El liberal anónimo

La filantropía socialista que sólo regala lo que no es suyo

Nada hay más fácil que gastar el dinero ajeno. —Séneca

Cuando administrar lo han convertido en regalar y encima se presume de hacerlo con una alegría tan expansiva que hasta el mismísimo rey Midas parece un sufrido autónomo, es señal de que algo esencial no funciona bien. Estos gobernantes no convierten nada en oro, por el contrario lo reducen todo a polvo. Se llenan de palabras mágicas como subvención, ayuda o donación, pero lo hacen con la ligereza de quien no tiene que ganar el sueldo con el sudor de su frente. 

Hace tiempo proclamó una ministro de Pedro Sánchez: “el dinero no es de nadie”. Es probable, y quizá por eso el dinero público se ha convertido en una fuente inagotable, generosa e incluso, ajena. Y como lo de los demás no duele, lo reparten con la despreocupación de quien invita a una ronda pero con la cartera del vecino. 

El mensaje del PSOE es que los impuestos son destinados a educación y sanidad, cuando la realidad nos muestra que uno y otro son caóticos y desmoralizantes. Ahora bien, en realidad el gobierno quema nuestro esfuerzo y el dinero vuela, tanto es así que gastan nueve millones de euros para sensibilizar a los españoles sobre la importancia de pagar impuestos. Además, entre otros derroches están: 63 millones a Televisión Española; 2 millones para la Autoridad Palestina para salarios de funcionarios y pensiones; 20 millones para finiquitos a exministros y altos cargos; 82000 euros de sueldo medio para pagar a 1573 altos cargos y asesores del gobierno, lo que resultan 128.986.000 euros; otros 6 millones a María Jesús Montero para asesores elegidos a dedo. No por menos, más de trescientos mil euros para Garzón y Pam en concepto de derechos por sus esfuerzos. Y todo da lo mismo porque volverá el votante y, sin entender ni saber sumar, reiterará la fidelidad al partido. 

Pero hay más. Está la organización ACCEM, tan discreta que no la conoce ni su padre. La fortuna les sonrió con más de 13 millones de euros entre 2023 y 2025. Nada tengo contra la caridad, pero convendría recordar que esa empieza en casa y que las donaciones, cuando se practican con el dinero ajeno dejan de ser una virtud para convertirse en simple teatro. Sin embargo la función continúa. España, tierra de quijotes siempre dispuesta a socorrer al prójimo aunque estemos llenos de goteras y pobreza. Y el buen socialista vuelve a regalar prometiendo mil millones de euros anuales a Ucrania. En el PSOE deben de creer que las arcas públicas son un bolso mágico y, entretanto, el pueblo mirando cómo llegar a fin de mes. 

Y ya que hablamos de larguezas, Marruecos es otro de los agraciados. Mil millones más en ayudas y préstamos dedicados al control fronterizo y, no por menos, a prácticas —quizá discutibles— como el sacrificio masivo de perros vagabundos. A esta humilde ayuda suman otros 340 millones para una desaladora que, con semejante caudal podría desalar todo el Cantábrico. Tampoco Egipto queda fuera ¡Qué sería de los faraones! Reciben 400 millones para inversiones público-privadas. Palestina y Colombia 455 millones para sus ministerios y, como broche final, 300 millones a empresas y organismos que, por el simple azar del destino, financiaron una célebre cátedra sin cátedra ni academia. Todo muy edificante, ilustrado y muy del gusto del socialismo que se proclama bueno mientras agota y empobrece. 

Y por si el lector no estuviese aún impresionado con esta catarata de munificencia, llega la promesa final de 2115 millones para África, destinados a respaldar inversiones. España, país que no encuentra fondos para vivienda, transporte, empresas o para retener a sus jóvenes, se erige ahora en mecenas continental. 

La cooperación internacional es muy loable, sin duda. Pero la primera obligación de cualquier gobierno es con su propio pueblo. Así que después de todo este despliegue de largueza cuesta creer que responda a un noble ideal humanitario. Más parece que tanta prodigalidad institucional sirve a otros intereses, los de aquel que con mano ajena busca engalanarse como filántropo universal antes que cumplir con la primera obligación que impone el Estado, que no es regalar, sino administrar.