Paloma Sánchez-Garnica no llegó a la escritura empujada por una vocación temprana ni por la ansiedad del éxito. Llegó cuando ya había vivido lo suficiente como para entender que la literatura no es una carrera de velocidad, sino un camino de fondo. Empezó a escribir a los 43 años, publicó su primera novela en 2006 y, dos décadas después, ganó el Premio Planeta con Victoria.
Entre una fecha y otra hay matrimonios tempranos, maternidad, dos carreras universitarias, oposiciones, ejercicio de la abogacía, renuncias, disciplina extrema y una convicción que atraviesa toda su trayectoria: no quedarse nunca donde no se está bien. En esta conversación extensa y reposada con El Diario de Madrid, Sánchez-Garnica habla del oficio sin épica impostada, del papel decisivo de su pareja, del valor de la paciencia frente a la inmediatez y de la literatura como un acto profundamente humano: acompañar.
“Empecé a escribir cuando ya estaba preparada”
Usted ha repetido muchas veces que empezó a escribir tarde. ¿Lo siente así?
Empecé a escribir a los 43 años. Nunca antes me había planteado escribir. Sí he sido lectora voraz desde que tengo uso de razón y acumuladora de libros. Para mí las librerías y las bibliotecas siempre han sido espacios llenos de magia. Pero el paso a la escritura llegó cuando tenía que llegar. Con el tiempo me he dado cuenta de que ya estaba preparada.
¿Cree que habría sido distinto si hubiese empezado con veinte años?
Seguramente habría sido un fracaso. Era inmadura, impaciente. Necesitaba vivir, cultural y profesionalmente, tener experiencias, recuerdos, vida. Todo eso es lo que luego te permite crear personajes y contar historias con verdad.
De la disciplina extrema al salto creativo
Antes de sentarse a escribir ficción, Paloma Sánchez-Garnica había recorrido un itinerario poco común en el mundo literario: matrimonio muy joven, maternidad temprana, estudios retomados, Derecho, oposiciones a Registros y ejercicio de la abogacía en los años noventa.
Su biografía previa a la escritura es intensa. ¿Cómo la ha marcado?
Muchísimo. Opositar me enseñó constancia, disciplina, confianza en mí misma. Fueron años muy duros, pero nada fue tiempo perdido. Todo imprime carácter. Ese aprendizaje ha sido fundamental para este oficio.
¿Y la abogacía?
Me gustaba la parte de construir las demandas, investigar, ordenar ideas. Pero la confrontación en los juzgados y con los clientes me generaba mucha tensión. Además, sufrí situaciones de machismo que me hicieron replantearme si ese era mi sitio. Un día colgué la toga y volví a casa. Nunca me he quedado donde sabía que no era mi sitio.
El detonante: escribir sin ambición
El origen de su primera novela no fue un plan, sino una necesidad íntima.
¿Recuerda el momento exacto en que decidió escribir?
Sí. Fue en el verano de 2003. Estábamos cenando con amigos y alguien dijo, medio en broma, que para que te recordaran había que tener un hijo y escribir un libro. Yo ya tenía dos hijos. De vuelta a casa, en el coche, le dije a mi marido: “Voy a escribir una novela”. No hubo ambición, solo necesidad de contar.
¿Cómo fue ese primer proceso?
Muy libre. Empecé en enero de 2004. El primer lector fue mi marido. Me animó a seguir. Terminé la novela, algunos amigos la leyeron, me dijeron que estaba bien. Busqué agencia literaria llamando por teléfono fijo. En junio de 2006 se publicó mi primera novela. Ahí sentí, de verdad, que había encontrado mi lugar en el mundo.
“La literatura es una forma de vivir”
Para Sánchez-Garnica, escribir no es solo producir libros: es una manera de habitar el tiempo.
¿Qué ocupa hoy su vida?
La literatura en todas sus formas: leer, buscar libros, escribir. El proceso de escritura es una forma de estar en el mundo, una forma de vivir. Llena mis días y también los de mi pareja.
El papel decisivo de su marido: equipo y refugio
En su relato aparece una figura constante: su marido. No como personaje secundario, sino como sostén estructural de toda su trayectoria.
Habla de él como primer lector, negociador, compañero creativo…
Lo es todo eso. Es un hombre generoso, optimista, entusiasta. Ha confiado en mí ciegamente cuando no había resultados. Se ocupa de la parte menos visible: contratos, editoriales, derechos. Vivimos el proceso creativo juntos. Eso es un privilegio enorme.
Ha citado a Virginia Woolf y la “habitación propia”.
Para mí ha sido vital lo de la necesidad de una habitación propia y saber que al otro lado hay alguien ocupándose de la intendencia. Yo he podido llegar a ser la escritora que soy gracias a que durante años he vivido del sueldo de mi marido. Ahora puedo vivir de la literatura, pero no siempre fue así. Soy muy consciente de cómo he llegado hasta aquí.
Redes sociales, visibilidad y tiempo
En un ecosistema cultural marcado por la autopromoción, Sánchez-Garnica ha seguido otro camino.
¿Por qué mantiene distancia con las redes sociales?
Tengo 63 años y me generan una sensación angustiosa de pérdida de tiempo. Me quité de X hace años porque lo percibía como un espacio muy tóxico. Instagram lo uso solo como ventana informativa cuando estoy de promoción, o como una forma «remota» de contacto con lectores. Prefiero dedicar mi tiempo a la lectura. Además, no se me da muy bien lo del manejo de las redes, tampoco es que ponga mucho interés en aprender.
Y usted ha llegado “lector a lector”.
Exactamente. No tenía contactos, ni medios, ni plataformas. Me he ido ganando a los lectores poco a poco, con el boca a boca, la mejor campaña de promoción.
Paciencia, oficio y jóvenes escritores
¿Qué consejo da a quienes quieren escribir hoy?
Paciencia. Leer buena literatura. Releer clásicos. Leer, leer y leer. La inmediatez es un espejismo. El proceso creativo es lo único que controlas. Todo lo demás depende de otros. Es una carrera de fondo.
El aprendizaje del fracaso editorial
¿Hubo momentos especialmente difíciles?
El segundo libro. El primero fue celebración pura. El segundo no tuvo apoyo editorial y no funcionó. Ahí entendí que en este oficio hay que tener los pies en el suelo. Lo importante es seguir escribiendo y aprendiendo libro a libro.
Berlín, la historia y el Premio Planeta
Aunque a menudo se habla de “trilogía”, Sánchez-Garnica prefiere matizar.
Sus novelas ambientadas en Berlín suelen presentarse como una trilogía.
No lo son en sentido estricto. Berlín es el eje, pero cada historia es independiente. Últimos días en Berlín aborda el ascenso del nazismo; la siguiente, la gestación de la Guerra Fría; La sospecha de Sofía, el Berlín del muro. La idea de trilogía fue más editorial que creativa.
Ser finalista primero y ganar después el Planeta, ¿qué ha cambiado?
Te cambia la perspectiva. Miras atrás y entiendes el camino. Miras adelante con serenidad. Por fin me siento escritora. Me ha costado mucho asumir ese nombre, porque admiro profundamente este oficio.
Lectores, prejuicios y literatura femenina
¿Ha sentido rechazo o ataques tras el Planeta?
No. Hay lectores a los que no les gustan mis novelas, y es legítimo. Pero no he sentido ataques. Sí existen prejuicios, especialmente hacia las mujeres escritoras, esa idea de que escribimos “para mujeres”. Se va desmontando, pero aún persiste.
La anécdota que da sentido a todo
Hay un momento que, para Sánchez-Garnica, justifica cada paso dado.
¿Recuerda alguno en especial?
Una lectora me pidió que dedicara un libro para su marido. Cuando empecé, me dijo que había fallecido hacía un año, pero que seguían leyendo juntos: él leía un libro, luego se lo pasaba a ella, y lo comentaban. “Quiero que se lo dediques porque seguimos leyendo juntos”. Estas experiencias me confirman que este oficio merece la pena. Es la magia de la literatura.
“Enamorar cada día”
Al final de la conversación, Paloma Sánchez-Garnica vuelve a lo esencial: el amor, el tiempo compartido, la serenidad conquistada.
¿Qué sostiene una relación de más de cuarenta años?
Aprender. Ceder. Enamorar cada día. Nunca dormirse sin resolver un enfado. Hemos tenido discusiones épicas, pero hoy vivimos una serenidad preciosa. Y eso también es literatura: aprender a vivir.