En un tiempo en que la prisa amenaza con reducir, el libro, la lectura, a un objeto y una práctica con fecha de caducidad, enemigos ambos de la febril realidad que nos circunda, En pequeñas dosis…, de Enrique Granda, se presenta como una obra nada habitual, sólida, de obligada y pausada lectura. No es un tratado académico ni una simple recopilación de artículos. Tampoco una sucesión de anécdotas. Es un lugar de encuentro entre dos formas de conocimiento que desde la más clásica antigüedad han dialogado en silencio: la medicina y la escritura, porque tanto una como otra nacen y son el origen del hombre. Sin la primera, por más elemental que fuese, la evolución hubiera sido imposible. Sin la segunda, convertida ya en literatura, comprendemos y aceptamos quienes somos.
Granda parte de una intuición tan antigua como fértil: la enfermedad no es un hecho biológico simplemente, sino también una experiencia humana que exige ser contada. Si la cura está en manos del galeno, el cómo se hizo y en qué consistió es prerrogativa del escritor, muchas veces el propio facultativo. A lo largo de sus páginas el lector transita por un territorio donde médicos, boticarios y pacientes se convierten en personajes literarios con una entidad que trasciende su función. Desde las evocaciones de la rebotica como lugar de conversación y confidencia, hasta la exploración de figuras como Proust o Chéjov, entre otras muchas que recorren un amplio espacio temporal, el autor construye un mosaico en el que el saber científico se entrelaza con la memoria cultural.
Tiene el libro una mirada clásica en el mejor sentido del término, trascendente, respetuosa con la tradición, consciente de que el progreso no invalida lo heredado, sino que lo ilumina desde otra perspectiva. Granda reivindica una forma de entender la sanidad que no se agota en protocolos ni estadísticas, sino que incorpora la palabra, la escucha y la narración como herramientas esenciales del cuidado.
Son dignos de particular mención los retratos de médicos y farmacéuticos en la literatura, donde el autor demuestra un profundo conocimiento de las fuentes y una capacidad singular y poco común para desde su tiempo, por muy lejano que sea, hacerlas dialogar con el presente. En estas páginas el sanitario no es sólo un técnico, sino un testigo privilegiado de la condición humana, alguien que observa, interpreta y acompaña. En pequeñas dosis… contiene, y es justo señalarlo, un estilo sobrio y preciso que define una prosa clara rehuyendo el ornato innecesario, como exigía Teresa de Ávila, invitando al lector a una pausada reflexión. No abruma con capítulos y secciones excesivas, sino que se estructura en textos breves que permiten una lectura fragmentaria, en pequeñas dosis, como muy bien reza su título. Entre sus muchas virtudes, una prevalece: el libro no busca ni pretende ofrecer respuestas definitivas, pero nos recuerda que tanto la medicina como la literatura comparten un mismo objetivo, una deseada aspiración: comprender y retratar al ser humano, entenderlo en su fragilidad sin olvidar la dignidad que le adorna.
Si el contenido no deja lugar a dudas en cuanto a su bondad, el continente no le va a la zaga. La edición es impecable, y la adornan multitud de ilustraciones que subrayan y amplían el texto ayudando al lector, aún más, a penetrar en ese insondable arcano que hasta hace muy poco fue la práctica sanitaria. En pequeñas dosis… es una obra inagotable, abierta y siempre dispuesta a conversar con el lector en esos momentos donde uno se encuentra consigo mismo, en ‘soledad sonora’, como escribiera Juan de la Cruz. Es entonces cuando este libro se convierte en un fiel e insustituible compañero.