El usted es lo que nos permite saber quiénes somos y dónde estamos. —Antonio Martínez Escudero
Vivimos el día a día en un complejo desajuste social y ocurre por el modo de dirigirnos al prójimo. Nuestra anomalía comenzó a resquebrajarse cuando en los colegios, santuarios de la educación, firmes, severos e inflexibles, los maestros y profesores decidieron que los niños podían tutearles. Alguien debió de creer que igualar en el respeto era algo bueno y desde entonces, aquel “usted” que simbolizaba la manera más cercana del respeto, cayó herido de muerte en una batalla pedagógica siendo substituido por el “tú” universal, democrático y sin duda, devastador.
Justificaron este disparate diciendo que los alumnos serían más libres y espontáneos ¡Vaya si lo han sido! Se han convertido en almas libres que confunden la confianza con la insolencia. Ahora son personas auténticas pero incapaces de distinguir jerarquías que no sean las del propio y absurdo capricho. Cuando Quevedo escribió aquel “poderoso caballero es don Dinero”, no sabía lo que vendría tiempo después porque seguro que habría añadido que más poderoso es el tuteo, que a todos iguala, aunque sea por lo bajo.
Hace unos años presencié un episodio y me dieron ganas de llorar. Una joven recién alcanzada su mayoría de edad comparecía ante una Juez para declarar. Entró en la sala como si estuviese en una taberna y cuando le tocó hablar, empezó a tutear a la magistrada con total naturalidad. La Juez, con más paciencia que el Santo Job, le dijo que debía dirigirse a los presentes de usted. La muchacha, obediente, lo intentó: Ah, sí, pero mira usted, como te decía… Y vuelta a empezar. Cada palabra definía un combate perdido, así que finalmente la Juez comprendió que no era una cuestión de rebeldía, era simple incapacidad. La chica no sabía utilizar el “usted” y aquel suceso terminó por aclararme que la educación en los colegios estaba en caída libre.
No culparé a la chica, pero sí a los expertos pedagogos que confundieron respeto con autoritarismo. La cortesía no es opresión, como tampoco marcar las distancias es objeto de deshumanización. Responsabilizo a los que creyeron que la igualdad se construye suprimiendo la consideración, porque las formas son las que permiten que la igualdad no derive en barbarie. El “usted” no es una barrera para las relaciones sociales, son por el contrario un recordatorio para saber que quien tenemos enfrente existe y que no es un personaje secundario de nuestros caprichos diarios.
Alguien escribía que la cortesía es la flor de la humanidad, sin embargo esa flor se marchita en los márgenes de los manuales escolares porque ha sido substituida por un tuteo compulsivo que busca acercarnos y sin conocer que en realidad nos empobrece. No es restablecer viejos protocolos, bastaría con recuperar la conciencia de que el lenguaje no puede ser tratado como un mero juguete.
Aquella cortesía del “usted” que servía de muro en el trato humano, pronto quedará relegada a las hemerotecas y con su desaparición es posible que también desfallezca esa sociedad justa que todos decimos anhelar. Convendría recuperar algo tan sencillo y olvidado como pronunciar un “usted” sin que nos tiemble el alma. En mi juventud tratábamos a los profesores y a los mayores de usted, sin aspavientos, pero gozando de un respeto mutuo que ennoblecía tanto al joven como al adulto. No nos sentíamos más sumisos, ni ellos más tiranos, simplemente entendíamos que esa distancia nos igualaba a todos en el respeto.