Memorias de un niño de la posguerra

España ¿país de pícaros?

Los españoles, de algún tiempo a esta parte, nos vamos acostumbrando, muy a pesar nuestro, a sufrir la presencia de personas que practican el nauseabundo arte de la corrupción. Los corruptores y los corruptos proliferan como las setas, y el mundo de la política está en el pelotón de cabeza. Un amigo muy querido me decía el otro día, con aire solemne: “Desengáñate, Alberto, es que España es un país de pícaros”. Dándole la razón, creo que habría que distinguir entre corruptos y pícaros. Los segundos, con una gran tradición histórica, se suelen distinguir por una clase social baja, que tratan de salir adelante en la vida con pequeños delitos que contribuyan a su subsistencia. La picaresca tuvo su época de expansión  ennuestro Siglo de Oro. Varios siglos antes, surgieron los primeros ejemplos en Grecia, con” La vida de Esopo” y en Roma, con “ El Satiricón” de Petrarca.  A partir  del siglo XVI la literatura picaresca se inicia con “El arcipreste de Hita” , pero el mayor éxito correspondió a “ El Lazarillo de Tormes”, de autor anónimo, y “El Guzmán de Alfarache” de Mateo Alemán, títulos acompañados de otros muchos. Ya en nuestros días, nuestro Nobel Camilo José de Cela publicó, en 1944 “ Nuevas andanzas y desventuras del Lazarillo de Tormes”, y no faltó la aportación cinematográfica a la picaresca española. Como muestra destacada de las películas con tema picaresco me permito destacar “ Los tramposos”, una divertida película con Tony Leblanc y Antonio Ozores.

La destornillante escena del “timo de la estampita”, a cargo de Tny Leblanc en su papel de tonto, que apoyado por Ozores convencía al paleto interpretado por ese gran secundario que fue Francisco Bernal provocó carcadas de los espectadores.

Un timo a gran escala se produjo en el ERE de Andalucía. De él se aprovecharon muchos que afirmaban haber trabajado en empresas que no habían pisado. El record, según me contaron, lo batió un individuo que se apuntó a una indemnización por una empresa en la que no había trabajado, pero no contento con ello a la hora de indicar la fecha de su incorporación a la empresa señaló la de su nacimiento. Semejante error pasó sobre el cristal de la comprobación sin romperlo ni mancharlo. Entre los culpables de este engendro había quien se jactó de haberse hecho con billetes con los que se podía haber asado una vaca. Para este desaguisado se emplearon, al parecer, fondos europeos, que en vez de ayudar a las empresas sirvieron para gastarse en bacanales.

Mientras tanto, la Vicepresidenta y Ministra de Trabajo lucha desesperadamente para hacer más felices a los trabajadores, subiendo una y otra vez el salario mínimo profesional. No podemos dejar de elogiar sus esfuerzos,  llenos de buena voluntad, pero si por una parte se sube el salario mínimo, y por otra sube más el coste de la vida, el saldo final parece que disminuye la felicidad de los trabajadores.

Entre la picaresca del Siglo de Oro, obligada por el irrefrenable deseo de poder comer, y la corrupción actual, media un abismo, y las comparaciones son odiosas. La picaresca suele ser producto del ingenio, aunque sea reprochable. La corrupción es un cáncer que afecta a una sociedad, cuyos deseos de progreso y de bienestar deben ser  acordes con las disponibilidades económicas. La aspiración de una sociedad con educación y sanidad gratuitas es encomiable. El problema es quién paga la fiesta, y si tiene posibilidades de hacerlo.La solución debe estar por encima de la picaresca.