Desde el año 1979, en que la Revolución islámica de Jomeini derribara a la monarquía persa, el régimen de los ayatolás ha ejecutado a miles de personas, muchas de ellas sin juicio, y masacrado a otro número indeterminado en las calles iraníes en las sucesivas protestas contra la tiranía imperante desde hace ya más de 47 años. La dictadura teocrática iraní no admite disidentes ni ninguna oposición organizada. Los oponentes iraníes solamente tienen tres opciones: la cárcel, el destierro o el cementerio.
Aparte de su brutalidad sin parangón en otra parte del mundo, Teherán ha sido uno de los principales países en financiar y patrocinar el terrorismo en todo Oriente Medio, desde Irak hasta Gaza, pasando por Siria, Líbano e Israel. Hezbolá y Hamás, en el Líbano y Gaza, respectivamente, son dos de sus más activos grupos terroristas en la región y el régimen iraní tiene en su nómina de fechorías la matanza del 7 de octubre de 2023 en Israel, en la que fueron asesinados 1.200 israelíes, 3.400 resultaron heridos y 251 secuestrados, muchos de los cuales después fueron torturados y asesinados también. Irán, pese a la autoría de su brazo armado, Hamás, no es ajena a esta matanza y el régimen nunca ha eludido su autoría intelectual. Miles de muertes inocentes son responsabilidad única y exclusiva del oprobioso régimen iraní.
Las autoridades iraníes, además, han expresado en numerosas ocasiones su deseo de borrar de la faz de la tierra a Israel y han asegurado que emplearán todos los medios a su alcance para algún día conseguirlo. Por ello, cuando Teherán puso en marcha su famoso y supuestamente “pacífico” programa nuclear, las alarmas se encendieron en Israel y en los Estados Unidos. El problema no es el armamento nuclear, sino quien lo tiene en sus manos y dejarlo en las del régimen genocida iraní, que ya esta en ciernes o muy cerca de conseguirlo, sería una irresponsabilidad rayana en el suicidio. Los dirigentes israelíes y judíos de todo el mundo no pueden tomarse estas amenazas a la ligera porque la última vez que el pueblo judío fue amenazado -en 1933 y muchas veces más después de la llegada al poder de Hitler-, estas amenazas se cumplieron con creces y seis millones de judíos fueron exterminados por los nazis en la tristemente conocida como “solución final” o el Holocausto.
Irán no bromea, tal como hemos visto en las recientes protestas contra el régimen, en que han sido asesinadas en la brutal represión de las mismas más de 6.000 personas -cuando no más, a falta de cifras oficiales-, y ya ha intentando atacar varias decenas de veces con misiles de largo alcance, drones y cohetes lanzados desde Irán, Gaza y el Líbano objetivos civiles israelíes indiscriminadamente. Si los israelíes no han sufrido más víctimas en estos ataques iraníes ha sido porque, como ha dicho su primer ministro, Benjamín Netanyahu, ahora Israel tiene fuerzas, hombres y medios para defenderse adecuadamente ante cualquier ataque, pero no porque el régimen de Teherán no lo haya deseado. A diferencia de cuando ocurrieron los brutales episodios del exterminio nazi en una Europa en guerra, ahora los judíos pueden y deben defenderse de esta y cualquier agresión que provenga de Irán. El régimen criminal, sanguinario y genocida de Irán no debe tener nunca el arma nuclear porque sería el principio del fin de Israel.
Aparte de todas estas consideraciones, que justifican por sí mismas la justa guerra de los Estados Unidos e Israel contra la tiranía iraní, el pueblo de este país merece vivir en libertad, libre de ataduras medievales, y tiene derecho a construir su futuro dejando atrás el atraso social, político y económico a que se han visto sometidos los iraníes por casi cinco décadas. Hoy más que nunca estamos más cerca de pasar la siniestra página de la dictadura teocrática de los ayatolás, el capítulo más negro de la historia reciente de este país, y ya se presiente la aurora que devora a los monstruos del pasado. El Irán de los ayatolás es el principal y único responsable de esta guerra; su naturaleza criminal, no exenta de brutalidad sanguinaria, debe ser eliminada para siempre porque constituye una enorme amenaza para toda la humanidad.