Poéticas de la inteligencia

Vicente Quirarte: la juventud que permanece en la palabra

Hay despedidas que llegan acompañadas de un silencio que parece definitivo, y, sin embargo, cuando quien se marcha ha dedicado su vida a la palabra, ese silencio nunca es completo. Quedan los libros, los poemas, las conversaciones, las preguntas compartidas y, sobre todo, esa misteriosa permanencia de la literatura que permite que una voz continúe hablándonos cuando el cuerpo ya no está.

La muerte de Vicente Quirarte, ocurrida el 11 de agosto a los 72 años, deja una profunda ausencia en las letras mexicanas. Poeta, ensayista, narrador, dramaturgo, investigador y académico, Quirarte fue también un hombre que hizo de la literatura una forma de conversación permanente con el mundo. La UNAM, institución a la que estuvo estrechamente ligado como profesor e investigador, lamentó su partida, al igual que la Academia Mexicana de la Lengua y El Colegio Nacional, del que formaba parte desde 2016.

Pero más allá de sus cargos, de sus reconocimientos y de su extensa obra, quisiera recordar a Vicente desde un lugar más íntimo: el de la conversación. Tuve la oportunidad de dialogar con él sobre poesía y literatura. Recuerdo especialmente una de sus afirmaciones porque, ahora que la muerte lo ha convertido en memoria, adquiere una resonancia distinta. 

Me dijo: “La poesía es la esencia del ser, la palabra tiene el poder dialogar a través de la literatura y conocer más del ser humano”.

Aquella idea contenía, de alguna manera, su propia concepción de la literatura. Para él, escribir no significaba alejarse del mundo, representaba acercarse a él. La poesía era una forma de conocimiento y de encuentro. El poema no terminaba en quien lo escribía: comenzaba de nuevo en quien lo leía, en quien lo escuchaba, en quien encontraba en sus palabras una parte de sí mismo.

Y entonces me dijo algo que hoy recuerdo con particular emoción: “La juventud se conserva en la literatura, la palabra nos mantiene jóvenes”.

Quizá esa sea una de las mejores maneras de comprender su vida intelectual. Vicente Quirarte conservó siempre una curiosidad esencialmente joven frente a la literatura, frente a la Ciudad de México, frente a los escritores, frente a la historia y frente a las posibilidades de la palabra. Su trayectoria académica estuvo profundamente vinculada con la enseñanza y con la formación de lectores y escritores. En la UNAM impartió clases durante décadas, mientras desarrollaba una obra que transitó por la poesía, el ensayo, la narrativa, el teatro y la investigación literaria.

En nuestra conversación hablamos también de uno de sus poemas, “El mundo”, un texto que parece contener una poética de su propia escritura. Allí Quirarte escribe:

“Queremos nombrar el centro de las cosas,
el corazón sonoro de las cosas,
el fervor silencioso de las cosas.”

Estos versos podrían leerse como una declaración de principios, porque nombrar no significa colocar una palabra sobre aquello que existe, es llegar a su centro, escuchar aquello que permanece oculto bajo la apariencia. Hay una sabiduría en esperar, en mirar, en dejar que las cosas revelen lentamente su verdadera naturaleza.

Su trayectoria académica fue igualmente significativa. Fue director de la Biblioteca Nacional de México y desarrolló una larga labor docente y de investigación en la UNAM. Ingresó a la Academia Mexicana de la Lengua en 2003 y posteriormente a El Colegio Nacional, donde continuó participando en la divulgación del conocimiento y la cultura.

Pero los títulos y las instituciones son apenas una parte de una vida dedicada a la palabra. Hay otra dimensión, quizá más profunda, que solamente aparece en el encuentro entre las personas: la generosidad de conversar. Por eso hoy prefiero recordarlo hablando.

Recuerdo aquella frase suya sobre la juventud: “La palabra nos mantiene jóvenes”. Ahora comprendo que no se trataba solamente de una metáfora. La literatura posee efectivamente esa capacidad de devolvernos al asombro. Quien lee vuelve a comenzar. Quien escribe vuelve a preguntar. Quien conversa sobre poesía vuelve a descubrir que el mundo todavía puede ser nombrado de otra manera.

La muerte interrumpe la conversación física, pero no necesariamente el diálogo. Los libros continúan abiertos, las palabras que alguna vez pronunciamos permanecen en quienes las escucharon. Tal vez la literatura sea justamente eso: una reconstrucción lenta del mundo.