Crónicas de nuestro tiempo

La guerra de los durmientes

Mientras en Occidente se discute si el lenguaje ofende, en Afganistán se prohíbe hablar. Literalmente. Los Talibanes, en su regreso al poder en 2021, no se limitaron a restaurar un régimen medieval: lo perfeccionaron. Su última genialidad jurídica consiste en declarar la voz femenina como atributo íntimo, algo indecente por el simple hecho de existir.

Según el artículo 13 de su nuevo código moral, una mujer no puede cantar, recitar ni leer en voz alta en público. No por lo que diga, sino por sonar.

El portavoz del régimen, Maulvi Abdul Ghafar Farooq, lo explica con la serenidad del verdugo convencido: la medida “promueve la virtud y elimina el vicio”. El vicio, al parecer, es que una mujer tenga garganta.

El texto legal -114 páginas, 35 artículos- no solo regula telas, pasos y silencios. Detalla también castigos: prisión, tortura, lapidación, linchamientos y muerte lenta. El mismo menú penal que aplican a los homosexuales. Todo ello presentado como orden moral. Todo ello bendecido por una interpretación literalista de un credo de hace catorce siglos, congelado en su versión más intransigente y misógina.

¿Ha escuchado alguien a Pedro Sánchez condenar con claridad este fanatismo criminal? ¿Ha exigido su gobierno una manifestación contra dictaduras reales -no imaginarias- como Cuba, Venezuela, Nicaragua, Irán, Corea del Norte o Afganistán? ¿Ha alzado la voz ante las matanzas de cristianos en Nigeria, o el exterminio religioso en África central? No.

Pero sí hemos visto a esa misma cúpula política lanzarse en tromba contra Donald Trump por haber impedido que Nicolás Maduro siguiera actuando como capo de un narcoestado. Curiosa escala de valores: al dictador real se le protege; al enemigo ideológico se le demoniza. Quizá porque algunos temen que, algún día, la justicia internacional también pronuncie sus nombres.

Volvamos a Afganistán. El código talibán obliga a las mujeres a cubrir completamente su cuerpo, rostro incluido. La ropa debe ser gruesa, suelta, larga, despersonalizada. No debe sugerir forma, identidad ni presencia. La mujer ideal es aquella que no existe. Y conviene decirlo sin rodeos: esto no es una anomalía folclórica. Es una consecuencia directa de una interpretación religiosa que, con distintos grados de rigor, sigue viva en amplias zonas del mundo islámico. Negarlo no es tolerancia: es blanqueo.

Europa, entretanto, juega a la superioridad moral mientras cava su propia trinchera. La Unión Europea, gobernada por socialistas de salón, chófer y dieta generosa, ha confundido compasión con suicidio estratégico. Ha importado masas sin exigir integración, trabajo ni lealtad cívica, a cambio de votos y aplausos. Para muchos de esos recién llegados, el europeo no musulmán no es un vecino: es un infiel degenerado. El resultado no es convivencia, sino resentimiento subvencionado.

Donde no hay exigencia, hay odio incubado.
Suiza lo entendió hace tiempo: no hay inmigración ilegal y el paro tiene fecha de caducidad. Trabajo o salida. Integración real, no caridad suicida. El resto de Europa, en cambio, ha regalado tiempo para envidiar, odiar, exigir y delinquir.

La próxima gran confrontación no vendrá de misiles nucleares ni de Putin. Puede empezar en Bruselas, Malmö, París o Rotterdam. No por invasión externa, sino por ceguera interna. Porque, como advertían los viejos sabios -esos a los que nadie escucha-:
"por la caridad viene la peste".