En la Galicia agraria y marinera de mi infancia había dos refranes que solían repetirse con frecuencia. Uno era, en gallego, ‘na terra dos lobos hay que aubear coma todos’ (en la tierra de los lobos hay que aullar como todos) y el otro ‘chámame porco e bótame millo’ (llámame cerdo y échame maíz). El primero era una advertencia del peligro inherente al inconformismo, pues estaba claro que los lobos en cuestión no tolerarían a nadie que no se comportase como ellos. El segundo era el lema de un pueblo reducido por su historia a la condición de supervivencia. Aunque intuyera sus razones pasadas y presentes, éstas no acababan de convencerme, pues nos reducían a una condición animal y a la aceptación de un régimen de injusticia y opresión social. La lección era atroz, pues suponía que para sobrevivir había que suprimir la humanidad, la libertad, la integridad y la inteligencia. Y de eso nada.
La cuestión del conformismo como medio de supervivencia dentro del marco sociocultural no es nada nuevo. Toda nueva generación se enfrenta al problema sempiterno de la relación entre individuo y sociedad. Aunque en principio somos animales sociales y la sociedad es la suma de nuestras relaciones individuales, en la práctica la colectividad obliga al individuo a ajustarse a su modelo. Pero en el proceso de forzarle a adoptar la identidad colectiva, la sociedad separa y aliena al individuo del resto de la humanidad. Esta doble o triple escisión entre individuo, sociedad y humanidad contiene un elevado potencial trágico derivado del espíritu aplastante de la colmena y su determinación de sacrificar al individuo en sus guerras tribales.
La identificación con el grupo, la raza, la nación, la ideología o la fe, es uno de los factores centrales de la degeneración moral de los pueblos, pues causa división y conflicto. La gente adopta la mentalidad colectiva por comodidad y porque teme por su seguridad si no lo hace. De ahí que la muchedumbre sea vulnerable a la demagogia, cuya manipulación emocional e incoherencia ideológica le conducen a elegir a líderes cuyas políticas son totalmente contrarias a sus intereses. Por ejemplo, cuando por patrioterismo y xenofobia votan a políticos cuyo fin es el enriquecimiento propio y el de la jerarquía tecno-capitalista a costa de la sanidad y educación públicas. La irracionalidad mental y la atrofia moral llegan al grado de elegir democráticamente a genocidas y ecocidas declarados que apuestan por el militarismo, el imperialismo y el abuso del poder, que no aman la vida ni creen en el futuro de la humanidad.
Esta gente no es un factor de progreso sino de involución. Y cuanto más triunfan, más asolan el planeta con su ola de destrucción. Tenemos que abandonar el culto del éxito, del dinero y el poder y mantenernos en la vía de la verdad, la inteligencia y la solidaridad o acabaremos siendo carne de cañón. Conviene recordar que el poder está en nuestras manos y que nuestros enemigos son aquellos que están dispuestos a sacrificarnos a nosotros y a nuestros hijos por sus propios intereses. Homo hominis lupus est. Lo que tenemos que hacer es abandonar la pocilga de la supervivencia, dejar de aullar con la manada, reclamar nuestra libertad, integridad y dignidad humanas y poner a todos estos licántropos a buen recaudo en una jaula.