Bala de plata

Bidés en comisarías y cuartelillos

Visto el panorama, resulta difícil justificar que las dependencias policiales sigan ancladas en el pasado, sin una modernización acorde con los tiempos y las circunstancias.

No se alarmen, no hablamos de reforzar unidades especializadas como la UCO o la UDEF, ni de dotarlas de medios decentes, ni de arreglar ese aire acondicionado que convierte el verano en un castigo bíblico. Tampoco de una equiparación salarial digna o de reconocer, Dios nos libre, que ser policía es una profesión de riesgo con derecho a una jubilación decorosa. No. Nada de eso.

Hablamos de algo mucho más urgente, mucho más realista y perfectamente alineado con la España contemporánea del nepotismo y la corrupción: instalar bidés. Sí, bidés. Con todas sus letras y fontanería fina.

VIPs en los calabozos

Porque las comisarías y los cuarteles ya no son lo que eran. Atrás quedaron los tiempos del carterista torpe, del camello de barrio o del conductor que confundía la M-30 con un circuito de Fórmula 1. Hoy las dependencias policiales de las FFCCSE reciben delincuencia de alto standing: fauna institucional con pedigrí, chófer, despacho alfombrado y sonrisa astuta de inauguración oficial.

Ahora entran por la puerta principal los aforados, los intocables del BOE, los virtuosos del contrato público “perfectamente ajustado”, del sobre abultado y de la comisión etérea. Tipos elegantes con una obsesión patológica por la higiene… cuando frecuentan determinados ambientes.

Detenerlos sin ofrecerles un mínimo de confort es, seamos claros, una crueldad innecesaria. ¿Cómo se espera que soporten la afrenta del calabozo sin un bidé donde intentar borrar, aunque sea simbólicamente, la mierda cloacal? Un bidé como mandan los cánones: porcelana blanca, logo corporativo respetable, grifería cromada para acompañar el ritual sacramental y un buen chorro de agua perfectamente direccionable al punto deseado.

Bidé-confesionario

Además, no nos engañemos, los nuevos “clientes” no son principiantes. Muchos de estos próceres dominan la técnica desde hace años. El bidé forma parte de su educación sentimental, política y financiera. Lo han usado en clubes selectos, pisos discretos y saunas donde la luz es cómplice, la memoria frágil y las facturas una obra de ficción muy creativa. Allí aprendieron que, tras el desahogo, el enjuague de bajos es fundamental.

Que el Ministerio del Interior decida por fin equipar comisarías y cuartelillos con bidés no sería una señal de debilidad del Estado, sino una adaptación lógica a la fauna de las redes clientelares gangrenadas que esas mismas instituciones han alimentado… y que tarde o temprano terminarán también en Soto del Real.

Incluso podría tener cierto valor pedagógico; mientras corre el agua tibia, quizás alguno comprenda, por primera vez, que, por mucho poder que se acumule, la mierda se pega a semejante parte y siempre, siempre, acaba saliendo.

Porque llegado el día en que se termina la impunidad, el bidé deja de ser un lujo y pasa a convertirse en confesionario. En efecto, cuando cae el poder, habla el archivo. Es cuestión de tiempo. Los nombres de los indignos, amigo lector, puedes ponerlos a tu gusto; el margen de error es mínimo.