Antonio D. Olano, a quien mencioné una vez al comentar lo que solía decir a propósito de la lectura, que cuando quería leer un libro lo escribía, disponía también en su repertorio de boutades con la de exclamar en voz lo suficientemente alta, ante la audiencia que se terciase, que no se hablaba con analfabetos. Estos exabruptos, si había quorum de oyentes alrededor capaces de percibirle todo lo desagradable que deseaba, le hacían feliz, porque si alguien, en un arranque de valentía se lo hacía notar, le daba la oportunidad de añadir que a él no le pagaban por ser simpático.
Antonio D(omínguez) Olano, nacido en Villalba, provincia de Lugo, había echado raíces en Madrid. Fue un conocido periodista y escritor que se ponía el mundo por montera, incluso literalmente, dada su afición a los toros, en la línea en que lo habían sido ilustres personajes de la talla de Hemingway o Lorca. Y aunque confesaba que escribía “a la pata la llana”, como Pío Baroja, también sabía afinar bien la puntería cuando quería y sacar de su pluma exquisiteces como “murió un torero y nació un ángel”, palabras que figuran grabadas en una placa colocada en la estatua del Yiyo, obra de Luis Sanguino, frente a la Plaza de Toros Monumental de las Ventas de Madrid. Olano había publicado, además, diversos textos sobre Picasso y Dalí, taurinos como él y amigos suyos. Por ejemplo, El señor de las palomas, en el caso del malagueño.
Con estos antecedentes, bien puede comprenderse que Antonio se permitiera ciertas licencias, si no “para matar” sí para sacarle los colores al más pintado de entre el común de los mortales que se pusiera a tiro. Más si cabe cuando fue el periodista al que le tocó hacer de cicerone del Che Guevara en la visita que este realizó a Madrid en 1959 durante la escala de su vuelo a una cumbre de países no alineados en El Cairo. Olano, a la sazón con 29 años, era redactor del diario Pueblo, y se llevó de acompañante al fotógrafo César Lucas, quien trabajaba para Europa Press y haría las inmortales fotos. Visitaron la Ciudad Universitaria y acto seguido el Che quiso pisar una plaza de toros, y Olano le condujo a la de Carabanchel, donde bajó al ruedo.
Ferviente admirador del histórico Lhardy, y asiduo de la tertulia Amigos de Julio Camba, en Casa Ciriaco, junto a Mingote o Antoñita la Fantástica, conocía los secretos de la capital como nadie, que desveló en su libro Pecar en Madrid con atlético reporterismo, siempre con el deseo de devolver a la Villa su condición de ciudad alegre y confiada en la que uno pudiera seguir encontrándose a “Cantinflas”, Belmonte, Manolete, Luis Miguel Dominguín, Sofía Loren, Lauren Bacall, Jean Cocteau o Ava Gardner, una habitual.
Así se las gastaba el malote de Olano mucho antes de la invención del patinete eléctrico.