De suelta lengua

Lírica para comicastros: una poética teatral

El actor, pintor, poeta y artista total que es Fernando Aguado, fundador de la compañía Morboria Teatro, ha publicado en la editorial Sial-Pigmalión sus, citándole, «versos jocosos y estrafalarios para esos que habitan los escenarios»; un gesto de resistencia artística, un libro que reivindica el tiempo dilatado, el trabajo artesanal y la dignidad del teatro como forma de vida, con su particular sentido del humor. Más que una simple obra poética, el volumen constituye una declaración de amor al escenario, al oficio y a quienes lo sostienen desde dentro, tal como se expone en su propio texto de presentación. 

Desde sus primeras páginas, Aguado se muestra sin solemnidad ni impostura. Con humor y lucidez, se define como un trabajador de la escena que ha navegado durante décadas por el «mar proceloso» de las artes sin renunciar al rigor ni a la honestidad. Esa voz cercana, irónica y sincera atraviesa todo el libro, construyendo un autorretrato donde conviven el cómico, el poeta, el artesano y el hombre de teatro.

El libro está concebido como una obra dramática: prólogos, actos, escenas y epílogos articulan un recorrido que convierte la lectura en una experiencia escénica. No se trata de un recurso formal gratuito, sino de la expresión natural de una mirada que piensa siempre desde el teatro. En sus páginas se entrelazan la memoria personal, la vida en compañía, la sátira del sistema cultural, el homenaje a los maestros y la reflexión sobre el presente del oficio. Aparecen figuras fundamentales como Juan Margallo, Petra Martínez o Emilio Gutiérrez Caba, junto a dedicatorias íntimas y juegos metaliterarios que dialogan con la tradición cervantina y barroca. El resultado es un gran “espectáculo íntimo” donde cada poema funciona como una pequeña escena: ensayos, estrenos, giras, camerinos, críticas, cansancio y entusiasmo conforman el tejido real de la vida teatral, lejos del brillo superficial de los carteles.

Uno de los rasgos más singulares del libro es su diálogo constante con la tradición. Aguado escribe en verso en pleno siglo XXI, recuperando romances, redondillas, sonetos o décimas, pero atravesados por una mirada contemporánea, libre y provocadora. Aguado, que tanto ha encarnado los versos áureos, reivindica el verso como herramienta viva para el teatro. Predomina el arte menor, especialmente el octosílabo, heredero directo de la tradición oral y popular, pero convive con estructuras más complejas cuando el tono se vuelve reflexivo. La rima consonante, el ritmo marcado y la organización dramática convierten cada poema en una partitura para la voz del actor. La métrica no es un adorno: es parte esencial del sentido teatral de la obra. Su escritura combina el respeto por el Siglo de Oro con la parodia, el humor y la cita apócrifa. Es culto sin pedantería, popular sin banalidad, poético sin solemnidad. En ese equilibrio entre herencia y rebeldía se construye una voz propia, capaz de hacer convivir el latín macarrónico con la emoción verdadera.

Los cuadros que acompañan al texto no funcionan como meras ilustraciones sino que son prolongaciones naturales del universo creativo del autor: autorretratos simbólicos, figuras grotescas, personajes suspendidos entre el riesgo y la ternura. Proceden del mismo impulso artesanal con el que se conciben vestuarios, máscaras y escenografías en Morboria Teatro. Texto e imagen forman así una única obra. Escribir, pintar, actuar y moldear son ramas de un mismo tronco artístico que definen su estética y su compromiso vital para con el oficio teatral.

Lírica para comicastros no puede entenderse sin la historia de Morboria. Cuatro décadas de trabajo ininterrumpido, de repertorio, giras y creación artesanal atraviesan cada página. El libro funciona como una memoria poética de esa «bizarra andadura» colectiva, donde el teatro se vive como vocación total. Cada verso es un fragmento de escenario, cada estrofa una función más, cada rima una reafirmación del compromiso con el público. Y por esto, otro de los ejes del volumen es su dimensión afectiva. Aguado escribe desde la comunidad: la compañía, los compañeros, los maestros y, muy especialmente, la pareja artística. El extenso poema dedicado a Eva del Palacio, alma mater de la compañía, constituye una de las declaraciones de amor más honestas del teatro contemporáneo, entendiendo el vínculo como sostén, trabajo compartido y creación conjunta. El libro es, en este sentido, un acto de gratitud hacia quienes han construido con él una forma de entender el oficio.

Frente a la mercantilización y la precariedad, Lírica para comicastros defiende una ética clara: cuidar el oficio, respetar al espectador, no traicionar el sentido del trabajo artístico. Aguado no idealiza el teatro, pero tampoco renuncia a él. Habla de sus dificultades desde el humor, aun cuando «no tenga puñetera gracia» lo que relata. Esa mezcla de lucidez y amor es, quizá, la mayor fortaleza de este libro valiente: es un retrato de un artista completo y, al mismo tiempo, de una generación que ha entendido el teatro como destino más que como profesión. 

Fernando Aguado nos recuerda que el teatro no es solo un trabajo: es una manera de estar en el mundo. Y que, mientras existan libros como este, seguirá habiendo razones para crecer en las tablas. Para creer en las tablas.

«Mi riqueza es compartir teatro y vida,
ensayos, versos, tablas y telones
encontrando cada día mil razones
para no dar la batalla por perdida»