Hay días en que la política internacional se parece demasiado a una liturgia mal ensayada. Uno abre las noticias y se encuentra al líder supremo del planeta reunidos en la Casa Blanca, rodeados de representantes de varias confesiones religiosas, como si hubieran decidido convertir el Ala Oeste en una capilla improvisada. Y mientras hablan de paz, los drones siguen zumbando sobre Oriente Medio con la misma indiferencia que las cigüeñas sobre la ribera del Ebro.
En ese contraste —entre solemnidad y ruido de fondo— resuena inevitablemente un eco antiguo.
“Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, miserere nobis.” Primera invocación. La súplica. La escena recuerda a los viejos intentos de mediación en Oriente Medio, desde la Conferencia de Ginebra del 79 hasta los acuerdos que nunca llegaron a serlo. Irán, con su historia de imperio, revolución y sanciones, aparece siempre como ese invitado ausente cuya sombra ocupa más espacio que muchos presentes. Y mientras se pronuncian palabras graves sobre responsabilidad y humanidad, en los despachos contiguos se discuten rutas de petróleo, equilibrios regionales y la eterna geometría variable de las alianzas. Misericordia, sí, pero con cláusulas en letra minúscula.
“Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, miserere nobis.” Segunda invocación. La repetición. Porque la diplomacia interreligiosa tiene algo de teatro barroco: solemne, bien iluminado, lleno de símbolos que tranquilizan conciencias pero rara vez detienen guerras. No es la primera vez que se convoca a líderes espirituales para bendecir una foto de familia: ya lo vimos en Asís en 1986, cuando Juan Pablo II reunió a representantes de todas las religiones para rezar por la paz mientras el mundo seguía dividido por bloques. Cambian los escenarios, cambian los actores, pero la partitura es la misma: declaraciones de buena voluntad que se evaporan en cuanto se apagan los focos.
“Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, dona nobis pacem.” Tercera invocación. La petición final: “danos la paz”. La frase que todos pronuncian, pero que nadie sabe manufacturar. La paz en Oriente Medio es un oficio lento, casi artesanal, como restaurar un retablo mudéjar o recomponer un archivo parroquial del XIX. Exige memoria, renuncias y una voluntad que rara vez coincide con los intereses estratégicos del momento. Desde la caída del Sha hasta el acuerdo nuclear de 2015 —y su posterior desmantelamiento—, la historia reciente de Irán demuestra que cada avance diplomático es reversible, cada gesto puede reinterpretarse y cada promesa tiene fecha de caducidad.
Quizá por eso, mientras observo la escena, me viene a la cabeza aquella frase de Erasmo: “La guerra es dulce para quienes no la han probado”. Y pienso que seguimos atrapados entre las dos primeras invocaciones, pidiendo misericordia sin atrevernos a construir la paz. El Agnus Dei, al final, no es solo un canto litúrgico: es un espejo incómodo donde se reflejan nuestras contradicciones colectivas. Y en ese espejo, a veces, la Casa Blanca se parece demasiado a una catedral sin fieles, donde todos recitan las palabras correctas pero nadie se atreve a apagar el incienso de la guerra.