La Copa del Mundo de 2026 nació bajo una promesa histórica: la unión de tres naciones —México, Canadá y Estados Unidos— para celebrar el torneo más grande de la historia. Se nos vendió la idea de una Norteamérica unida por el deporte, un puente de diplomacia y fraternidad por encima de las fronteras. Sin embargo, la noche de la gran final en Nueva Jersey, esa fachada de igualdad se derrumbó por completo en televisión mundial.
Antes que nada, vaya una sincera enhorabuena a España. La selección española demostró en la cancha ser el justo y brillante campeón, regalándonos un fútbol espectacular y un título indiscutible que engrandece su historia. Lamentablemente, el impecable triunfo deportivo de la Roja se vio empañado en la tarima por el show unipersonal de Donald Trump, apoyado por un protocolo de la FIFA obsoleto y sumiso.
En un torneo verdaderamente compartido, la justicia estética y simbólica dicta que el desenlace refleje el esfuerzo de los tres organizadores. Una propuesta lógica y justa habría sido el reparto equitativo de las preseas: una medalla colgada por México, la siguiente por Canadá y la siguiente por Estados Unidos. Una rotación matemática perfecta bajo un plano televisivo abierto que dignificara a los tres jefes de Estado por igual. Al momento cumbre, los tres mandatarios debieron sostener juntos la base del trofeo antes de entregárselo a los españoles. Eso habría sido un Mundial de tres.
En lugar de eso, la transmisión internacional optó por el centralismo y el morbo político. Las cámaras ignoraron deliberadamente a los coanfitriones, relegando a la presidenta de México y al primer ministro de Canadá a las sombras del encuadre. Para colmo de males, el protocolo de la FIFA justificó la exclusión argumentando que la final se jugaba en suelo estadounidense, entregándole el monopolio de la Copa a Trump e Infantino.
El broche de oro de este despropósito fue la invasión del podio por parte del mandatario estadounidense, quien rompió las formas para colarse en la foto de los campeones bajo el confeti, forzando un protagonismo que no le correspondía y borrando de un plumazo el esfuerzo logístico y la dignidad de sus socios comerciales.
El resultado es un mal sabor de boca y una lección de geopolítica deportiva: para la FIFA, los socios pequeños solo sirven para llenar los estadios en las fases previas, pero los reflectores de la gloria se los queda el gigante del norte. Al final, no tuvimos un Mundial norteamericano; tuvimos un Mundial estadounidense con sedes secundarias. La próxima vez que se plantee una candidatura conjunta, las reglas de la tarima de premiación deben quedar firmadas bajo contrato. El respeto y la igualdad no se asumen; se exigen.