Amanece el mes de julio con un nefasto día para nuestra Guardia Civil. Volvemos a vivir otro instante en que España despierta con un temblor en el alma. La imputación del DAO, un general de la Guardia Civil, y de su Directora General —al parecer, metidos en el lodazal de las conocidas cloacas del PSOE, bajo las acusaciones de prevaricación y obstrucción a la justicia— es una vergüenza tan grande que no tiene nombre.
Quien escribe estas líneas sirvió con orgullo en la Guardia Civil. A la Academia de Baeza llegué con la enseñanza a mis espaldas, sabiendo que la decencia es una obligación moral. Allí nos enseñaron que el respeto es ley y todos asumimos, con orgullo, el artículo primero de la cartilla del Guardia Civil: “El honor será la principal divisa del Guardia Civil.” Este es un lema que debíamos dejar labrado en nuestras conciencias. Mis queridos compañeros —muchos de ellos amigos—, entendieron perfectamente que cuando esa divisa se mancilla, aunque sea por unos pocos, el daño se extiende como una marea negra sobre los miles de servidores públicos.
Sin embargo, no es la primera vez que la Guardia Civil sufre una afrenta semejante. No hace mucho padecimos la vergüenza y la ignominia de Roldán, quien dejó una cicatriz tan grande que todavía duele en la memoria institucional. Pero que décadas después se repita una sombra de tal naturaleza es, sencillamente, inaceptable. La Guardia Civil no puede permitirse otro eclipse moral. Tanto su historia, su sacrificio y su honor exigen una vigilancia ética y sin tregua.
Hoy escribo a los Guardias Civiles, a mis compañeros, a todos los que en este instante sienten el rubor, la náusea y una cólera silenciosa. Sin duda, nada resulta más deshonroso que ver a quien viste nuestro centenario uniforme español —símbolo de sacrificio, disciplina y decoro— descender a la mayor de las bajezas y traicionar todo aquello que juró guardar. No hay mayor afrenta que la de quien, investido con la potestad del Estado, se entrega a la intriga y al partidismo.
En este escenario, la figura del Juez Pedraz emerge con una sobriedad absoluta. Su actuación nos recuerda que aún existen magistrados capaces de sostener la probidad frente al estrépito de aquellos que sólo saben gritar para defender lo indefendible. Sin duda, esta decisión suya es un acto de completa higiene institucional.
La Guardia Civil, nuestro Benemérito Cuerpo, bien merece distinguirse entre la infamia de algunos y la rectitud de tantos, porque no es justo que la sombra de la corrupción eclipse la luz de quienes cada día madrugan para sostener el orden, la justicia y la paz pública.
Quizá este episodio sirva para recordar que la ética es una disciplina del espíritu y que el honor, nuestro honor, es una exigencia viva que debemos guardar. Por todo, por nuestros caídos y por nuestra decencia, vestir el uniforme de la Guardia Civil es una responsabilidad que tenemos que conquistar diariamente con una conducta irreprochable y una honradez que no admite atajos ni claudicaciones.