A veces pienso que Madrid tiene la costumbre de cambiar de piel como cambian de temporada las grandes casas de moda. Yo, que llevo tres décadas recorriéndola como arquitecto—y como mujer que nunca ha sabido separar del todo la vida del diseño— la he visto reinventarse con la misma elegancia silenciosa con que una prenda bien cortada se adapta al cuerpo. Ahora, cuando el tiempo empieza a sentirse distinto, más denso y más valioso, descubro que algunos edificios icónicos de la ciudad guardan en sus formas la misma nostalgia que se encuentra en un vestido antiguo: la huella de lo que fuimos y el eco de lo que aún podemos ser.
La arquitectura y la moda siempre me han parecido parientes cercanas. Ambas envuelven, ambas protegen, ambas revelan. Ambas hablan de identidad. Y cuando camino por Madrid, siento que leo una colección completa: fachadas que son patrones, volúmenes que son costuras, plazas que son tejidos abiertos para respirar luz.
Recuerdo bien la primera vez que me detuve frente al Edificio Telefónica. Aún era estudiante, con esa mezcla de vértigo y ambición que solo puede sentirse a los veinte años. Vi en sus líneas verticales algo parecido al porte de una modelo a punto de salir a pasarela: una rectitud segura, un deseo de altura, una forma de decir “aquí estoy”. Había en esa estructura un gesto casi Balenciaga, una solemnidad precisa que aspiraba a vestir la Gran Vía con modernidad. Con el tiempo, la sorpresa inicial se transformó en un cariño íntimo, el que se le tiene a las piezas que ya no deslumbra ver, pero cuya presencia acompaña, constante, como una prenda heredada que sigue encajando con naturalidad.
Distinto fue mi encuentro con el CaixaForum. Aquella arquitectura suspendida, casi flotante, me pareció en su momento un desafío a la gravedad, como un diseño atrevido que juega con mostrar y ocultar. Su jardín vertical me desconcertaba: ¿cómo podía un edificio decidir que su piel fuera viva, cambiante, caprichosa? Hoy lo veo con ternura. En su fachada vegetal encuentro algo profundamente humano: la capacidad de transformarse sin renunciar a la esencia. A veces pienso que ese jardín madura conmigo, que lo suyo y lo mío son capas distintas de una misma historia.
Pero ningún lugar ha influido tanto en mi manera de entender la relación entre moda, arte y arquitectura como el edificio que acompañó mis años de formación: el antiguo Museo de Arte Contemporáneo, hoy Museo del Traje. Esa coincidencia —esa suerte de alineación casi mágica— de que un espacio dedicado primero al arte y ahora a la indumentaria estuviera justo al lado de la Escuela de Arquitectura donde estudié, marcó de una forma profunda la manera en que miro la ciudad.
Cruzábamos la calle para refugiarnos en sus jardines, un pequeño universo de tranquilidad que parecía desconectado del ruido madrileño. Allí, entre árboles que filtraban la luz como una tela translúcida, repasábamos proyectos, curábamos decepciones académicas y nos inventábamos futuros grandiosos que en ese momento nos parecían totalmente posibles. Recuerdo especialmente las tardes de primavera: los croquis esparcidos sobre el césped, las risas que se mezclaban con el canto de los pájaros, el tacto áspero del papel vegetal sobre nuestras piernas.
En sus salas aprendí a observar. A comprender que una obra de arte y una prenda dialogan con el espacio de maneras parecidas. Que ambas se relacionan con el cuerpo —humano o arquitectónico— y cuentan historias desde la forma, la textura, la construcción. Muchas de las lecciones que más me han acompañado en mi vida profesional nacieron allí, entre esculturas, fotografías y vitrinas silenciosas.
Y su cafetería… Allí se fraguaron amistades y proyectos, decepciones amorosas y epifanías creativas. Recuerdo el sonido de las tazas, las discusiones apasionadas sobre concursos imposibles, la sensación de estar en un lugar que nos acogía sin pedir nada a cambio. Era un espacio sencillo, pero tenía ese encanto íntimo que poseen ciertos rincones que parecen estar esperando a la gente adecuada. Y éramos nosotros, jóvenes, torpes, intensos, los que lo llenábamos de vida.
Cuando años después el museo se transformó en el Museo del Traje, sentí una punzada de nostalgia, pero también una especie de revelación. Ese edificio que había albergado nuestra formación como arquitectos pasaba a dedicar su existencia a aquello que también forma parte del diseño y del cuerpo: la moda. Aquello cerraba un círculo personal. Era como si el lugar quisiera recordarme que la arquitectura y la indumentaria no son disciplinas separadas, sino expresiones distintas de un mismo impulso humano: el de habitar el mundo con sentido y con belleza.
Hoy, cuando paso por allí, a veces reduzco el paso para buscarme entre los árboles, para ver si todavía queda la sombra de la joven que fui sentada en la hierba, soñando con edificios que aún no sabía imaginar. Veo el museo renovado, dedicado a contar historias de telas y patrones, y siento que la ciudad, como yo, ha aprendido a reconocer que en la superficie también se guardan memorias profundas. Que la forma de vestir habla de nosotros tanto como la forma de construir.
Las Torres Picasso, más al norte, me enseñaron otra lección. De joven las miraba con desconfianza: eran demasiado blancas, demasiado impersonales, demasiado… corporativas. Con los años he aprendido a apreciar su sobriedad minimalista, su voluntad de no llamar la atención más de lo necesario. Son como esas prendas impecables que uno tarda años en comprender, pero que al final se convierten en esenciales. Me he reconciliado con ellas sabiendo que, en la arquitectura, como en la moda, también hay silencios valiosos.
Y así, Madrid continúa siendo para mí una colección abierta, un muestrario de texturas, sombras y recuerdos. Una ciudad que no teme transformarse, que aprende a vestirse y desvestirse con distintas épocas sin perder su esencia. Yo, que ya no camino con la premura de mis veintitantos, la miro ahora con el cariño que se tiene a una amiga de toda la vida, esa que ha visto quién fuiste, quién eres y quién intentas seguir siendo.
Porque al final, la arquitectura y la moda comparten un secreto: ambas cuentan lo que somos cuando creemos que nadie nos está mirando.
“There are 360 degrees, so why stick to one?” Zaha Hadid.