Cada enero, Manila se convierte en un mar. Un mar denso, oscuro, palpitante. Millones de cuerpos avanzan como una sola criatura hacia el Nazareno Negro, esa imagen que llegó desde México en tiempos del imperio español y que, según la tradición, quedó ennegrecida por un incendio durante la travesía. Tres siglos de presencia hispánica dejaron en Filipinas iglesias, palabras, devociones y una forma de mirar a Cristo que todavía hoy respira en cada gesto de la Traslación. Allí, la fe no se contempla: se toca, se empuja, se abraza. Es herencia, memoria y necesidad.
Este año, como otros, la multitud dejó también su tributo más doloroso: varios fallecidos, vidas que se apagaron en el intento de rozar lo sagrado. La noticia nos llega desde lejos, pero su latido nos resulta familiar. Porque en España conocemos bien esa mezcla de fervor, riesgo y belleza que nace cuando la fe se hace multitud. Y si hay un lugar donde esa emoción encuentra un espejo, es en la Madrugá de Sevilla.
En la noche sevillana, la ciudad se vuelve también un organismo vivo. Las calles se estrechan, los silencios pesan, los pasos avanzan como si cada centímetro fuera un pacto entre lo humano y lo divino. No hay empujones como en Manila, pero sí una densidad que roza lo imposible: miles de personas respirando al mismo ritmo, sosteniendo una devoción que se hereda como un apellido. Allí, como en Filipinas, la fe se encarna en el cuerpo.
El Nazareno Negro y los Cristos de la Madrugá comparten un mismo lenguaje: el del barroco que dramatiza el dolor para hacerlo comprensible, el de la multitud que no observa, sino que acompaña. En Manila, tocar la imagen es tocar la esperanza. En Sevilla, basta con verla doblar una esquina para que la emoción se desborde. Son dos orillas de una misma tradición que viajó en galeones y arraigó en tierras distintas sin perder su pulso.
Y quizá por eso, cuando miro las imágenes de Manila, no pienso solo en la multitud ni en el estruendo. Pienso en la fragilidad que late debajo, en esas manos que se alzan no por impulso, sino por necesidad. Pienso en quienes se acercan al Nazareno Negro como quien busca un refugio, un nombre al que aferrarse cuando el mundo se vuelve demasiado grande. Y entonces recuerdo Sevilla en la Madrugá, cuando la ciudad entera parece contener la respiración y uno siente que podría rozar, no la madera, sino algo más hondo.
Manila y Sevilla se hermanan en esa forma antigua de pedir consuelo: caminar juntos hacia una imagen que no responde, pero sostiene. Y mientras exista ese deseo —tan humano, tan vulnerable— seguiremos moviéndonos así, como peces que buscan la misma corriente, aunque el agua sea distinta.