Las últimas 24 horas han concentrado, casi de forma paradigmática, las tensiones geopolíticas que marcan el inicio de 2026. La ofensiva política y comercial del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, para forzar el control sobre Groenlandia, la reacción de una Unión Europea que intenta preservar el vínculo atlántico sin aceptar chantajes, el refuerzo financiero a Ucrania y la extensión global del plan de posguerra para Gaza dibujan un escenario de ruptura acelerada del orden internacional basado en reglas.
En este contexto, Trump ha elevado el pulso con Europa, vinculando abiertamente la política comercial a objetivos geoestratégicos. El presidente estadounidense ha reiterado que el control de Groenlandia es “irrenunciable” para la defensa antimisiles, la vigilancia espacial y la contención de Rusia y China en el Ártico, y ha anunciado aranceles del 10 % a partir del 1 de febrero a importaciones procedentes de ocho países europeos, con amenaza de escalarlos al 25 % en junio si no se avanza hacia un acuerdo favorable a Washington.
Desde Davos, el presidente francés Emmanuel Macron y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, han respondido con inusual contundencia. Ambos han advertido de que la UE no aceptará el uso de tarifas como arma de coerción geopolítica y han abierto la puerta a activar, por primera vez, el mecanismo europeo anti-coerción comercial, diseñado precisamente para responder a presiones económicas con fines políticos.
El choque no es solo comercial. El riesgo estratégico es profundo, ya que condicionar el trato a aliados a la cesión de soberanía erosiona la confianza en el paraguas de seguridad estadounidense y alimenta discursos antiatlánticos en Europa, un escenario que, según analistas, beneficia directamente a Moscú y Pekín. Mientras tanto, la OTAN calibra su postura en Bruselas, con una reunión clave de jefes de Defensa que será interpretada como test de cohesión en plena tormenta transatlántica.
En paralelo, la Unión Europea avanza para cerrar políticamente un préstamo conjunto de 90.000 millones de euros a Ucrania para el periodo 2026-2027. El mecanismo, financiado mediante deuda común y con devolución vinculada a futuras reparaciones rusas, busca garantizar la estabilidad financiera de Kiev y sostener su esfuerzo de defensa. El Consejo de ministros de Economía y Finanzas (ECOFIN) debe convertir el acuerdo político alcanzado en diciembre en un mandato operativo, un paso clave para evitar dudas sobre la resistencia europea a medio plazo frente a la agresión rusa.
Al mismo tiempo, Rusia ha intensificado los ataques masivos contra la infraestructura energética ucraniana, con oleadas de misiles y drones que provocan apagones, limitan la capacidad de las centrales nucleares y elevan el riesgo humanitario y tecnológico en pleno invierno. Para Bruselas y la OTAN, estos ataques refuerzan la urgencia de acelerar el envío de defensas antiaéreas avanzadas, sin las cuales la ayuda financiera corre el riesgo de traducirse solo en resistencia precaria.
En Oriente Medio, Washington ha dado un paso significativo al impulsar el “Board of Peace” para Gaza, un órgano internacional de posguerra que ya cuenta con la adhesión de Kazajistán y Uzbekistán como miembros fundadores. La incorporación de actores centroasiáticos y no occidentales otorga mayor legitimidad multilateral al plan estadounidense, debilita la influencia de Hamás e Irán y supone un revés simbólico para la narrativa de control regional de Rusia y China.
El Foro Económico Mundial de Davos se ha convertido así en escenario de un choque abierto de modelos. El primer ministro canadiense, Mark Carney, ha resumido el clima con una advertencia clara: el orden internacional basado en reglas está en plena ruptura, y la cuestión central es si las democracias serán capaces de responder con firmeza o quedarán atrapadas entre el unilateralismo de sus aliados y la agresividad de sus adversarios.
El tablero se completa con señales preocupantes en otros frentes: la represión más sangrienta en Irán desde 1979, un frágil alto el fuego en Siria que consolida al régimen de Bashar al-Asad, y la decisión del Reino Unido de autorizar una megaembajada china en Londres, criticada por su potencial impacto en seguridad e influencia política.
En conjunto, los acontecimientos de estas horas confirman que 2026 arranca con un sistema internacional sometido a una presión extrema, donde la defensa de la seguridad, la soberanía y las reglas comunes exige algo más que declaraciones. Para Europa, el desafío es doble: mantener la alianza atlántica sin aceptar la política de fuerza y demostrar que puede actuar como actor estratégico real en un mundo cada vez más fragmentado.