Observo en algunos escritores veteranos una corriente literaria que, podríamos denominar, de postrimerías. Algo así como una melodía narrada del adiós. Es el caso de Salman Rushdie, Julian Barnes o el desaparecido Paul Auster, octogenarios autores que se despiden de la mejor forma que saben, escribiendo.
En el panorama nacional de las letras, también hay autores que narran despedidas (Fernando Aramburu, Luis Mateo Diez), escriben renglones que entrelazan la vida y la muerte, como un puente levadizo por donde transitan los sentimientos. Un tributo que el oficio rinde a los que nos preceden, nuestros mayores, que un día, cómo pasa el tiempo, fueron niños sin conciencia de su finitud.
Somos mercancía perecedera, con denominación de origen y fecha de caducidad. Somos almas que, como aves migratorias, sobrevolamos marismas de emociones; volamos hacia el sol que templa el ánimo, hacia la luz que espanta las sombras, voluntades que atraviesan incertidumbres y ansían colmar el hambre de sus expectativas. Nacer para morir, o quizá, morir para nacer. Cuando la vejez convierte en memorias nuestro mundo, el impulso de la reconciliación con la vida se vuelve perentorio, los escritores sentimos la necesidad de hacer volar despedidas igual que bandadas de vencejos.
Despedirse sana a los enfermos. No es fácil despedirse, hay quien nunca lo hará, por más que su marcha sea indefectible. Hay quienes se creen inmortales; a pesar de que en su balanza vital los años por vivir sean ya menos que los años vividos. Se aferran a lo material, al poder, a un supuesto estatus de privilegio; pero se engañan a sí mismos. Sabido es que nadie es imprescindible (otra cosa es que seamos insustituibles para según quién), nadie permanece intacto al paso del tiempo, nadie conoce qué está escrito para nosotros mañana.
Para esos que no se dan por aludidos, para los soberbios y los vanidosos, las despedidas son como un golpe seco en la boca del estómago, les dejan sin aliento. Ponerse de perfil frente a la realidad no te hace invulnerable, solo te convierte en un temerario. A esa clase de personas, los adioses les sorprenden maquinando planes que quedarán en nada.
Pedro Sánchez es uno de ellos, esquiva la verdad creyendo que no será juzgado. Es cierto que, hasta el momento, la atonía ciudadana y los dados macabros del destino le han sido favorables. Sin embargo, aunque parezca un emisario del infierno, él también es finito. De hecho, cada vez son más los descontentos, más las voces que le increpan, más los que ansían un cambio en la depravación institucional instalada en España. Muchos de sus votantes, los que conservan la honestidad, no aprueban el modo amoral de mantenerse en el Gobierno por el capricho de un individuo fatuo.
Con todo, el tiempo se le acaba, escapa de sus manos. Llegará el día de su adiós político, sonará una melodía que anticipe su marcha, el sonido sordo de unos sobres cayendo dentro unas urnas. El día en que los votantes comprendan que no pueden seguir alimentando a la bestia, porque la sinrazón no debería llegar a presidir un país. Y si lo preside, como es el caso, tengamos la altura de miras necesaria para desterrar a la bestia, acotemos su tiempo de maldad.
Mencionaba a Paul Auster en el primer párrafo de esta columna. Su mujer, Siri Hustvedt, denominó Cancerlandia a la experiencia de Auster en su vida de enfermo. Un cáncer de pulmón se lo llevó por delante. No permitamos que el sanchismo nos confine a vivir en Cancerlandia, la nación enferma de corrupción política, y, sobre todo, moral. Escribamos para él una despedida, un final esperanzador a esta novela negra que protagonizan Pedro Sánchez y sus lacayos. Parece evidente que la política de supervivencia está llegando a sus postrimerías.