La soberbia nunca baja de donde sube, porque siempre cae donde subió. —Francisco de Quevedo
En la compleja frialdad de un cuartel escribió Carl von Clausewitz que la guerra es la continuación de la política por otros medios. Si aquel viejo prusiano levantase la cabeza y visitase nuestras ciudades, descubriría fascinado que hemos perfeccionado su máxima pero en el estadio de la absoluta estupidez. Hoy no hay cañones ni caballería, pero abundan patinetes y bicicletas, no existen trincheras, pero sí bordillos, bolardos y absurdas Zonas de Bajas Emisiones.
La ZBE no es un instrumento técnico, es el experimento de lo absurdo. El político completamente ciego decide quién merece la absolución ecológica y quién debe arder en el infierno. El ciudadano reducido a contribuyente se transforma en peatón sin derechos. Los coraceros de litio han conquistado las calles, aceras y pasos de peatones. Nadie les compele. Circulan sin matrícula, sin seguro y, en no pocos casos, sin vergüenza. Llegan por derecha e izquierda, por detrás y por donde menos lo esperamos. El peatón descubre que su derecho a caminar en paz choca contra la rueda de un patinete manejado por un chico con capucha que se ríe cuando alguien cae.
Entretanto el coche, villano oficial del relato, no ha desaparecido. En esta España de supervivencia burocrática prosperan los utilitarios con etiqueta ECO. Esos híbridos que contaminan menos en el papel que en la calle. Es el milagro de la pegatina, dos motores semejantes, uno con salvoconducto y el del obrero, desterrado y perseguido. No faltan en este entuerto las bulas municipales. Vehículos que por razones tan misteriosas como oportunas pueden entrar donde se les antoje. Al parecer la contaminación disminuye cuando se viaja en coche oficial porque lo que realmente importa no es lo que emites, sino lo que acreditas.
Pasear por la ciudad se ha convertido en una compleja lucha de clases. Carril bici contra carril bus, carril bus contra carril coche, carril coche contra la acera ampliada. Cruzar un paso de peatones es una odisea. Cada reforma es una nueva escaramuza y los plenos municipales son una batalla de planos. Lo singular es que quienes deciden el reparto rara vez son quienes después tienen que caminarlo. Sin embargo, nadie quiere declararse enemigo del planeta, de los niños asmáticos o de los osos panda. La ZBE se acepta con resignación y un punto de cinismo. El comerciante, al borde del cierre, pierde clientes mientras exhibe un cartel de «comprometidos con el medio ambiente». El vecino no puede cambiar de coche, pero escucha que «la transición será justa» y se consuela pensando que al menos podrá seguir esquivando patinetes. Substituyen los coches por artefactos peligrosos que no necesitan pegatinas y sus infracciones se diluyen en la indulgencia general.
Mientras, los chanchullos se tratan en despachos bien ventilados. Pactan calendarios, excepciones, moratorias y sobre todo, mano dura. Redactan pliegos, renuevan flotas, diseñan campañas de concienciación y gastan como si el dinero lloviese del cielo. El resultado es una ciudad dividida en bandos que fingen no existir: barrios vencedores y barrios vencidos, calles pacificadas y calles sacrificadas, ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda. Estamos en una guerra civil silenciosa, sin partes de bajas, con estadísticas alteradas y multas por cruzar unos metros la zona prohibida. No hay himnos ni banderas, pero sí pegatinas, distintivos y aplicaciones móviles que te dicen si eres aliado o enemigo.
La redención climática es cruel. Es el despropósito del político que ha decidido señalar al coche o a la calefacción como los grandes enemigos del mundo. Sin embargo, el aire sigue siendo el mismo, en Asturias es rico y compartido, aquí llueve, y al final lo respiramos todos, independientemente del lado de la trinchera en que nos hayan colocado.