El Osorio y el Madroño

El odio a los mejores

Lo dijo Ortega y Gasset: “La rebelión sentimental de las masas, el odio a los mejores, la escasez de éstos: he ahí la razón verdadera del gran fracaso hispánico”.

Muchos de los grandes estadistas que más contribuyeron a mejorar España fueron despreciados, calumniados o combatidos por sus contemporáneos. La envidia, la lucha partidista y la resistencia de los intereses establecidos han impedido con frecuencia reconocer el mérito hasta mucho después de la muerte o de la caída del gobernante. A veces tengo la sensación de que los españoles necesitamos crucificar a nuestros grandes personajes antes de venerarlos.

Alfonso X el Sabio instituyó la Escuela de Traductores de Toledo y el código de Las Partidas y promovió el castellano, pero fue despreciado por la nobleza y destronado por su hijo. Carlos III, uno de los mejores reyes de nuestra historia, convirtió la Ilustración en un programa de gobierno. A cambio, la nobleza y el clero instigaron al pueblo en el motín de Esquilache. Isabel II realizó una transformación decisiva del país, pero fue odiada por todos y enviada al exilio. Amadeo I de Saboya fue el primer rey constitucional. Odiado por todos, no tuvo más remedio que marcharse. Cánovas del Castillo y Canalejas, modernizaron el Estado. Ambos fueron asesinados. Muchos otros gobernantes quisieron transformar España y recibieron a cambio el más sonoro desprecio: Manuel Godoy, Sagasta, Pi y Margall, o Manuel Azaña, uno de los políticos más cultos y más ferozmente atacados del siglo XX.

Pero el ejemplo contemporáneo más evidente es el de Adolfo Suárez. Verdadero artífice de la Transición democrática, Suárez consiguió transformar desde dentro las instituciones de la dictadura e impulsar la Constitución de 1978. Odiado por casi todo el mundo, tuvo que dimitir. Décadas después, casi todos reconocen en él a uno de los mejores gobernantes de la España contemporánea.

Me referiré, por último, al actual presidente del Gobierno. Si usted es de quienes se quedan roncos vituperando o denostando a Pedro Sánchez, le propongo que vuelva a leer este artículo dentro de unos años. 

No pretendo presentar a Sánchez como un gobernante infalible. Ha cometido errores notorios. Pero es un hecho que durante sus gobiernos, España ha alcanzado cifras históricas de ocupación y ha reducido mucho la tasa de paro. La reforma laboral extendió la contratación indefinida. La economía española ha sido, insólitamente, la que más ha crecido en Europa. El salario mínimo estaba en 735 euros, y en 2026 se sitúa en 1.221. Ha revalorizado las pensiones ligándolas al IPC. Creó el Ingreso Mínimo Vital y aumentó las prestaciones a la dependencia. Ha obtenido de Europa ingentes fondos para mejorar nuestra economía. Hizo una gestión sanitaria y económica notables durante la pandemia del COVID-19. Ha impulsado la digitalización. Ha apostado por las energías renovables, logrando que paguemos menos por la luz y el gas que en el resto de Europa. Ha conseguido una buena integración de los inmigrantes. Frenó la crisis creada por el independentismo catalán devolviendo la estabilidad a esta región. En política exterior, España ha tenido un papel relevante, manteniendo su compromiso con la Unión Europea y con la defensa de Ucrania frente a la invasión rusa, al tiempo que ha denunciado el genocidio de Gaza. Ha sido el único gobernante que no ha doblado la rodilla ante Trump, y ha sabido mantener la sonrisa y la elegancia frente al acoso grosero de los poderes fácticos y de la oposición.

La historia suele enfriar las pasiones y separar los insultos de los resultados. Tal vez dentro de veinte años Pedro Sánchez no sea considerado un gran presidente…o tal vez sí.