El liberal anónimo

Cómo llegar a febrero sin subastar un riñón

Cada enero, tras el último pedazo del roscón de Reyes todos nos convertimos en expertos contables. No lo hacemos por vocación, sino por instinto de supervivencia, porque revisar los gastos desde el Black Friday es como abrir las puertas del infierno. El resultado es el mismo cada año, un saldo que está como la luna, o sea, en cuarto menguante. Enfrente el coste de la vida que sube más que las mareas mientras los sueldos siguen tan inmóviles como la plaza mayor.

Los expertos —que son esos que viven en una dimensión paralela— dicen que España va bien, el país crece, la inflación se modera y el consumo se recupera. Expertos que seguramente no sacrifican la mitad de su sueldo en la casa y la otra mitad en salud mental. Sin duda, en nuestro planeta, donde vive el resto del mundo que no es experto, llegar a fin de mes o llenar la nevera se ha convertido en una gesta digna de epopeya. Aquí no hablamos de ricos o pobres, nos atenemos más a aquella cita que dice que no es pobre quien tiene poco, sino quien más desea. En nuestro caso solamente queremos comer sin tener que hipotecar el porvenir.

El supermercado se ha convertido en un auténtico safari económico. La lista de la compra empieza a ser como un mapa del tesoro, buscando la oferta y esquivando la marca. La fruta parece joyería fina, la carne, el pescado y la verdura son artículos de coleccionista, y los huevos ya son activos financieros de alta volatilidad. Porque hay quien invierte en criptomonedas y otros, que somos más prudentes, sólo compramos huevos ¡cada uno con su estrategia!

Mientras, los sueldos siguen en su retiro espiritual. Ni suben, ni bajan, ni reaccionan, ni se inmutan. Ajenos a cualquier realidad permanecemos expectantes a ese iluminado que nos diga que todo es cuestión de organizarse mejor, ¡claro que sí! Para ese estratega la clave no son unos ingresos insuficientes, es que no sabemos gestionarnos y mejor nos dejábamos de caprichos innecesarios como comer tres veces al día o apagar la calefacción cuando estemos a dos bajo cero.

El alquiler merece un capítulo aparte. Buscar piso se ha convertido en una experiencia mística. Habitaciones del tamaño de un microondas con ventanas a un patio interior sin luz en donde sólo habitan dos almas olvidadas. Aquí no ha llegado la claridad desde el pleistoceno pero su precio hace llorar a un jeque árabe. Y si te quejas siempre hay quién te recuerda que la vivienda es un bien escaso ¡escaso no, es un unicornio! Porque todos hablan de ellas, pero nadie las ha visto.

Y casi sin darnos cuenta llega febrero. Mes traicionero, mes breve en calendario pero eterno en el bolsillo. Enero es solamente un prólogo porque el verdadero desafío comienza cuando se acumulan todas las facturas de las Navidades, el invierno y la resignación. Es ese instante cuando florece de verdad y la creatividad financiera. Ayunos intermitentes, no por salud sino por presupuesto; gimnasios que justifican la dieta involuntaria; hibernaciones estratégicas, y en ocasiones un discreto regreso al trueque.

Pese a todo reímos. Nos reímos porque llorar deshidrata y el agua, como todo, está muy cara. Los expertos dicen que no la usemos que no hace falta. Tenemos que reír porque las risas son, en este instante, el último reducto que nos queda y que no han conseguido gravar.

Intentaremos, pues, llegar a febrero sin vender un órgano. No sabemos si lo lograremos, pero sí que requiere mucha disciplina, creatividad y sentido del humor —todo a prueba de facturas—. Quizá no podamos cambiar los precios, ni tampoco los sueldos o la economía paralela de los expertos, pero al menos nos queda contarlo que es, sin ninguna duda, la forma más digna y antigua de resistencia.