El mundo ha sufrido a lo largo de la historia todo tipo de guerras, pestes y hasta tertulias en televisión, pero el más cierto y verdadero enemigo es el sueño, cerrar los ojos. Se quiere combatir la épica del descanso —que así llaman— y para esta gestión del sueño el ciudadano actual, orgulloso de su libertad, ha encontrado el «reloj digital». Es el que todo lo ve y todo lo mide. A él se acude para respirar, para caminar y, si es posible, hasta para pensar.
Me senté en una terraza de una cafetería y observé a esos devotos hijos del bienestar digital. Los quise analizar como haría Darwin, sorprendido ante la semejanza de homínidos, cetáceos e incluso ornitorrincos. Esta nueva especie del presente habla de «Apps» y llevan en su muñeca el dictamen de su vida. Es singular que después de dormir como troncos toda una noche, consultan a su máquina para ver qué opinión le da. —¡Sueño ineficiente! ¡has dormido fatal! ¡te mueres!, eso sentencia el reloj. Entonces la persona se siente fatal y casi se desploma víctima de su propia estadística. Sin duda, vivimos ante una sugestión digital que ha penetrado en las personas como el nuevo opio del pueblo.
Después de ese susto matinal llega la procesión de ponerse a caminar, ¡el cuentapasos! Giro la mirada y los veo ágiles, paseando como gacelas, pendientes de lo que diga su pulsera. —¡Llevo doce mil!, proclaman, mientras continúan avanzando con menos gracia que un saco de patatas. Sus caras son de satisfacción. Parece que han logrado la hazaña de optimizar su agotamiento, y lo hacen sin notar que cuanto más se controlan, más cansados están. Quieren batir el récord mundial de los reventados.
Pero no olvidemos la respiración. Hasta hace unos años todos respirábamos cuando nos venía en gana y no pedíamos permiso a nadie. Hoy, en cambio, el reloj vibra para recordarle al usuario que inhale. Más obedientes que un legionario, inhalan fuerte. Ahora quiero imaginar que si el reloj le dijese que dejara de hacerlo, seguramente más de uno lo intentaría por no decepcionarle. Pero de todo, lo más fascinante es que da la impresión de que esos apóstoles del autocontrol han pasado la noche en la estación del tren. Lucen unas ojeras monumentales y tienen el gesto de absoluta derrota. Son almas en pena, pero, pese a todo, saben cuántos minutos de sueño profundo han tenido y también cuantas pulsaciones contaron a las ocho de la mañana.
Haciendo un breve análisis de la vida, miro hacia atrás y pienso en nuestros antepasados que dormían sobre un camastro con libertad, respirando sin control y avanzando sin contadores. Hoy estarían muertos del espanto viendo estos personajes. No me cabe duda de que vivían más tranquilos y sin la estupidez de esta tropa de penitentes digitales que necesitan, continuamente, que alguien les diga que siguen vivos.
Por mi parte, sigo sentado con un café en la mano mirando el espectáculo y la sospecha —sólo la sospecha— de que han convertido el descanso y las buenas costumbres en una actividad extenuante y que quizá, vivir sin tanta supervisión no sería mala idea. Pero vamos, que cada cual haga lo que quiera, faltaría más. La vida es lo suficientemente entretenida para vivir con reloj o sin él.