Cuando fuimos peces

El Maine, o cómo empiezan algunas guerras

Hay aniversarios que no celebramos, quizá porque duelen más de lo que enseñan. Uno de ellos es el del USS Maine, aquel acorazado estadounidense que explotó en el puerto de La Habana en febrero de 1898. Murieron 266 marineros y nació, casi al instante, un grito que aún resuena en los manuales: “Remember the Maine!”

Recordad el Maine.

Recordadlo… aunque nadie supiera muy bien qué había pasado.

Hoy sabemos que la explosión fue accidental, probablemente interna, pero en aquel momento la prensa estadounidense —la de Hearst y Pulitzer, la del amarillismo inaugural— convirtió el suceso en un casus belli perfecto. España era culpable antes de que se investigara nada. Y así, con un barco hundido y una opinión pública encendida, Estados Unidos declaró la guerra para “liberar” a Cuba de la tiranía colonial española.

Conviene recordar aquí un detalle que suele borrarse en los resúmenes escolares: Cuba y Puerto Rico no eran colonias en sentido jurídico, sino provincias de ultramar, parte del territorio nacional español, representadas en Cortes y sujetas —al menos sobre el papel— al mismo marco legal que la península. La guerra del 98 no fue, por tanto, una “descolonización” al uso, sino la amputación de dos provincias bajo el relato de una liberación humanitaria.

Terminada la guerra, España perdió sus últimas posesiones de ultramar. Estados Unidos se quedó con Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam. A los cubanos les prometieron independencia, sí, pero con asterisco: una república tutelada, el derecho de intervención inscrito en la Enmienda Platt y un pedazo de isla —Guantánamo— cedido “temporalmente” como base naval. Temporalmente, claro, en el sentido geológico del término.

Guantánamo sigue ahí, como un fósil vivo de 1898: base militar, enclave extraterritorial, símbolo de un poder que no se marcha aunque cambien los siglos.

A veces la historia no se repite, pero rima. Y uno no puede evitar preguntarse —con la prudencia que exige el presente— si las crisis contemporáneas en América Latina podrían convertirse en nuevos pretextos para viejas lógicas. No porque la situación sea idéntica, sino porque los mecanismos retóricos —la “liberación”, la “ayuda humanitaria”, la “restauración democrática”, la “seguridad hemisférica”— son sorprendentemente persistentes.

El Maine fue un accidente convertido en argumento. Un suceso ambiguo transformado en certeza política. Un estallido que abrió la puerta a una intervención que ya estaba en el aire.

No sería la última vez que un país poderoso construyera una guerra sobre un relato que luego se deshace con el tiempo. En Vietnam, bastó un episodio confuso en agosto de 1964 para desencadenar una escalada gigantesca: el incidente del Golfo de Tonkín.

Dos supuestos ataques de lanchas norvietnamitas. El primero, real pero ambiguo. El segundo —el decisivo, el que otorgó poderes de guerra casi ilimitados— nunca sucedió. Fueron ecos de radar, señales acústicas confusas, operadores nerviosos… y una predisposición política a ver enemigos donde solo había mar.

Si uno quiere una imagen más poética —y quizá más exacta— podría decir que una nube de peces voladores bastó para que alguien creyera ver torpedos. No porque los peces estuvieran allí, sino porque la voluntad de creer en el ataque era más fuerte que la realidad.

Décadas después, en Irak, las “armas de destrucción masiva” se convirtieron en el nuevo Tonkín, el nuevo Maine: una amenaza presentada como inminente, una certeza que luego resultó ser humo. La guerra ya estaba decidida; solo faltaba el relato que la hiciera digerible.

Con estos antecedentes —un barco que explotó por accidente, un radar que confundió olas con enemigos, unas armas que nunca existieron— uno no puede evitar una última reflexión, casi en voz baja. Los momentos de incertidumbre, los cambios bruscos, los vacíos de poder… siempre han sido terreno fértil para relatos urgentes, interpretaciones interesadas y certezas fabricadas a toda prisa.

No se trata de anticipar nada, sino de recordar una vieja máxima que nunca pierde vigencia: en las guerras —o en lo que las precede— la primera víctima siempre es la verdad, y muchas veces la última: el mapa.

A veces basta un ruido en la noche, una lectura precipitada del radar, o una nube de peces voladores convertida en amenaza. Por eso conviene recordar al Maine. Porque la historia, cuando no se mira de frente, tiende a repetirse en voz baja. Y porque, en tiempos revueltos, siempre es prudente afinar el oído para distinguir entre los hechos… y el eco que los multiplica.