Entrevistas

Álvaro Fischer: "Los proyectos políticos fracasan cuando intentan cambiar la naturaleza humana en lugar de comprenderla"

El empresario, impulsor de la innovación y autor de De la naturaleza humana al liberalismo moderno defiende que la ciencia y la biología evolutiva ofrecen claves esenciales para entender el comportamiento humano y construir sociedades más libres, prósperas y cohesionadas.

Álvaro Fischer
photo_camera Álvaro Fischer

En una época marcada por la polarización política, la desconfianza institucional y el cuestionamiento de los modelos democráticos tradicionales, el empresario chileno Álvaro Fischer propone mirar hacia un lugar poco habitual en el debate público: la ciencia. No para sustituir a la filosofía o a la política, sino para complementarlas.

Fischer, una de las figuras más reconocidas en Chile en los ámbitos de la empresa, la innovación y la transferencia de conocimiento, ha dedicado buena parte de su trayectoria a tender puentes entre el mundo científico y el productivo. Fue presidente de Fundación Chile, encabezó una universidad tecnológica y presidió el Consejo Nacional de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación, organismo encargado de asesorar a la Presidencia chilena en la definición de estrategias nacionales en estas materias.

Con motivo de su visita a Madrid para presentar en Casa de América su último libro, De la naturaleza humana al liberalismo moderno, conversó con El Diario de Madrid sobre evolución, cultura, educación, libertad, democracia liberal, innovación y los errores que, a su juicio, han cometido numerosos proyectos políticos al ignorar cómo son realmente las personas y su naturaleza.

Su tesis central es sencilla de formular, aunque profundamente compleja en sus implicaciones: las sociedades funcionan mejor cuando sus instituciones se construyen teniendo en cuenta la naturaleza humana y no cuando intentan transformarla mediante ingeniería social.

Usted procede del mundo empresarial, pero también ha ocupado responsabilidades vinculadas a la ciencia, la innovación y la educación. ¿Cómo nace el interés por abordar estas cuestiones desde una perspectiva tan amplia?

Creo que nace precisamente de la convergencia de todas esas experiencias. Mi actividad profesional principal ha estado ligada al mundo de los negocios, pero paralelamente he desarrollado una intensa actividad en ámbitos relacionados con la ciencia, la tecnología, la innovación y la educación.

Fui presidente de una universidad tecnológica en Chile, presidí Fundación Chile, una institución público-privada dedicada a impulsar la innovación y a conectar el mundo científico con el mundo productivo, y posteriormente tuve el honor de presidir el Consejo Nacional de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación, que es el organismo encargado de asesorar a la Presidencia de la República en la elaboración de estrategias nacionales en estas materias.

Todo ello me permitió observar algo que considero fundamental: detrás de cualquier avance tecnológico, económico o institucional siempre aparecen las personas. La innovación, la educación, la empresa o la ciencia son herramientas extraordinarias, pero todas dependen finalmente de cómo somos los seres humanos y de cómo interactuamos entre nosotros.

En cierto modo, ha trabajado en algunos de los grandes motores que impulsan el desarrollo de una sociedad.

Son ámbitos muy distintos, pero efectivamente actúan como palancas de transformación. Ahora bien, me gusta aclarar que las ideas que desarrollo en mis libros no son descubrimientos propios. No me considero un científico que esté produciendo conocimiento original en estas materias. Mi papel ha sido más bien el de alguien que intenta integrar, ordenar y conectar los hallazgos que provienen de distintas disciplinas.

Leo constantemente a investigadores que trabajan en evolución, neurociencia, psicología, economía conductual o antropología. Son ellos quienes realizan los experimentos, desarrollan las teorías y generan el conocimiento. Mi contribución consiste en intentar organizar esas piezas para construir una visión coherente sobre la naturaleza humana y sobre las implicaciones que tiene para la organización de nuestras sociedades.

El subtítulo del libro hace referencia a una mirada científica sobre la naturaleza humana. ¿Por qué considera tan importante ese enfoque?

Porque durante siglos hemos intentado comprender al ser humano principalmente desde la filosofía, la religión o la reflexión moral. Todas ellas han aportado muchísimo valor, pero hoy disponemos además de herramientas científicas que nos permiten observar aspectos de nuestro comportamiento con una precisión que antes era imposible. El libro parte de una idea sencilla: si queremos diseñar instituciones, sistemas políticos o modelos sociales que funcionen, primero debemos comprender cómo son realmente las personas.

Y para ello necesitamos recurrir a la evidencia científica. Necesitamos entender cómo procesamos la información, cómo funcionan nuestras emociones, cómo tomamos decisiones, qué sesgos tenemos, cómo cooperamos, cómo competimos y cuáles son los mecanismos que moldearon las de características nuestra especie durante cientos de miles de años.

A mi juicio, la perspectiva evolucionaria proporciona actualmente el mejor marco para abordar esas preguntas.

Uno de los conceptos más interesantes de la obra es la relación entre naturaleza y cultura. ¿Cómo explica esa interacción?

Desde la biología puede entenderse como la existencia de dos grandes mecanismos de transmisión de información.

Por un lado, está la información que heredamos genéticamente. Es la información que pasa de una generación a otra en el proceso reproductivo y que contiene aquellos elementos más universales de la naturaleza humana. Ahí encontramos nuestro sistema cognitivo, es decir, la manera en que procesamos la información; nuestro sistema emocional, que condiciona gran parte de nuestras respuestas al entorno; y también muchos de los componentes básicos de nuestra psicología moral.

Por otro lado está la información cultural, que no heredamos biológicamente, sino que adquirimos durante la vida social: Las matemáticas, la ciencia, la tecnología, el arte, la filosofía, las normas jurídicas, las creencias religiosas o las costumbres forman parte de ese enorme universo cultural que cada generación acumula y, además, transmite a la siguiente. Los seres humanos somos el resultado de la interacción permanente entre ambas dimensiones.

¿Hasta qué punto esa interacción explica el desarrollo de la civilización?

Yo diría que explica prácticamente gran parte. Recuerdo una imagen muy sugerente del gran biólogo Edward O. Wilson. Él decía que si representáramos la herencia biológica y la herencia cultural como los dos lados de un rectángulo, nosotros no seríamos ninguno de esos lados por separado, sino el área que surge de su encuentro. Me parece una metáfora extraordinaria porque resume muy bien nuestra condición.

No somos únicamente biología ni únicamente cultura. Somos la combinación de ambas. Nuestra historia como especie, y también la historia de las civilizaciones, surge precisamente de esa interacción continua.

Sin embargo, buena parte de los grandes proyectos ideológicos de los últimos siglos parecen haber ignorado esa realidad.

Ese es uno de los problemas fundamentales que intento abordar en el libro. Existen corrientes de pensamiento que consideran que los seres humanos somos una especie de página en blanco sobre la cual puede escribirse cualquier cosa. Según esa visión, bastaría con diseñar adecuadamente el entorno social para producir el tipo de persona que deseemos.

La evidencia científica contradice claramente esa idea. Por supuesto que la cultura influye. Por supuesto que el entorno importa. Sería absurdo negarlo. Pero pensar que la naturaleza humana no existe o que puede ser completamente reconfigurada mediante ingeniería social es un error enorme, y la evidencia científica moderna al respecto es considerable.

¿Cree que algunos de los grandes fracasos políticos del siglo XX tienen su origen en esa concepción?

Sin duda. Muchos experimentos políticos se construyeron sobre la idea de crear un "hombre nuevo". La aspiración consistía en transformar completamente a las personas mediante la transformación radical de las condiciones sociales. La Unión Soviética, la China de Mao o la Cuba revolucionaria intentaron, de formas distintas, desarrollar proyectos basados en esa premisa.

Pero las personas siguieron siendo personas. Siguieron existiendo los incentivos, las ambiciones, los afectos, la búsqueda de reconocimiento, la competencia y todos los elementos que forman parte de nuestra naturaleza. Cuando un sistema político se construye sobre una antropología equivocada, termina chocando con la realidad. Y eso es exactamente lo que ocurrió en muchos de esos casos.

¿Podría citar algún ejemplo más cotidiano que ayude a entender esta idea?

La educación ofrece ejemplos muy ilustrativos. En Chile, como en otros países, se ha debatido durante años sobre la conveniencia de que toda la educación sea pública, gratuita y homogénea. Sin embargo, muchas personas que defienden esos planteamientos terminan buscando para sus propios hijos las mejores oportunidades posibles, incluso fuera del sistema que proponen.

No se trata de una contradicción moral. Es algo mucho más profundo. Los seres humanos tenemos una inclinación natural a preocuparnos especialmente por nuestros hijos, por nuestras familias y por quienes forman parte de nuestro círculo más cercano. Eso ocurre en todas las sociedades y bajo todos los sistemas políticos. Pretender que ese impulso desaparezca simplemente porque se apruebe una ley es desconocer cómo funcionan las personas.

Usted identifica tres grandes características de la conducta humana especialmente relevantes para comprender la vida social. ¿Cuáles son?

La primera es la dualidad entre altruismo y egoísmo. Los seres humanos somos capaces de preocuparnos por nuestro bienestar y, al mismo tiempo, preocuparnos por el bienestar de otros. Ambas tendencias forman parte de nosotros.

La segunda es lo que denomino, siguiendo a Tooby y Cosmides, psicología coalicional. Tenemos una enorme facilidad para formar grupos, generar identidades colectivas y distinguir entre quienes percibimos como cercanos y quienes percibimos como ajenos. Lo vemos en el deporte, en la política, en la religión, en las naciones o incluso en las comunidades profesionales.

Y el tercer elemento es la búsqueda de estatus. Las personas intentamos mejorar nuestra posición relativa. Queremos progresar, ser reconocidos, adquirir conocimientos, generar riqueza o alcanzar logros que mejoren nuestra situación. Todo ello forma parte de nuestra naturaleza.

¿Cómo se traduce eso en términos políticos e institucionales?

La conclusión principal es que las instituciones deberían trabajar con esas características humanas y no contra ellas. Mi tesis es que las sociedades prosperan más cuando disponen de instituciones liberales capaces de canalizar esas energías hacia resultados beneficiosos para el conjunto.

No estoy hablando de ausencia de normas. Necesitamos Estado de derecho, tribunales independientes, seguridad jurídica, protección de derechos y reglas comunes. Pero sí hablo de evitar poner cadenas innecesarias a la creatividad, al emprendimiento, a la innovación o a la libertad de pensamiento. Cuando las personas pueden desplegar sus capacidades dentro de un marco institucional estable, las sociedades tienden a prosperar.

En el debate contemporáneo existe una creciente crítica a las democracias liberales. ¿Cómo interpreta ese fenómeno?

Las democracias liberales atraviesan desafíos reales. Existen problemas de desigualdad, polarización, desconfianza institucional y sensación de pérdida de control sobre muchos procesos.

Pero también hay un problema intelectual importante. A las personas nos resulta difícil aceptar que pueda surgir orden sin un diseñador u organizador central. Nos cuesta comprender que millones de individuos actuando de manera descentralizada puedan generar resultados colectivos positivos sin que nadie los haya planificado desde arriba.

¿Es ahí donde reaparece la vigencia de Adam Smith?

Exactamente. La idea de la mano invisible sigue siendo profundamente relevante. Cuando las personas buscan legítimamente mejorar su situación, innovar o producir valor, pueden generar beneficios sociales que nunca estuvieron en su intención inicial.

Eso sigue resultando contraintuitivo para mucha gente. Tendemos a pensar que todo orden requiere un arquitecto central. Sin embargo, gran parte de los avances económicos y sociales más importantes de la historia surgieron precisamente de procesos descentralizados.

En el libro también utiliza el caso chino como ejemplo.

Sí, porque ilustra muy bien la importancia de los incentivos. Tras los enormes fracasos de la Revolución Cultural y las políticas de Mao, Deng Xiaoping comprendió que era necesario liberar parte de las capacidades productivas de la sociedad.

Las primeras reformas fueron relativamente sencillas: permitir a los agricultores vender sus excedentes a precios libres y beneficiarse directamente de ellos. Ese cambio aparentemente modesto desencadenó una transformación extraordinaria. Fue el reconocimiento de algo muy básico: las personas responden a incentivos y buscan mejorar sus condiciones de vida.

A lo largo de la conversación aparece constantemente la palabra libertad. ¿Es ese el verdadero núcleo del libro?

Sí, aunque quizá conviene matizarlo. No defiendo la libertad como un dogma abstracto. Lo que sostengo es que, una vez que comprendemos cómo son los seres humanos, descubrimos que la libertad constituye el marco institucional más compatible con nuestra naturaleza.

La libertad permite que florezcan la creatividad, el conocimiento, la innovación y la diversidad. Permite además que las personas desarrollen proyectos vitales distintos y que las sociedades aprendan mediante prueba y error.

Pese a los problemas actuales, el libro transmite una visión optimista del futuro.

Lo hace porque creo profundamente en la capacidad humana para aprender, ensayar y resolver. La historia de la civilización es la historia de la generación continua de conocimiento. Cada innovación crea nuevos desafíos, es cierto. Pero la única manera de resolver los problemas que generan las innovaciones es seguir innovando.

No podemos retroceder en la historia. La solución nunca ha consistido en abandonar el conocimiento, sino en producir más conocimiento. Por eso mantengo una visión optimista. No porque ignore los problemas, sino porque confío en nuestra capacidad para comprenderlos y afrontarlos.

Si tuviera que resumir en una sola idea el mensaje que desea transmitir al lector, ¿cuál sería?

Que cualquier proyecto político, económico o social que aspire a prosperar debe comenzar por entender cómo son realmente las personas. No bastan las buenas intenciones o las utopías imaginarias. La ciencia nos ofrece hoy herramientas extraordinarias para acercarnos a esa comprensión. Y cuanto mejor entendamos nuestra naturaleza, mejores serán las instituciones que construyamos. Las sociedades avanzan cuando trabajan con la naturaleza humana. Los problemas comienzan cuando intentan sustituirla.