. La luz que nunca se apaga.