Fortuna Imperatrix

Estofado de burro

Se ha celebrado recientemente en el Instituto Rumano de Madrid la exposición de joyería contemporánea VESTIGIO, de Andreea Siia, inspirada en el patrimonio textil de este país balcánico. La muestra se complementaba con una colección de blusas bordadas con las que se festejaba, coincidiendo con el solsticio de verano, el Día Universal de la Blusa Rumana. Andreea reinterpretaba así, mediante metales nobles y piedras preciosas, la herencia cultural de la memoria, y exaltaba la Naturaleza, de la que toma los cardos silvestres como metáfora de resistencia y reflexión sobre la condición humana. Y son estas joyas, quizá, las que ha diseñado representando distintas variedades de cardos, pertenecientes a su serie MARACINE, las que provocan más emociones encontradas en el visitante español, acostumbrado a considerar a esta planta con manifiesta indiferencia cuando no hostilidad descabezadora. En cuanto a las de sus colecciones SALBA y AVENA, parten, la primera, de la tradición de los colgantes rumanos de monedas ensartadas; y, la segunda, de los motivos geométricos y rítmicos de los bordados tradicionales. Andreea misma vestía la tarde de la inauguración una blusa cuajada de una elegante red de encaje de espigas de avena, de 1926, que había pertenecido a su bisabuela.

Pero en España, como digo, se ha tenido siempre en poco al cardo, al que se suele asociar al asno en la expresión despectiva “cardo borriquero”, lo que no impide que, paradójicamente, devenga luego ese burro comedor de cardos en objeto de admiración por su fortaleza; o nos inspire una inmensa ternura, véase el Platero  (“tan blando por fuera que se diría todo de algodón”) de nuestro poeta Juan Ramón. Puede, incluso, resultar de pronto BURRO un improperio terrible -en algunos países, como Israel, el peor de todos-, aunque también suscitar su sola mención simpatías y adhesiones inquebrantables y dar origen a la constitución de organizaciones para su defensa ante el peligro de su temida, y augurada por muchos, extinción.

En los viejos tiempos había la costumbre de inocular, en nuestros escolares, el desprecio hacia este animal tan abnegado al colocar a los malos alumnos unas llamativas orejas de burro a modo de mofa para significar su ignorancia, un castigo bárbaro del que quedan numerosos testimonios gráficos. En otras latitudes, por el contrario, su característica tenacidad lo ha elevado a cotas de popularidad inimaginable, por ejemplo en USA, donde es el símbolo del partido demócrata. En cuanto a su alimento predilecto, el cardo, ha llegado a ser el emblema y la flor natural de Escocia, y si lo degusta con delectación es porque tiene la boca preparada para que sus pinchos no le molesten. 

Deben desterrarse, pues, los significados ofensivos de burro y cardo borriquero. Aprendamos de la isla de Cerdeña, en que este équido es tan apreciado que se ofrece en los mejores restaurantes como “Asino in umido”, es decir, estofado de burro, un plato riquísimo cuyo consumo habitual es una prueba de la salvaguarda de la especie.