A lo largo de la historia, muchos intelectuales han mirado al fútbol con desdén. Jorge Luis Borges, por ejemplo, nunca ocultó su indiferencia hacia este deporte. Es una opinión respetable, pero creo que deja de lado un aspecto esencial: el fútbol es una de las pocas manifestaciones culturales capaces de reunir a millones de personas alrededor de una emoción compartida, sin distinción de edad, clase social, religión o ideología.
Visto desde afuera, el fútbol puede parecer un culto extraño a un objeto menor: una pelota. Sin embargo, es un culto que no exige sacrificios. Solo pide cantar, reír, llorar, abrazarse y sentir que, por un instante, todos formamos parte de algo más grande que nosotros mismos. En un mundo donde abundan las guerras, los enfrentamientos y el individualismo, esa comunión tiene un valor difícil de medir.
También existe un aspecto que rara vez se menciona. El fútbol es una fuente natural de bienestar para el organismo. Quienes lo practican realizan un ejercicio físico completo, pero incluso quienes solo lo observan experimentan una intensa respuesta emocional. Los abrazos liberan oxitocina, fortaleciendo los vínculos entre las personas; cada gol provoca una descarga de dopamina, asociada al placer y la recompensa; las endorfinas generan euforia y reducen la sensación de cansancio; la serotonina refuerza el sentimiento de pertenencia y la adrenalina nos recuerda que estamos vivos. En cierto modo, el fútbol es la farmacia más barata y efectiva que tenemos.
Además, es una extraordinaria escuela de trabajo en equipo. Ningún jugador gana un campeonato por sí solo. El talento necesita disciplina, cooperación, solidaridad y confianza en los demás. Son valores que trascienden el deporte y resultan indispensables para cualquier sociedad que aspire a progresar.
Yo misma no soy una gran aficionada al fútbol. Comprendo perfectamente que haya personas a las que no les interese. Pero hay algo que siempre me conmueve: su extraordinaria capacidad para producir una alegría colectiva. Durante un Mundial, incluso en países sin grandes equipos o sin tradición futbolística, millones de personas se reúnen para cantar, sonreír, emocionarse y abrazarse. Por unas horas desaparecen muchas de las diferencias que nos separan y nace un sentimiento de pertenencia que pocas actividades humanas consiguen despertar.
Quizá ese sea el verdadero triunfo del fútbol. No los campeonatos ni las copas, sino recordarnos que, cuando compartimos una alegría, el mundo siempre se parece un poco más al lugar en el que nos gustaría vivir.