El movimiento telúrico de hace pocas horas en Colombia alcanzó los 7.4 grados en la escala de Richter con duración de varios minutos, lo que denota la gravedad y fatalidad del evento con sus dos réplicas. El país se encuentra ubicado en una zona de especial actividad sísmica, con regiones donde la interacción tectónica de placas puede generar terremotos de gran magnitud. El Occidente del territorio está conectado al Cinturón de Fuego del Pacífico, la placa de Nazca que se mueve hacia la parte continental y se desplaza por debajo de la placa Suramericana. Ese movimiento genera una acumulación de energía que libera ondas sísmicas, en una dinámica profunda que ocurre desde hace millones de años.
La interacción oculta y permanente del interminable movimiento generó incertidumbre entre las pérdidas humanas, la indagación por el estado de esas personas unidas por vínculos de sangre y cercanos afectos en medio de una dificultad para obtener noticias en la comunicación celular, saturación de la red, daños en la infraestructura, cortes de energía, cables de fibra óptica subterránea rotos, o bien porque se desalinean las antenas en las torres por el mismo evento. Lo que se presentó es el obvio temor ante el desastre, que demuestra la fragilidad humana tanto como las enfermedades que se llevan en el alma y que son latentes ante el fenómeno natural.
Cuando todo parece que se acaba en segundos y parece termina con los anhelos e ilusiones, nos hallamos frente a lo frágiles que somos en la vida, y no pocas veces en las luchas, cuando realmente todo se nos puede derrumbar en un momento y en esos largos segundos que se viven entre el pánico, temor y angustia, se espera que triunfe el milagro de la existencia.
Pero generalmente en el mundo de la rutina nos desvanecemos ante las decepciones, se pierde el sentido de la vitalidad ante adversidad en el amor, se desgasta y pontifica el odio ante el pensamiento diferente, la nimiedad de las dificultades que se refleja en un orgullo que carcome y hasta causa estragos en la salud de quien lo vive.
Ser humilde no es bajar la cabeza, ni olvidar lo que otros quieren, y debería ser la verdad sin imposición, para sumar y decidir más que para determinar y juzgar, tener memoria para que no ocurra lo lamentable. Definitivamente, mientras se espera el aplauso y el premio, molesta más aquel que se ofende y no quien ofende. Entonces, la imperfección humana nos lleva a repetir y estrellarnos con la misma piedra.
Las imágenes dan cuenta de la magnitud del terremoto y sus consecuencias, del sufrimiento de quienes soportan la oscuridad del momento ante el drama familiar, ausencias definitivas, la salud, y la recuperación que se espera en la tragedia que debe encararse cuando inexplicablemente se han salvado.
Al ver montañas de cemento y hierros de estructuras retorcidas, solidaridad con las víctimas, y el testimonio para ellos de sincero dolor de patria…