Sencillamente irresistibles

Sembrador de odio

¿Está en juego la democracia en nuestro país?

¿Está en jaque la convivencia, la transición por la que tanto entregaron con la mayor generosidad los detractores del totalitarismo, evitando la ruptura del guerracivilismo en España?

De momento Sánchez, tras el legado de Zapatero en ese sentido de ruptura y fragmentación de lo logrado, lucha denostadamente por la polarización en España, acción que le convierte en el padrecito del odio que siembra, resucitando muertos, desenterrándolos, como en el caso de Franco, no sólo en sentido figurado, sino en cadáver y féretro y deseando, presuntamente, transformar nuestra monarquía en república para convertirse en el nuevo presidente de la misma, o mejor dicho, en el nuevo caudillo del siglo veintiuno.

Tal como hiciera Estados Unidos con la figura de Rambo, procurando blanquear la derrota vergonzosa de la nación más poderosa frete a Vietnam, el puto amo ha reinventado y puesto en escena una guerra civil española a su medida, pretendiendo un resultado de la misma muy diferente al auténtico.

Pero es un maestro en el arte del camuflaje y siguiendo con lo de desenterrar, de llevarlo a cabo sacando de su sueño eterno a los radicales y a los enemigos de la democracia liberal, llevando al socialismo español a distorsionar el comportamiento de las Instituciones, que deberían permanecer alejadas del poder político.

Pretende pues alcanzar un pretexto moral para justificar esta España de hoy, con un gobierno contra el Estado, que, a pesar de las cargas de profundidad en su contra, de las calumnias y del fango, se defiende como puede por medio de jueces, fiscales, guardias civiles, periodistas y algunos políticos decentes.

Su estrategia se basa en el conflicto permanente, en el  “divide y vencerás”, en practicar el “Y tú más”, en demostrar una gran superioridad moral frente a la derecha a pesar de ser un vertedero, una cloaca con infinitas tuberías y desagües en las que Leire, por ejemplo, ejerció al parecer de fontanera honorífica paseándose como si fuera su casa por la fiscalía general del Estado, ese Estado democrático que el número Uno intenta masacrar.

España arde por los cuatro costados, a diario nos asola un incendio pavoroso provocado intencionadamente o por desidia, por la falta de prevención y de limpieza, que convierte el monte en combustible.

España descarrila en sus trenes, se hunde en sus baches de carretera, se apaga sin explicaciones, pero con muchos aerogeneradores, se retuerce en el banquillo en el que se sientan sus familiares y adláteres encausados, se asfixia con la regularización masiva y sin control y la ley de nietos. y se desangra en una invasión de marroquíes amparados por la reciente sentencia del Tribunal Supremo acerca de los rechazos en frontera por vía marítima, sin que las autoridades marroquíes muevan un dedo y con nuestro Gobierno haciendo lo propio y asegurando que hemos alcanzado ya la normalidad.

Pero por más que se empeñen en su cinismo, no es normal su estulticia, su incompetencia, sus mentiras, su tomarnos por idiotas y sus pueriles y ridículas recomendaciones, (que llegan como una bofetada desde la Mareta) de la música que tenemos que oír y los libros que debemos leer. 

Sus vacaciones son tan sagradas como las vacas en la India. Y aunque den el más repulsivo cante, no, no le dan vergüenza porque sencillamente no la tiene.