Un safari en Kenia "El Serengueti"

Atravesamos la entrada del parque y, mientras cruzábamos la pradera, nos encontramos con millares de cebras de Grant, con sus cuerpos blancos y negros que deslumbraban bajo el sol. Las jirafas se acercaban a comer las hojas más altas de los árboles y se enfrentaban en duelos. Los impalas pastaban en las partes más tiernas y nutritivas de las plantas, mientras que los antílopes afinaban sus grandes orejas. Las gacelas thomasi saltaban con energía y los elefantes, imposibles de pasar por alto, agitaban los árboles con la base de sus trompas y arrancaban el follaje de las ramas y la corteza de los troncos.

Eric nos sugirió que observáramos los elefantes desde la distancia y que no nos acercáramos, ya que estaban con sus crías y podríamos enfadarlos. De repente, vimos a las primeras leonas tumbadas, radiantes y serenas como esfinges, y luego a otra hermosa manada que se escondía entre las hierbas, con un león agazapado y holgazán que dormía sin inmutarse con nuestra presencia. 

Grandes praderas de hierbas eran el hábitat natural de rinocerontes, búfalos, antílopes y gacelas, y todo se desplegaba como un conmovedor espectáculo de vida. Las praderas de tierra se perdían en el horizonte y a medida que avanzábamos, su extensión se hacía aún más grande. 

Cuando llegamos al río Mara, que nace en Kenia y fluye hasta Tanzania para desembocar en el Lago Victoria, Eric detuvo la furgoneta. Desde adentro, sin poder salir, estuvimos unos minutos observando la vida animal desde lo alto. Abajo, en el río que serpenteaba con poca agua, mientras las aves carroñeras planeaban sobre el terreno y descendían rápidamente, los hipopótamos y cocodrilos se sumergían para refrescarse o se les podía ver acostados en los bancos de arena. Los grandes reptiles, que parecían dormir, realizaban movimientos sigilosos para luego abrir rápidamente la boca y devorar a los peces que pasaban. Al atardecer, los hipopótamos salían a alimentarse en busca de pasto, fuera del agua había que tener mucho cuidado, eran agresivos y rápidos. Me quedé extasiado contemplando ese ordenado espectáculo de la vida, maravillado de reconocer el mundo en el que vivimos.

Ese estrecho cauce del río, de apenas cincuenta metros, es un punto crucial, ya que cuando los mamíferos sedientos se detienen a hidratarse, pueden ser devorados por los cocodrilos. Por allí pasa la mayor migración anual de nuestro planeta: alrededor de dos millones de ñus, cebras, gacelas y antílopes recorren tres mil kilómetros de sur a norte en busca de pastos frescos para alimentarse. 

El sol se escondía, rojizo, en la sabana, esperando la caída de la noche. Era entonces cuando las fieras salvajes comenzaban la cacería. Las hienas salían a cazar en la noche, atacando en manada. Y los búhos, a limpiar el terreno. Todo ello era vital para mantener el equilibrio. Pero, sobre todo, era imposible pensar que el flujo inagotable de vida que manaba del continente africano se detuviera. África era, en definitiva, contradictoria y hermosa.