Trump no erró. España, tal como se presenta, «es una causa perdida», y con la izquierda en el gobierno, «es un socio terrible». Somos esa España que repite errores, la misma que en el año 711 abrió la puerta a miles de bereberes que nos costó la vida de miles de ciudadanos y la friolera de ocho siglos de imposible convivencia. La misma que hace apenas unas décadas asistió, entre perpleja y muda, a la Marcha Verde. Siempre que ocurre esto, lo hace con idéntico patrón, un gobierno débil, una presión fiscal asfixiante y una ausencia de control que convierte cualquier frontera en un castillo de arena.
Da igual Ceuta, Melilla, Canarias, Baleares o las costas de Andalucía. Nuestra frontera es tan ridícula que impedir un asalto es algo cómico, sobre todo cuando somos nosotros quienes recogemos a los recién llegados a miles de millas, en sus propias costas, y les cubrimos de regalos y dinero. Nadie quiere poner freno a un problema que viene de años y, mientras los políticos se entretienen con mensajes absurdos, lo único que han logrado es abrir una ventana por la que millones de personas ven en España la solución a todos sus caprichos.
Esta misma mañana, el representante del sindicato policial Jupol, ha declarado que muchos de los que han cruzado ilegalmente la frontera de Ceuta y Melilla, ya fueron expulsados de España, incluso por delitos de sangre. Ayer, Marruecos abrió las puertas de sus cárceles y liberó a varios miles de presos que marcharon disciplinados a nuestras costas. Hoy, el pueblo ceutí y melillense vive con miedo. Más de cuarenta y cinco mil inmigrantes ilegales —se ven fornidos y hermosos, según relatan en la radio—, comenzarán a tener hambre en unas horas y entonces llegará el problema. Mientras tanto, quienes deben garantizar la seguridad del pueblo permanecen silenciados esperando una orden que nunca llegará. La consigna seguirá siendo no hacer nada, quizá porque después de una vida repartiendo barras de pan, poco más sabrían hacer.
Y en estas pienso que si Daoiz y Velarde hubiesen obedecido con la misma docilidad que hoy se exige a nuestros mandos, España habría amanecido hablando francés; y si la defensa hubiese salido mal, los mismos generales y políticos que ahora les rinden honores, los habrían mandado al paredón.
Hoy ha viajado Pedro Saunez a Ceuta para “solucionar” este pequeño inconveniente. Ni alarmas ni emergencias, para él este suceso es menor, aunque le servirá para darse un baño de masas mediático e intentar limpiar su patética imagen. Con su vocecita de cordero degollado ha dicho que «está preparando las medidas necesarias para recuperar la normalidad lo antes posible», un mensaje que sigue su propio guion y que seguramente será atendido por los miles de invasores que volverán a sus casas, como si todo hubiese sido un malentendido. La mayoría pensará que Pedro es un salvador, un héroe sin capa, lo que hace sospechar que estamos ante otra maniobra política diseñada para que olvidemos —antes de las vacaciones— las docenas de casos de corrupción que viven en torno a su familia y del partido socialista. Ya no tienen a la fontanera que les hacía el trabajo sucio.
Con todo, la responsabilidad última de este despropósito recae en el propio pueblo. Ellos eligieron por mayoría a unos dirigentes que han blanqueado un problema evidente, insultando y tachando de fascistas a quienes advertían de lo que tarde o temprano ocurriría. Aquí lo tenéis. Ya no caben lloros ni lamentos. La vergüenza es para quienes, teniendo capacidad de obrar, prefieren callar y permanecer sentados viendo como otros intentan solucionar lo que ellos mismos han permitido.
Mientras la inmigración ilegal siga siendo un negocio alimentado por miles de subvenciones y ayudas; mientras la oposición no haga un frente común, sin cortapisas ni titubeos; mientras no se modifiquen las leyes y las fronteras no se defiendan con seriedad, todo seguirá igual. Europa no es la salvación y cada día sirve de menos. Todo país que renuncia a defender sus fronteras se resigna a defenderse a sí mismo.
Lo demás, querido lector, es literatura.