El testimonio directo de la esposa de Perkins Rocha, abogado personal de María Corina Machado y preso político en El Helicoide, revela el patrón de persecución, incomunicación y castigo que afecta hoy a más de mil presos políticos en Venezuela. Un relato preciso, sin consignas ni exageraciones, que explica por qué en el país no se está hablando de libertad, sino de control.
Para que el lector comprenda bien el contexto, ¿quién es usted y cuál es la situación actual de su esposo?
Mi nombre es María Costanza Cipriani. Soy venezolana, abogada, y esposa de Perkins Rocha, abogado personal de María Corina Machado y abogado de la coalición opositora en las elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024 en Venezuela. Mi esposo es preso político desde el 27 de agosto de 2024 y está recluido en El Helicoide, que no es una cárcel convencional, sino el mayor centro de detención y tortura de América Latina. Está próximo a cumplir diecisiete meses privado de libertad.
En los últimos meses se ha hablado de excarcelaciones y de supuestos gestos de buena voluntad por parte del régimen. ¿Qué está ocurriendo realmente?
Lo primero que hay que aclarar es el lenguaje. No son liberaciones, son excarcelaciones. Y la diferencia es fundamental. En el contexto pre y postelectoral de 2024 fueron detenidas más de dos mil personas por razones políticas. A día de hoy deben quedar alrededor de mil privadas de libertad.
Las personas que han salido lo han hecho bajo condiciones que anulan cualquier idea de libertad: prohibición de dar declaraciones a medios o en redes sociales, obligación de estar permanentemente a disposición de un tribunal y la advertencia expresa de que cualquier palabra o conducta que no guste puede significar el regreso inmediato a prisión. Eso no es libertad. Es cambiar el lugar del cautiverio.
Desde fuera de Venezuela cuesta comprender qué significa esa persecución en la vida cotidiana.
Es normal que cueste entenderlo, porque nadie puede imaginarlo hasta que lo vive. Yo siempre hablo desde mi experiencia, porque soy doliente directa. Estuve catorce meses y once días sin ver a mi esposo. Perkins fue detenido el 27 de agosto de 2024 y no pude verlo hasta el 8 de octubre de 2025.
Durante todo ese tiempo no pudo nombrar defensa privada, no tuvo una sola llamada telefónica para decirme que estaba vivo. Nada. Cuando finalmente pude verlo, supe que ese abrazo iba a ser el más importante de mi vida. Porque significaba que estaba vivo y que, pese a todo, seguía siendo él.
¿Intentaron durante ese tiempo todas las vías legales disponibles?
Todas. Absolutamente todas. Y todas fueron bloqueadas. Soy abogada, igual que mi esposo. Fui innumerables veces al tribunal que llevaba su causa y ni siquiera me recibían los escritos. Acudimos a la Defensoría del Pueblo, a la Fiscalía General de la República, a la defensa pública que le impusieron. Nunca obtuvimos respuesta.
Mi esposo lleva más de dieciséis meses preso y yo no he podido ver su expediente. Esto no es un caso aislado. Es un patrón que se repite con los presos políticos en Venezuela.
Ante ese cierre institucional, ¿qué alternativas les quedaron?
Recurrir a instancias internacionales. Naciones Unidas, la OEA, Human Rights Watch, Amnistía Internacional, cuerpos diplomáticos. La tragedia venezolana está documentada con una cantidad impresionante de pruebas. Organizaciones como Foro Penal y Amnistía Internacional han documentado de forma reiterada el uso sistemático de detenciones arbitrarias, incomunicación prolongada y violaciones del debido proceso en Venezuela.
Y aun así, durante años, la sensación fue de absoluta orfandad. Huérfanos de patria y, lo que es peor, huérfanos de humanidad. Cuando se pasa por encima de la dignidad con la que todos nacemos, se está pasando por encima de la humanidad entera.
¿Cree que la situación de los presos políticos ha empezado a visibilizarse a nivel internacional?
Sí, pero tarde, y a un coste humano enorme. La atención internacional comenzó a intensificarse cuando desde el Vaticano se habló con claridad. El cardenal Pietro Parolin dijo que Venezuela no saldría de la oscuridad hasta que se abrieran todos los cepos. Luego el cardenal Baltazar Porras y los obispos venezolanos alzaron la voz.
Más tarde, con la entrega del Premio Nobel, cuando se mencionó a tres venezolanos —un adolescente, un diputado sometido a un escarnio brutal y un preso político que había muerto días antes— el mundo empezó a mirar de frente. En ese contexto, María Corina Machado volvió a insistir en algo esencial: la libertad de todos los presos políticos es impostergable. Y lo es porque cada retraso se mide en vidas. Hace apenas unos días murió otro preso político en Venezuela.
Durante esos meses de incomunicación, ¿tenía algún tipo de contacto indirecto con su esposo?
De una forma profundamente humillante. Yo llevaba alimentos, ropa y medicinas. A veces los custodios me decían: “Su esposo le mandó una nota”. Nunca me la entregaban. Decían que le tomaban una foto y me la leían. Siempre empezaban con “Hola, mi amor”.
Llegó un punto en que les pedí que no me leyeran esa primera línea. Era insoportable que quienes lo tenían secuestrado fueran los que me dijeran “hola, mi amor” en su nombre. Cuando finalmente pude verlo, lo primero que le pedí fue que no volviera a escribir eso. Yo quería escucharlo de él, no de sus carceleros.
¿Cómo se encuentra actualmente?
Lo sé a medias. Las videollamadas, cuando existen, son por WhatsApp, vigiladas, con custodios presentes. No se habla del trato ni del día a día. Se habla de la familia, de nuestras madres, de los hijos. Siempre dice “estoy bien”. Pero ha perdido entre diez y quince kilos.
Yo solo le pido a Dios que las secuelas de este cautiverio no le arrebaten su esencia. Ese es mi mayor temor.
Usted habla de arbitrariedad y opacidad. ¿Cómo describiría el sistema de detenciones?
No es aleatorio: es caprichoso. Están presos por el capricho de alguien, sin pruebas. Y de forma igualmente caprichosa deciden quién sale, cuándo y cómo. Esa falta de información revictimiza a las familias. Cada día sin claridad es una forma de tortura psicológica.
Cuando hay un preso político en Venezuela, toda la familia es rehén. El preso tras las rejas y los suyos fuera.
¿Qué exigiría hoy, de forma clara, a la comunidad internacional?
Dos cosas muy concretas. Primero: liberaciones, no excarcelaciones, y de todos, porque todos son inocentes. Segundo: que salgan con sus derechos intactos, con libertad de expresión, de movimiento y de vida.
No podemos seguir teniendo presos en nuestras casas. Eso es moralmente inaceptable.
Hay quien dice que los venezolanos no lucharon por su libertad.
Eso es profundamente injusto. La prueba de que sí lo hicimos es que hay más de mil presos políticos por decir la verdad. Y seguimos alzando la voz, dentro y fuera del país, por ellos y por Venezuela.
Más de un tercio de la población ha tenido que abandonar el país.
Es una tragedia histórica. Los libros de historia y de sociología tendrán que explicar cómo un país expulsó a millones de ciudadanos y encarceló a quienes se quedaron a defender la verdad. Ojalá esas lecciones sirvan para que esto no se repita nunca más.
Para terminar, ¿qué mensaje le gustaría que quedara claro?
Que no pedimos privilegios. Pedimos libertad. Porque un país con presos políticos no es un país: es una cárcel con fronteras.