En momentos históricos intensos proliferan las tertulias. La gente común y corriente, esa que normalmente no se interesa por la política, no para de charlar, ya sea en casa, en el café o en el concurrido autobús, sobre los últimos acontecimientos del día, especialmente cuando los acontecimientos son -como ahora- abochornantes.
Lo vengo notando desde hace meses, pero sobre todo en esta última semana… los españoles hemos sobrepasado todos los márgenes. O mejor dicho: las noticias de desastres geográficos, políticos y judiciales nos están sobrepasando a los españoles. Me llegan tal cantidad de chistes, coñas, cuchufletas, befas, bromas, chanzas, chuscadas, chirigotas o -más actuales- memes, reels, tik-toks y deepfakes, que casi no tengo tiempo de pasarlos a mis contactos de WhatsApp, ni mucho menos comentarlos en el bar ¡¡¡Y mira que paso horas de tertulia barista!!!... ¡Vamos!, que se me acumula el trabajo.
Y para quienes sean mal pensantes, aclaro que el término “barista” tiene mucho más que ver con el café que con las cañas, aunque más de una cae también.
Toda esta marea de guasas y no tan guasas: expresiones de indignación, irritación, enojo, enfado, protesta y rechazo vehemente que escuchamos a nuestro alrededor, son un signo claro de que los ciudadanos de a pie, de automóvil, e incluso de a caballo si alguno queda… estamos más que preocupados por nuestro futuro.
Entre esas guasas que me asedian cotidianamente, hace un rato una compañera de trabajo… y a pesar de ello amiga, me ha mandado el link de una gracieta verdaderamente fantástica titulada “El pasapalabra”, en el que se hace un repaso -de la A a la Z- de los asuntos judiciales más vergonzosos -desgraciadamente no siempre vergonzantes para la moral de sus protagonistas- de la actualidad más inmediata; y dejo a la imaginación del lector los nombres propios y lugares detrás de ese rosco del pasapalabra de litigios y corrupciones que da comienzo con la primera letra y termina con la Z.
Me he quedado de piedra comprobando que había caso para cada una de las letras del abecedario castellano, que no son pocas, y he pensado que no entiendo nada de la política moderna. Porque con la que está cayendo es lógico que los ciudadanos nos preguntemos ¿qué más tiene que pasar? No entiendo a aquellos políticos que, preguntados por la prensa o interpelados en la calle, contestan… “pero no hay” tal delito o tal otro.
La financiación ilegal de un partido parece haberse puesto de moda como límite político moral para actuar. Me ha recordado un antiguo adagio entre empresarios, cuando existían las hoy casi olvidades “Letras de cambio”. Cuando alguien estaba a punto de meterse en problemas, solía decir: no hay por qué preocuparse: alguna letra de cambio ha sido devuelta… pero ninguna está protestada… bueno, sí…, hay alguna letra protestada, pero ninguna en los juzgados… bueno, sí… alguna letra está denunciada, pero no hay delito… bueno, sí… algún delito puede haber, pero desde luego no hay delito de sangre. Quienes emplean el argumento de “todavía no hay financiación ilegal” no tienen más que contemplarse en este espejo. Y es que una retahíla de “peros” siempre acaba mal.
Y hablando de espejos, veo retratada la España de hoy en aquella magnífica frase con la que Ramón Gómez de la Serna dibujó su España bohemia de 1915, en la inauguración de la madrileña tertulia del Café Pombo: “¿Todo está en crisis? No, lo que pasa es que todo es cada vez más torpe, más trabado, más insidioso y más retardatario”.