El liberal anónimo

Pongamos que hablo de Madrid

Gran ciudad es Madrid, aunque hoy todos parezcan sombras con la mirada hundida en el diminuto resplandor del teléfono que substituye al sol. Impresiona ver cómo la gente avanza sin verse, convertida en una procesión de sombras adheridas de forma permanente a una pantalla. Una vez, no hace mucho, bastaba un saludo en la calle para que hasta el desconocido respondiese con cortesía. Se diría que la ciudad ha olvidado por completo la conversación, aquella que se aprendía en las casas, las calles y tabernas, en donde el vino y la palabra compartían mesa. En aquellos tiempos hasta los policías tenían un gesto más cercano y afable. 

Pasear por el Retiro era descubrir el mundo entre un teatro de miradas vivas, donde los ancianos contaban historias y los jóvenes jugaban o escuchaban sin prisa. Por desgracia, ahora hay cientos de personas sentados frente al estanque pero sin ver el agua, ajenos por completo a la vida. Incluso los monumentos parecen suspirar por aquellos años, añorando la algarabía humana que antes los rodeaba. No obstante, Madrid sigue conservando esa terquedad hermosa de seguir ofreciendo belleza a quien levante la mirada. Así, en una esquina cualquiera, todavía podemos encontrar un gesto amable que promete rescatar la esperanza.

Es curioso ver cómo cambian las ciudades mientras la necesidad de mirarnos sigue intacta. Resulta evidente que la comunicación no se ha perdido del todo, que sólo se ha escondido bajo generosas capas de sonidos digitales. En cuanto alguien se atreve a hablar sin pantallas de por medio, la gente mira sorprendida y mientras tanto el aire parece recuperar su antiguo sabor. Sucede en ocasiones, en aquel Madrid castizo, que cuando algunos comparten historias es como si se detuviese el mundo. 

Al final, Madrid sigue siendo un refugio para quienes desean vivir con todo y con nada. De estar entre palacios a caminar por callejones, sin embargo la ciudad guarda tan rica memoria que no se deja borrar por la prisa. Observarla con calma es descubrir que aún late bajo la superficie el espíritu rebelde del dos de mayo. Recuerda uno, en ese instante, que la vida no está dentro del móvil, sino en la conversación y la mirada. A veces basta con eso para que todo cambie. Basta con un gesto sencillo para que el día mude. La ciudad lo sabe bien, aunque en ocasiones lo disimule. En su fondo más íntimo, la capital de España sigue siendo tremendamente humana.

Y es en la humanidad e ilusión de que quienes llegaron desde tantos lugares de España buscando una vida mejor, en donde reside su verdadera grandeza. Tal vez por eso es que ciertos instantes parecen suspendidos en el aire. En esos momentos es cuando Madrid se transforma en una especie de milagro y es lo que atrapa, engancha, y por lo que a veces apetece volver e incluso quedar. Aunque cada día todo el mundo avance hacia lo impersonal, siempre parece quedar un rincón, a veces oculto, en donde la cercanía renace en una forma de misterio. Me atrevo a creer que la ciudad recompensa a quienes la miran de frente y esa es la verdadera magia de Madrid. Ojalá nunca dejemos de soñar en el viejo Madrid de los Austrias.

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