Macro, ¿la Astrología Económica?

El choque entre la financiarización y la desaparición industrial

En la primera parte de esta serie, analizamos la mecánica de un sistema financiero que, por puro diseño, requiere de una expansión constante de la deuda para no colapsar. Vimos cómo el tren del déficit no tiene frenos y cómo la necesidad de liquidez del sistema degrada inevitablemente la calidad de la moneda y del colateral soberano a largo plazo.

Pero si nos quedáramos solo ahí, en la fontanería financiera, estaríamos contando solo la mitad de la historia. El dinero al fin y al cabo, es solo un sistema de información, un derecho de cobro o de intercambio sobre la riqueza real, bienes y servicios que necesitamos o consumimos. La consecuencia más perversa  del sistema que describimos en la primera parte no es la inflación de precios o el crecimiento sin techo de los activos financieros, sino el vaciamiento físico de las economías occidentales.

Durante al menos  las últimas cuatro décadas, la condición de divisa de reserva permitió a Occidente, y específicamente a Estados Unidos, operar bajo una anomalía histórica: la capacidad de consumir perpetuamente más de lo que use produce. Sin embargo, este privilegio como ya adelantamos,  no sale gratis. Al exportar dólares e inflación, también exportamos nuestra base industrial, nuestra seguridad de suministro y, quizá menos comentado, el conocimiento de cómo hacer las cosas.

En esta segunda parte, veremos cómo la "financiarización" no fue un capricho o decisión política deliberada, sino la respuesta lógica de los agentes económicos a los incentivos del sistema; y por qué, ahora que el dinero se degrada más rápido, la vuelta a la realidad física se topa con muros que no se pueden derribar simplemente acelerando el tren (imprimiendo más billetes).

La lógica detrás de la Globalización

Es común encontrar todo tipo de explicaciones a la dinámica de deslocalización industrial: codicia corporativa, evasión de impuestos, rehuir responsabilidades medioambientales, escapar de leyes laborales rígidas... un sinfín; elijan la que más resuene con vosotros. La realidad, por desgracia, es más fría. En un sistema donde la moneda de reserva es estructuralmente más fuerte que la del resto del mundo, el crédito es barato y abundante, los incentivos penalizan la producción doméstica. Sistemáticamente.

Pónganse en la piel de un industrial. Mantener una fábrica en Ohio o en el Ruhr implica inmovilizar capital en activos fijos (CAPEX) a muy largo plazo. Significa comprar máquinas que tardarán veinte años en amortizarse, asumiendo un coste energético creciente y una normativa ambiental que sus competidores ignoran. Significa, además, pagar salarios en una divisa fuerte (dólar o euro) para fabricar productos que luego deben competir en un mercado global dominado por divisas débiles. Financieramente, es nadar a contracorriente.

Por el contrario, el sistema de dinero fácil tratado en nuestra parte 1 premia la "eficiencia del balance". La respuesta racional del directivo no fue invertir, sino descapitalizarse.

Primero, se optó por estirar la vida útil de la maquinaria existente más allá de lo razonable y congelar la contratación, sustituyendo la inversión productiva por la ingeniería financiera. En las grandes cotizadas, esto se tradujo en usar deuda barata para recomprar acciones propias y maquillar los beneficios por acción. En la industria tradicional no cotizada, la estrategia fue externalizar fases enteras de la producción a proveedores en divisas débiles; convirtiendo así costes fijos (máquinas y empleados) en costes variables (facturas de proveedores) para blindar el margen a corto plazo a costa de perder el control del proceso.

Cuando esa optimización interna tocó techo, se dio el siguiente paso lógico: el Just-in-Time. Nos vendieron que era una revolución logística para ser más ágiles, pero en realidad fue una maniobra financiera para eliminar el "capital circulante". Tener un almacén lleno de piezas por si acaso  es dinero parado que no rinde, que no produce (curioso el símil, ¿verdad? ¿Cuántas veces lo hemos escuchado?. Eliminar el almacén y hacer que el camión llegue al muelle de descarga  en el minuto exacto libera millones en caja. Millones que, de nuevo, fluyeron hacia lo financiero y no hacia lo productivo.

Y finalmente, cuando ya no se podía exprimir más el limón, llegó la fase final: la deslocalización total. Si mantener fábricas propias penaliza la rentabilidad y financiar el stock atrapa la caja, la solución óptima para la propiedad pasaba por conservar únicamente lo intangible: la marca, la patente y el diseño. Todo lo físico se externalizó. Dejamos que otros se ocupasen de lo sucio, de lo intensivo en energía y de lo complejo de fabricar. “ Occidente diseña/innova, Asia fábrica”. Otra frase que también quedará para la posteridad.

La idea que quiero transmitir es que es una serie de acontecimientos lógicos y (a posteriori) predecibles. Como cuando al cabo de cierto tiempo, aparecen los caminos de tierra que utiliza la gente en los parques, diferenciándose de los adoquinados del diseño original (desire paths).

El resultado, sobre el papel, es que construimos un tejido empresarial hiper-eficiente, capaz de operar con costes mínimos y estructuras muy ligeras. Pero en la realidad física, levantamos un gigante con pies de barro. Al eliminar la redundancia de los almacenes y desmantelar la capacidad de fabricación propia en busca del beneficio inmediato, sacrificamos nuestra capacidad de reacción. Nos volvimos ricos a costa de volvernos dependientes de cadenas de suministro externas.

Esta desconexión entre tener el dinero para comprar y tener la capacidad física para fabricar es lo que se conoce como la Feedstock Paradox (la Paradoja del Insumo). Hasta aquí, el sistema puede seguir funcionando mientras dos condiciones se mantengan a la vez: que el colateral financiero a largo plazo siga siendo creíble y la capacidad material para mantener el consumo occidental fluya sin fricciones. Ambas condiciones están fallando al mismo tiempo. 

La pérdida del Midstream

Existe una falsa creencia, muy extendida, de que Occidente está a salvo de la escasez material porque en nuestros territorios abundan los recursos naturales. Australia tiene litio, EE.UU.  gas y carbón y Europa tiene  zinc; cierto.  Craig Tindale define esto como la “Feedstock Paradox”: confundir la materia prima (upstream) con el material utilizable (midstream).

Tener la mina no sirve de nada si no controlas el procesamiento  que convierte esa roca en un componente industrial para la fabricación en masa. La roca extraída de la tierra es inútil por sí misma; para convertirla en algo tangible se requieren procesos químicos de fundición, refinado y separación que son energéticamente intensivos, sucios y técnicamente complejos. Esa es precisamente la deslocalización más sangrante que entregamos desde occidente, despreciándola como una actividad de "bajo valor añadido".

Los datos son un baño de realidad. Si miramos la cuota de mercado de China en esta etapa de procesamiento, el monopolio es  abrumador: 

  • Gallio (~98%): Utilizado en radares militares o redes 5G
  • Grafito para Ánodos (>90%): Utilizado baterías para la movilidad eléctrica
  • Tierras Raras (~90%): Utilizados para  imanes permanentes (motores EV, turbinas eólicas, misiles, medicina).
  • Magnesio (~90-95%): Utilizado para aleaciones en la industria aeroespacial y automotriz.
  • Tungsteno (~83%): Utilizado para munición especial y máquina herramienta.
  • Antimonio (~80%):Utilizado para equipamiento militar o baterías

La  lista sigue con el Bismuto (81%), el Cobalto (73%), el Indio (70%) o el Litio (65-75%). Se entiende la idea. 

Para entender mejor esta dependencia, bajemos de los datos a un ejemplo concreto:  el zinc. 

El zinc es un metal aburrido que se usa principalmente para galvanizar el acero y proteger la infraestructura moderna de la corrosión. En occidente tenemos minas de zinc de sobra. Sin embargo, fundir zinc es un proceso que requiere grandes cantidades de energía eléctrica. Cuando la crisis energética golpeó a Europa, las fundiciones occidentales (como las de Nyrstar o Glencore) plantearon cierres o recortes  porque no eran rentables en suelo europeo. Los mineros occidentales tenían el mineral, pero no  dónde procesarlo. Ante la menor capacidad de procesamiento, se ven obligados a enviar su concentrado a China para que lo fundan, pagando un peaje y perdiendo el control del metal final. Tenemos la materia, pero en caso de conflicto, no tenemos el acero galvanizado.

Consciente de esta ventaja, China ha empezado a utilizar su posición de dominio en el midstream como herramienta de presión geopolítica. En los últimos meses, Pekín ya  impuso restricciones a la exportación de Galio, Germanio y Antimonio, alegando "seguridad nacional". Amenazó también con limitar la exportación de Tierras Raras y acaba de limitar la de la plata. Como vemos, no es un “quizá sea un problema”,  es un “tenemos un problema”.

 "Know-How", tiempo y competencia

El lector (en singular, si estás leyendo, enhorabuena y gracias) podría pensar: "Bueno, si tenemos el dinero y la necesidad, ¿por qué no reconstruimos ese midstream aquí?"

Reconstruir una base industrial midstream no es solo un problema de inversión (CAPEX), también lo es de permisos (burocracia) pero sobre todo, de capital humano. Décadas de desindustrialización implican que una generación entera de ingenieros, metalúrgicos, químicos u operarios especializados se ha jubilado sin transmitir su conocimiento  a la siguiente generación.

Ese arte de "hacer cosas" y que funcionen no se puede plasmar en un manual; reside en la experiencia acumulada, en la mejora incremental de un proceso y en las anécdotas de planta; el know-how muere con la práctica. Recuperar esa capacidad lleva años. Además, las barreras ambientales y regulatorias que nosotros mismos hemos impuesto hacen que abrir una planta de separación de tierras raras o una fundición de cobre en suelo occidental sea una odisea de más de 10 años.

Esta debilidad estructural llega en el momento de mayor tensión. Justo cuando el colateral financiero se degrada (parte 1), las nuevas narrativas de crecimiento (IA,  Transición Verde o el Rearme Militar) exigen cantidades masivas de los mismos materiales físicos que ya no procesamos. Es decir, nuestras apuestas de crecimiento y expansión productiva compiten por los mismos materiales.

Parafraseando a Craig Tindale: “Estamos entrando en una fase de canibalización industrial. Un centro de datos para IA de 1 GW requiere la misma cantidad de cobre (unas 60.000 toneladas)  que la necesaria para sostener la red eléctrica de una ciudad mediana o para cubrir las necesidades que exigen los nuevos presupuestos de defensa. La energía solar y la industria de defensa compiten por la misma plata y los mismos subproductos del refino.”

Al no tener capacidad de procesamiento excedente (porque como vimos antes,  la optimizamos para eliminarla en busca de eficiencia), cualquier aumento en la demanda de un sector estrangula a los otros, generando una inflación que no es monetaria, sino estructural y física.

La falsa salida de la productividad

Frente a este escenario de escasez física y cuellos de botella, el contraargumento habitual es que la tecnología nos salvará. Se suele decir que una nueva ola de productividad, impulsada por la IA y la robótica, nos permitirá "crecer" por encima de nuestros problemas de deuda y falta de recursos, tal y como ocurrió tras la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, un análisis frío revela que esta esperanza es, cuanto menos, cuestionable.

Primero, porque existe una diferencia abismal entre la productividad digital y la física. El software es escalable, barato e infinito; la minería y la industria no. Cada nueva tonelada de cobre es más difícil, más profunda y más cara de extraer que la anterior. El precio del bien necesita subir para que sea rentable abrir nuevas minas. Los más tecno-optimistas esperan que la IA descubra nuevos materiales o solucione la escasez energética.

Es posible. Pero el descubrimiento no implica disponibilidad. Una IA puede localizar un yacimiento de cobre, pero poner en marcha la mina, construir la infraestructura y refinar el metal sigue siendo un proceso sucio y lento de  muchos años. No podemos "descargar" cobre de la nube para arreglar la red eléctrica mañana por la mañana.

El segundo obstáculo es demográfico. Occidente envejece. Con menos mano de obra disponible, el coste del trabajo tendería estructuralmente a aumentar. Aquí entra la promesa de la automatización: se argumenta que robots y algoritmos cubrirán ese vacío laboral, manteniendo los precios bajos.

Pero si aceptamos el escenario optimista donde la IA logra sustituir masivamente a la mano de obra humana, nos topamos con la paradoja final. Una sustitución laboral de esa magnitud provocaría una crisis de ingresos en la población que obligaría a los Estados a intervenir con subsidios o Rentas Básicas Universales.

Y como analizamos en la primera parte, financiar ese gasto estructural solo es posible mediante una vía: más deuda y expansión monetaria.

Es decir, incluso en el escenario de éxito tecnológico rotundo, la solución nos devuelve a la casilla de salida: gasto público, déficit y degradación de la moneda. La tecnología puede abaratar los bienes digitales, pero la respuesta política a sus consecuencias inflará el precio de los bienes reales. Y esto no es una distopía lejana. ¿Acaso la automatización masiva en la banca, los seguros o la automoción durante las últimas dos décadas se ha traducido en que sus servicios sean más baratos para el ciudadano?

Existe además una diferencia respecto a ciclos anteriores. La productividad digital de las últimas décadas se construyó sobre una infraestructura energética e industrial que ya existía y estaba en gran parte amortizada. La nueva productividad (IA, robótica) requiere desplegar nueva infraestructura física masiva en un entorno de capital caro y recursos escasos. La tecnología no puede escalar si la base física que la soporta es deficitaria.

Hacia un mundo nuevo 

Los países productores han tomado nota de esta debilidad estructural. La vieja premisa de "nosotros consumimos a crédito, vosotros fabricáis y ahorráis en nuestra deuda" está agrietada..

¿Qué incentivo tiene un productor para intercambiar recursos finitos y procesados por una deuda que ofrece un rendimiento real negativo y que financia a un sistema que ha perdido su capacidad industrial? Ninguno.

Bonos del Tesoro Americano atesorados por China
Bonos del Tesoro Americano atesorados por China

El colateral occidental a largo plazo, ese bono soberano que servía de cimiento para el comercio global, se está degradando por dos vías simultáneas. Por la vía financiera (analizada en la Parte 1), debido a su propia naturaleza y diseño. Y por la vía física (analizada en esta Parte 2), debido a la pérdida de utilidad real y poder de coacción económica en el mundo tangible.

Estamos ante una mutación sistémica. Si el dinero que utilizamos pierde la capacidad de medir el valor y la industria pierde la capacidad de asegurar el suministro, el mercado empieza a buscar nuevas referencias de estabilidad. El sistema demanda activos que no sean el pasivo de nadie, que no tengan riesgo político y que no puedan imprimirse arbitrariamente para tapar errores de asignación de capital (ejem 2008).

No estamos hablando de un colapso o reset abrupto, sino de un reordenamiento lógico, una mutación. De qué ocurre cuando el sistema financiero choca contra la realidad física y necesita recuperar algo que perdió hace décadas: un límite externo y una señal de precio honesta.

De cómo el mundo, por pura teoría de juegos, está virando hacia activos neutros para imponer esa disciplina perdida, y de cómo este retorno a la realidad monetaria forzará, inevitablemente, la reindustrialización de Occidente, hablaremos en la tercera y última parte.