El Estrecho de Ormuz ha regresado al centro del tablero geopolítico y económico internacional. Este estrecho paso marítimo, clave para el transporte energético, concentra una de las mayores arterias de suministro de petróleo y gas del planeta, lo que lo convierte en un punto extremadamente sensible ante cualquier escalada de tensión.
En su entorno se ubica el mayor yacimiento de gas natural del mundo, compartido entre Catar e Irán: North Field / South Pars, una infraestructura energética fundamental de la que depende buena parte del suministro global, especialmente en forma de gas natural licuado (GNL).
Qué es la “Fase 11” y por qué preocupa
El concepto de “Fase 11” describe un escenario extremo en el que se produciría un ataque directo o una interrupción grave en la producción y transporte de gas y petróleo en la región. Esto podría implicar desde bloqueos marítimos hasta daños en infraestructuras críticas.
Según los análisis, una situación de este tipo afectaría no solo al tránsito por el estrecho, sino también a la capacidad de explotación de los yacimientos. En términos prácticos, supondría una reducción drástica del suministro energético mundial, con consecuencias inmediatas.
Como advierte el economista José Ramón Riera, “si falla la energía, falla todo el sistema económico”, una afirmación que resume la magnitud del riesgo que representa este escenario.
Impacto directo: energía, inflación y economía global
Las consecuencias de una interrupción en Ormuz serían inmediatas y de gran alcance. Menor oferta de gas y petróleo implicaría un aumento automático de los precios de la energía, lo que se trasladaría rápidamente a toda la cadena económica.
Esto se traduciría en:
- Incremento de los costes de producción industrial
- Subida del transporte y la logística
- Encarecimiento de alimentos y bienes básicos
- Aumento generalizado de la inflación
Además, el gas natural juega un papel esencial en la generación eléctrica y en sectores industriales clave, por lo que su escasez podría provocar parones productivos y una desaceleración económica global.
Riera alerta de que este escenario podría derivar en “una crisis económica de dimensiones históricas por la dependencia energética que mantiene el mundo, especialmente Europa”.
Europa, la más expuesta
Uno de los factores que agravan la situación es la dependencia energética de Europa. A diferencia de otras potencias, la Unión Europea depende en gran medida de las importaciones de gas y petróleo, lo que la hace especialmente vulnerable.
En este contexto, países como España podrían verse directamente afectados por:
- Subidas en la factura energética
- Impacto en la industria
- Pérdida de competitividad económica
Mientras tanto, economías como la de Estados Unidos, con mayor autosuficiencia energética, podrían resistir mejor el impacto e incluso beneficiarse del aumento de precios en los mercados internacionales.
El precedente de 1973: el riesgo de la estanflación
Los analistas comparan este posible escenario con la crisis energética de 1973 tras la Guerra del Yom Kippur, cuando un embargo petrolero provocó una fuerte crisis económica en Occidente.
Aquella situación derivó en estanflación, una combinación de inflación elevada y caída del crecimiento económico. En algunos países europeos, la inflación alcanzó niveles superiores al 20%, mientras el PIB se contraía.
Hoy, el temor es que un episodio similar pueda repetirse a escala global si el flujo energético desde Ormuz se ve comprometido.
Un riesgo global con consecuencias inmediatas
Más allá de lo geopolítico, la clave es económica. El Estrecho de Ormuz no es solo un punto estratégico: es una pieza esencial del engranaje energético mundial.
Una interrupción en esta zona tendría un efecto dominó sobre la economía global. Menos energía significa menos producción, menos comercio y menos crecimiento.
Como sintetiza José Ramón Riera, “abrochémonos los cinturones, porque si esto ocurre, las curvas serán muy duras para Europa y también para España”.