De las voces de Madrid

De “chata” y “chato”

La riqueza léxica de una lengua no viene determinada exclusivamente por cuestiones cuantitativas, esto es, por el número de palabras que forman parte del vocabulario de dicha lengua, sino también por cuestiones cualitativas como, por ejemplo, la posibilidad de utilizar una misma palabra en distintas situaciones comunicativas, atendiendo a diferentes significados. Se trata de palabras polisémicas, que son aquellas que presentan diferentes acepciones o matices semánticos. Este es el caso del término “chata” y su masculino “chato”, voces léxicas que sirven para describir una nariz, perfilar una forma, pedir un vino en el bar o, en un registro más castizo, interpelar con cariño (y a veces con cierto tono picaresco) a un interlocutor. 

Una palabra, varias “caras”

Las voces “chata” y “chato” proceden del latín vulgar (es decir, del latín perteneciente o relativo al pueblo; no por ello, impropio de personas cultas o educadas), concretamente de la voz plattus, que significa “plano” o “aplastado”. La evolución del grupo consonántico “pl” al grupo “ch” es especialmente característica en variedades lingüísticas leonesas y en portugués, como se observa, por ejemplo, en la evolución del término latino plorare que en portugués ha dado lugar a la palabra chorar, cuyo significado es “llorar”. Es, sin embargo, un caso atípico de evolución al castellano, donde la palabra “chato”, y su femenino “chata”, a partir de plattus representa la excepcionalidad. 

Vayamos con el significado: en su sentido más generalizado, el término “chata” se aplica a aquella nariz poco prominente, aplanada o con la punta redondeada, aunque, por extensión, es un término usado, tal y como se describe en el Diccionario de uso del español de María Moliner, como adjetivo y nombre “Aplicado a personas o animales, con la nariz de esa forma”. Ahora bien, el uso adjetival no se queda en la anatomía: también sirve para calificar objetos más planos o menos prominentes de lo habitual en su clase, diciéndose, por ejemplo, que una “torre” es “chata”, cuando tiene poca elevación, o, como se lee en el Diccionario de la Lengua Española, para referirse a una persona o entidad intelectualmente pobre o corta de miras, cuando se dice que un “discurso” fue “chato”. 

Madrid, habla urbana y literatura

Dado que la lengua pertenece al pueblo, que es al final quien determina su uso, fue el pueblo, especialmente el madrileño, el que fijó, tal y como se recoge en el mencionado diccionario de María Moliner, que la palabra “chata” fuese una voz empleada “como requiebro castizo dirigido a las mujeres”, esto es, como halago en forma piropo que alaba su atractivo: ese “chata” utilizado en otra época para referirse con ternura o galantería a una mujer. Esa dimensión social del término —insistimos, en otro tiempo— aparece bien reflejada en textos ambientados en el Madrid castizo de la segunda mitad del XIX, como se recoge en la obra La chismosa (1898), comedia en verso de Enrique Gaspar, o en la zarzuela Doña Francisquita (1923), de Federico Romero y Carlos Fernández-Shaw.

El “chato” que se bebe

El salto semántico más pintoresco de estos términos es, probablemente, el que lleva del rasgo físico al mostrador. Y es que “chato” da nombre al vaso de vino más bien bajo y ancho, típico de bares y tabernas del Madrid castizo; y, por metonimia, a la bebida servida en él cuando se escucha o se escuchaba aquello de “vamos a tomar unos chatos”. Aquí, la idea de “bajo” o “achatado” encaja de manera casi visual con el objeto nombrado, puesto que el recipiente es menos alto que una copa y más “chato” en su proporción. 

Visto el conjunto de matices semánticos, concluimos, pues, que la naturalidad de los significados manifestados en los citados actos de habla es la que ayuda a entender por qué “chata” y “chato” han seguido vivos, aunque cada vez con menos presencia, en registros informales del ambiente madrileño, toda vez que son palabras que buscan reflejar proximidad entre los hablantes y trato afable, términos, por lo tanto, acordes a la idiosincrasia del habla chulapa.