La primera vez que fui testigo —y partícipe entusiasta— de una ovación cerrada en un cine ocurrió en mayo de 1976, durante la proyección de El gran dictador. Hasta entonces, mis experiencias colectivas en las salas se reducían a las ruidosas pataletas de la chavalería, cuando el Séptimo de Caballería irrumpía para salvar a los colonos del asalto de los “pieles rojas”, o cuando una cuadrilla de vaqueros llegaba al galope tendido para rescatar a la rubia protagonista —la gachí, en la jerga popular— de un ataque de cabezas plumíferas y rostros pintados. Sin ser consciente aún de que los verdaderos invasores eran los que llevaban sombreros de ala ancha, y que los indios se limitaban a defender sus tierras, pero me aparto de esas imágenes para volver a la que nos ocupa.
El gran dictador se estrenó en Estados Unidos en 1940, en plena Segunda Guerra Mundial, como una sátira feroz contra Hitler y los totalitarismos europeos. En España, sin embargo, permaneció prohibida durante 36 años bajo la censura franquista: su crítica directa al fascismo y a la figura del dictador resultaba incompatible con el régimen.
La llegada de El gran dictador a nuestras pantallas en 1976, tras la muerte de Franco, simbolizó un cambio cultural y político: el fin de la censura y la apertura hacia obras críticas con el autoritarismo. Para muchos espectadores, aquella proyección fue como recuperar un clásico perdido y, al mismo tiempo, un acto de liberación colectiva.
El famoso discurso final de Chaplin, en el que defiende la libertad y la humanidad frente a la tiranía, adquirió entonces una carga emocional extraordinaria en el contexto de la Transición. Recuerdo cómo la sala entera se puso en pie, aplaudiendo frenéticamente, con las manos enrojecidas, los gritos de “¡bravo!” resonando y los ojos brillantes de emoción. Fue la primera vez que comprendí que el cine podía ser también un acto político, un ritual compartido de esperanza y dignidad.
Casi medio siglo después, volví a vivir esa comunión. Ayer, en el aula magna de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza, mi Alma Mater, la película era La quimera del oro, también de Chaplin.
Chaplin consideraba esta obra como la que mejor lo definía. Tras la pausa dramática de Una mujer de París (1923), regresó a la comedia con una historia inspirada en las penurias de los pioneros del paso Donner. Allí encarna a un buscador desarrapado que sobrevive junto a Big Jim Mackay en escenas icónicas —como la cena de la bota, el baile de los panecillos con tenedores, o la cabaña suspendida al borde del abismo— mientras se enfrenta al bandido Black Larsen y persigue, con torpeza entrañable, a una corista. Más allá de su argumento sencillo, la cinta deslumbra por la inventiva visual y el genio creativo de Chaplin. Tras más de un año de rodaje, se convirtió en uno de los grandes triunfos del cine mudo de los años veinte.
Pero la gran ovación de la sesión no fue solo para Chaplin, sino también para el magnífico pianista Jaime López Coscolla, que nos condujo casi al éxtasis y que, al menos a mí, me hizo redescubrir como auténtica obra de arte lo que antes era simplemente una buena y divertida película muda de risa. ¡Bravo por él y por la docente Amparo Martínez Herranz, responsables de la programación del ciclo de cine mudo con pianista en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza, con el apoyo de la propia facultad y del Departamento de Historia del Arte!
Porque las ovaciones, esas mareas humanas que iluminan la pantalla, no son solo aplausos: son la confirmación de que el cine, cuando se comparte, se convierte en un acto de memoria, de resistencia y de belleza. Y en esos instantes, cuando fuimos peces, nadamos todos en la misma corriente de emoción y esperanza.