Recibamos el nuevo año 2.026, con un dato reflexivo sobre personajes mitológicos que reflejan una realidad latente.
Lilith no es un personaje central en la Biblia canónica; es una figura del folclore judío, especialmente prominente en textos apócrifos y midráshicos -que con un argumento muy cerca de la hechicería de los sacerdotes del falseado programa del rey Constantino- fueron ocultados en el Canón de la biblia. En dichos textos apocrifos se la describe como la primera esposa de Adán, creada de la misma tierra que él, antes de Eva, y que se reveló a la sumisión, abandonando el Edén.
En la Biblia: Su nombre aparece curiosamente en Isaías (34:14), en un contexto de lugares desolados
convertida en un poderoso símbolo del mal feminista, independiente y rebelde en la cultura moderna, a pesar de su origen como advertencia moral en el folclore, apareciéndo demasiadas veces en los evangelios apocrifos.
Es una figura que inspira obras de arte, literatura (como en el Fausto de Goethe) representando tanto la belleza seductora como la fuerza indomable de una mujer autosuficiente y libre, sin la sumisión religiosa que todos los dirigentes del celeste han inculcado a sus feligresas.
Lilith nunca fue un demonio. Fue, simplemente, la primera mujer que dijo NO. Y el poder -ayer como hoy- no perdona el no, cuando no puede domesticarlo y menos viniendo de una mujer sin adoctinar.
La historia oficial siempre ha tenido una obsesión: convertir la disidencia en monstruo. Antes lo hizo con dioses y mitos; hoy lo hace con leyes, titulares y consignas. El decorado cambia, pero el método permanece.
Lilith fue expulsada del relato por no aceptar la jerarquía machista de Adán como destino. Eva fue condenada por no tener libre albedrio y desear tenerlo (en la biblia no se nombra ni una sola vez el libre albedrio porque no se les otorgó como virtud).
Pandora fue culpable por abrir lo que otros le entregaron cerrado. Medea fue declarada monstruo por no asumir la traición en silencio. Cuatro figuras distintas, una sola sentencia: ingobernables.
El mensaje es antiguo y eficaz: cuando alguien -especialmente una mujer- se sale del guion, no se la debate, se la desacredita. No se la refuta, se la etiqueta.
Hoy ya no se invoca a Yahvé ni a Zeus. Hoy se invoca a la dictadura confundiéndola con el progreso, a la democracia sin explorar lo que hay en ella de injusticia. Pero el mecanismo es idéntico. En la España contemporánea, la discrepancia real no se discute: se cancela. Si una mujer cuestiona el discurso del poder, es “ultra”. Si señala incoherencias del feminismo institucional, es “machista internalizada”. Si investiga contratos, denuncias o abusos, es “desestabilizadora”. Si no repite el catecismo ideológico, es “enemiga de la democracia”..., y lo peor; son las mismas feministas las que se encargan de desacreditarla usando el silencio en sustitución del insulto como desprecio.
No hay hogueras, hay linchamientos digitales. No hay exilio físico, hay aislamiento social. No hay censura explícita, hay ridiculización constante. El coro griego ya no canta tragedias: replica argumentarios.
Lilith hoy sería una jueza incómoda. Eva, una periodista que hace preguntas y cuestiona respuestas. Pandora, una ciudadana que abre expedientes intrascendentes. Medea, una mujer que no perdona la traición política. Y todas serían tratadas igual: como una amenaza al orden narrativo. Como la misma amenaza que el éxito de Isabel Díaz Ayuso, supone para el radicalismo enfermizo de Pedro Sánchez y su banda de atracadores para la democracia.
Porque el poder no teme al mal. Teme a la conciencia. No teme a la rebeldía violenta, sino a la lucidez que señala la mentira sin gritar. Por eso se reescriben leyes, se manipulan palabras y se prostituye la historia, llamando democracia a un sistema que no tolera el disenso real y que cambia la historia puliendo la mentira y convirtiendo la libertad de opinión en delito de apología, mientras que la apología de los terroristas y la de ellos mismos no cuenta. Toda una censura del estilo comunista bolivariano, donde hemos pasado del orden al desafuero.
Lilith no fue un demonio. Fue el primer “No” documentado.
Y todo gobierno que teme a un “No” en las urnas -por muy progresista que se disfrace- sigue siendo, en el fondo, un poder dictatorial antiguo con lenguaje nuevo pero con mala conciencia. Lo peor e irrecuperable, es que hoy día las propias feministas son las más antisociales de toda la historia de la humanidad porque son ellas las protagonistas de esa degeneración que ha traído el absurdo distanciamiento entre hombres y mujeres, padres e hijos; compañeros y amigos .