En mis años de alumno de Historia, nunca cursé una asignatura que explicara de verdad el siglo XX español. La Guerra Civil era un territorio nebuloso, hecho de lecturas parciales, de autores que escribían más desde la herida que desde el archivo. El rigor quedaba sepultado bajo la propaganda, y uno avanzaba como quien camina por un bosque lleno de ecos contradictorios.
Cuando me tocó enseñar Historia en el Bachillerato, descubrí que los planes de estudio eran tan vastos que el curso se nos agotaba apenas asomado el nuevo siglo. Y cuando por fin pude abordar aquella etapa decisiva, me encontré con la misma dificultad: los manuales parecían escritos con la tinta inclinada, nunca del todo ecuánimes. Opté entonces por una pequeña rebelión pedagógica: que fueran los propios alumnos quienes investigaran, empezando por una encuesta en sus familias. Al menos así aprenderían a formular preguntas, a recoger testimonios, a compararlos entre sí como quien junta piezas de un mosaico roto.
Antes de lanzarlos a la tarea, les ofrecí algunos datos esenciales. Les hablé de la Segunda República, nacida aquel 14 de abril de 1931 como una luz nueva sobre un país cansado. Les expliqué el debate del voto femenino, aprobado meses después, y cómo las mujeres votaron por primera vez en 1933. Les conté que la historiografía actual matiza la vieja idea de que su voto inclinó decisivamente la balanza hacia la derecha: el giro conservador ya estaba en marcha, con o sin ellas.
Les resumí también los años convulsos que siguieron, las tensiones acumuladas, las heridas abiertas, hasta llegar al golpe de Estado del 18 de julio de 1936. Nada improvisado: más bien el estallido final de un país que llevaba demasiado tiempo respirando pólvora.
Confieso que esperaba con cierta ilusión los resultados de aquella investigación. Imaginaba relatos familiares, memorias rescatadas del silencio. Pero la realidad fue otra. Apenas algunos apuntes sueltos: un maestro fusilado por querer convertir la iglesia en pajar; un vecino denunciado “por rojo” para saldar una deuda de arriendo. Y, sobre todo, una frase repetida como un muro: “de eso no se habla”.
Acepté mi fracaso. Cerré el capítulo recordándoles que no hay tragedia mayor que una guerra civil: manantial de odios, de venganzas, de silencios que duran generaciones. Les cité aquella frase atribuida a Bismarck: España es el país más fuerte del mundo: lleva siglos intentando destruirse y no lo ha conseguido.
Y añadí, ya sin pudor, que quizá algún día —cuando volvamos a ser peces y recordemos que nadar juntos es la única forma de avanzar— logremos remar en la misma dirección. Porque entonces, y solo entonces, seremos imparables.