Hay personajes que parecen escritos para recordarnos que crecer es, a veces, una forma de romperse. Eren Jaeger, el muchacho de Ataque a los titanes que empezó soñando con ver el mar y terminó cargando con el peso de un mundo que no sabía cómo arreglar, pertenece a esa clase de criaturas que nos obligan a mirarnos en el espejo. No porque seamos como él, sino porque en su torpeza, en su rabia y en su deseo de libertad reconocemos algo que también fue nuestro.
Eren es, al principio, un niño que pierde demasiado pronto. Y como tantos niños que han visto caer su mundo, decide que la única respuesta posible es avanzar, avanzar siempre, aunque no sepa hacia dónde. Su viaje no es heroico: es humano. Tropieza, se equivoca, se endurece, se confunde. Y en ese proceso descubre que los monstruos no siempre vienen de fuera, que a veces nacen del miedo, de la memoria o de la simple incapacidad de perdonar.
Quizá por eso su historia nos toca tanto. Porque todos hemos sido ese adolescente que cree que la libertad consiste en empujar hasta que algo ceda. Todos hemos sentido la tentación de reducir el mundo a un enemigo claro, manejable, derrotable. Y todos hemos aprendido —a veces tarde— que la vida no funciona así, que la libertad verdadera no se conquista destruyendo, sino entendiendo.
Hoy, Día de Reyes, mientras escribo sobre Eren y su obstinada búsqueda de un horizonte propio, pienso en esos regalos que uno pide sin escribirlos. Los que no caben en un paquete ni se dejan junto al zapato. Hay obsequios que son más bien deseos: un reencuentro, una conversación, una risa que uno imagina ya más profunda, más adulta.
Si pudiera pedir algo este año, sería sencillo: unas Alas de la Libertad para un muchacho que ya tiene trece años y que es, con orgullo y con toda la ternura del mundo, mi nieto. Un niño al que vi crecer un tiempo y que ahora imagino distinto, más alto, más seguro, más él. No para que vuele lejos, sino para que, cuando quiera, recuerde que siempre tendrá dónde aterrizar. Que la libertad también es eso: saber que existe un lugar al que se puede volver sin miedo, sin explicaciones, sin condiciones.
Lo escribo así, sin dramatismos, porque los afectos verdaderos no necesitan ruido. Basta con nombrarlos. Basta con desearles alas, y también raíces.
Eren, con todas sus contradicciones, nos deja una pregunta que vale más que cualquier titán: ¿qué hacemos con el dolor cuando ya no sabemos a quién culpar? Quizá la respuesta esté en aprender a mirar hacia adelante sin olvidar lo que fuimos, pero sin quedarnos atrapados en ello. En seguir caminando, sí, pero con la suavidad de quien sabe que no todo se resuelve a golpes.
Porque al final, incluso en los mundos de fantasía, la libertad no se mide por la fuerza, sino por la capacidad de abrir los brazos. Y en días como hoy, cuando la infancia vuelve a rozarnos aunque sea de lejos, uno entiende que las alas más importantes no son las que nos llevan lejos, sino las que nos permiten regresar… y, tal vez, permitirnos un abrazo, Dani.