No hay nada nuevo entre los creadores y sus críticos. La frase podría estar grabada en mármol a la entrada de cualquier biblioteca. Y si no hay nada nuevo entre creadores, tampoco lo hay entre sus enemigos naturales: los ‘haters’ que podríamos traducir por odiadores, criticones airados, o simplemente envidiosos. Esos personajes que hoy parecen haber nacido con las redes sociales, pero que en realidad llevan siglos afilando la pluma, la lengua o el panfleto.
La literatura universal está llena de ellos. Mucho antes del anonimato digital y del comentario despectivo, ya existía el lector ofendido, el colega envidioso, el crítico con más bilis que estilo. El ‘hater’ no es una criatura moderna: es una figura clásica que cambia de vestuario, pero no de alma.
Ahí está Aristófanes, caricaturizando a Sócrates en “Las nubes”. Siglos después, Dante Alighieri llevó la censura a una forma superior de arte: colocó a sus enemigos personales en el infierno, con nombre y castigo específico. No hay reseña negativa más duradera que esa. Lo que hoy se resuelve con una estrella sobre cinco, Dante lo solucionaba con la eternidad y fuego. Y, sin embargo, nadie duda de que la Divina Comedia es una obra mayor. El ‘hater’, paradójicamente, queda inmortalizado gracias al genio que pretendía dañar, aunque este sea la excepción que confirma la regla.
Ni siquiera Shakespeare se libró de la crítica. En vida fue considerado un autor popular, poco refinado, más cercano al entretenimiento que al arte elevado. Sus ‘haters’ apostaban por escritores “serios” que hoy no lee nadie. La historia literaria tiene un sentido del humor cruel: suele darle la razón al talento y el olvido al insulto.
Cervantes conoció bien el desdén y la burla. El éxito del Quijote no le libró de imitadores malintencionados, como el célebre Avellaneda, cuyo “segundo tomo” no fue un homenaje, sino una provocación. Cervantes respondió como saben hacerlo los grandes: escribiendo mejor, riéndose del impostor y enterrándolo literariamente con elegancia.
En el siglo XIX, el fenómeno se profesionalizó. Los críticos literarios, armados de periódicos y prestigio, ejercían de ‘haters’ con firma y sueldo. Flaubert fue acusado de inmoral por su Madame Bovary; Baudelaire, procesado por Las flores del mal; Zola, vilipendiado por escribir demasiado y demasiado claro. Nada nuevo: cuando una obra incomoda, siempre aparece quien confunde el gusto personal con una cruzada moral.
Lo interesante es que el ‘hater’ no siempre es un extraño. Muchas veces es un colega. La literatura está llena de enemistades memorables, de cartas venenosas, de reseñas escritas con la daga escondida. Es proverbial el cruce de críticas entre Quevedo y Góngora. Detrás del odio suele haber una mezcla antigua y reconocible: miedo a quedarse atrás, incapacidad para aceptar lo nuevo, rencor ante el éxito ajeno.
Hoy el ‘hater’ cree haber inventado algo porque grita más y más rápido. Se equivoca. Solo ha perdido el estilo. Antes, al menos, el odio o la envidia exigían cierta destreza retórica; ahora basta con pulsar “enviar”. Pero el mecanismo es idéntico: desacreditar al creador para no enfrentarse a la obra.
Sin embargo, la buena literatura ha demostrado ser resistente. Los libros sobreviven mejor que los agravios. Los grandes autores acaban teniendo lectores; los ‘haters’, como mucho, un poco de eco, durante un rato. Al final, el tiempo actúa como editor severo y silencioso. Y casi siempre decide lo mismo: que no hay nada nuevo entre creadores… ni entre quienes les detestan.