Durante más de tres décadas, la globalización fue presentada como el gran motor económico del planeta. Fabricar en Asia, ensamblar en Europa, vender en Estados Unidos y consumir productos cada vez más baratos parecía un modelo imparable. Sin embargo, ese paradigma comienza a mostrar síntomas de agotamiento y economistas, organismos internacionales y grandes compañías ya hablan abiertamente de una nueva etapa: la desglobalización.
El economista José Ramón Riera ha puesto el foco esta semana en un fenómeno que empieza a ganar protagonismo en los grandes foros económicos: el retorno de la producción a los países de origen, el aumento de barreras comerciales y la creciente tensión entre bloques económicos como Estados Unidos, China y la Unión Europea.
Su tesis coincide con una tendencia que ya analizan instituciones como el Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial del Comercio o el Banco Central Europeo: la economía mundial se está fragmentando y eso puede tener consecuencias directas sobre el empleo, la inflación y el precio de los productos cotidianos.
De fabricar en China a volver a producir en Europa
La pandemia, la guerra de Ucrania y las tensiones comerciales entre Washington y Pekín aceleraron un cambio que ya se venía gestando desde hace años. Muchas empresas comenzaron a comprobar los riesgos de depender de cadenas de suministro situadas a miles de kilómetros de distancia.
Sectores estratégicos como los microchips, los medicamentos, las baterías eléctricas o determinadas materias primas han pasado a considerarse prioritarios para la soberanía económica de los países occidentales.
La respuesta ha sido clara: traer parte de la producción de vuelta. El fenómeno recibe distintos nombres —reshoring, nearshoring o friendshoring—, pero el objetivo es el mismo: producir más cerca y depender menos del exterior.
En Estados Unidos, el Gobierno de Donald Trump impulsó durante su mandato fuertes políticas arancelarias contra China, una línea que posteriormente mantuvo y reforzó Joe Biden con subsidios millonarios para atraer industria tecnológica y energética al país.
Europa también ha iniciado movimientos similares. La Comisión Europea ha defendido en los últimos años la necesidad de “autonomía estratégica” para reducir la dependencia industrial exterior, especialmente tras las crisis energéticas y logísticas sufridas desde 2020.
El gran riesgo: productos más caros y más inflación
El principal aviso que lanzan numerosos economistas es que producir cerca del consumidor tiene ventajas estratégicas, pero también un coste mucho mayor.
Europa compite con regiones donde la energía, los salarios o los costes regulatorios son considerablemente más bajos. Eso significa que fabricar dentro de la Unión Europea puede incrementar el precio final de muchos bienes de consumo.
Diversos informes recientes del Banco Central Europeo ya advierten de que la fragmentación del comercio mundial podría elevar la inflación estructural en los próximos años, especialmente si las economías desarrolladas reducen sus importaciones baratas procedentes de Asia.
La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos también ha señalado que las tensiones geopolíticas están alterando el comercio internacional y aumentando los costes de producción globales.
En términos prácticos, esto podría traducirse en electrodomésticos más caros, vehículos con precios más elevados, componentes tecnológicos menos competitivos o alimentos sometidos a mayores tensiones de costes.
Más empleo industrial, pero menos crecimiento global
La otra cara del fenómeno es el empleo. La relocalización industrial puede beneficiar a países europeos al recuperar parte de la producción perdida durante décadas.
España, por ejemplo, intenta atraer inversiones relacionadas con baterías eléctricas, semiconductores o energías renovables para reforzar su tejido industrial. Comunidades como Madrid, Cataluña, Valencia o el País Vasco compiten actualmente por captar nuevas plantas logísticas y tecnológicas.
Sin embargo, muchos analistas consideran que la desglobalización podría reducir el crecimiento económico mundial a medio plazo. El comercio internacional ha sido uno de los grandes motores del aumento de productividad desde los años noventa y una fragmentación excesiva podría ralentizar la innovación y encarecer el acceso a bienes esenciales.
El Fondo Monetario Internacional llegó a advertir recientemente de que una división económica profunda entre bloques podría costar varios puntos de PIB a la economía mundial en la próxima década.
China, Estados Unidos y Europa: una nueva guerra económica silenciosa
La rivalidad entre China y Estados Unidos es uno de los principales aceleradores del cambio. Washington busca reducir su dependencia tecnológica de Pekín, mientras China intenta reforzar su producción nacional y limitar la entrada de compañías extranjeras en sectores estratégicos.
Europa, atrapada entre ambas potencias, trata de proteger su industria sin perder competitividad internacional.
En este nuevo escenario, conceptos como “seguridad económica”, “soberanía industrial” o “autonomía estratégica” se han convertido en prioridades políticas para gobiernos y grandes corporaciones.
El resultado es un mundo menos globalizado que el de hace dos décadas y mucho más centrado en bloques regionales.
Un cambio económico que puede durar años
Los expertos coinciden en que este proceso no será inmediato. Igual que la globalización tardó décadas en consolidarse, la reorganización industrial mundial podría prolongarse durante años.
Pero la dirección parece clara: menos dependencia exterior, más producción local y una economía internacional cada vez más condicionada por la geopolítica.
El debate ya no gira únicamente en torno a fabricar más barato, sino a fabricar de forma más segura, más cercana y más estratégica. El problema es que esa transición podría tener un precio que acabarán notando consumidores y empresas en toda Europa.