Poéticas de la inteligencia

¿Por qué se escribe? Interpretación y quimera

La pregunta por qué se escribe suele formularse de manera ingenua, como si la escritura fuera una actividad transparente y su sentido pudiera reducirse a una función comunicativa o expresiva. Sin embargo, la experiencia pedagógica y crítica muestra lo contrario. En los centros educativos, la enseñanza de la literatura suele quedar atrapada en un entramado de explicaciones esquemáticas: géneros, fechas, movimientos, listas de obras y autores que rara vez dialogan entre sí. Este enfoque —quizá consecuencia de la reducción paulatina de horas dedicadas a lengua y literatura, o de la persistencia de modelos analíticos heredados del comentario de texto tradicional— conduce con frecuencia a un conocimiento superficial. El estudiante aprende a segmentar, etiquetar y clasificar, pero no necesariamente a pensar el texto, a escucharlo como una forma viva de conocimiento. Así, la escritura aparece como un objeto muerto, desprovisto de su dimensión interrogativa y creadora.

Frente a esta visión funcionalista, escribir no es producir un texto cerrado, sino abrir un campo de interpretación. Octavio Paz lo demuestra de manera ejemplar en Pasado en claro, poema que es una indagación autobiográfica,  una reflexión sobre la memoria, el lenguaje y el tiempo. El hecho —poco estudiado— de que Paz haya modificado el poema revela una verdad esencial: el autor no es únicamente un creador, sino también un intérprete de su propia obra. Escribir implica volver sobre lo escrito, releerlo desde otra conciencia, asumir que el texto no se agota en su primera formulación. En este sentido, el poeta se asemeja al jurista: ambos trabajan con el lenguaje como un espacio de precisión y ambigüedad, donde cada palabra exige ser interpretada a la luz de un contexto, de una intención y de una ética del sentido.

Esta concepción de la escritura como interpretación permanente se vincula con la experiencia intelectual de Paz en el surrealismo. André Breton, quien afirmó que Paz era “el poeta hispanoparlante que más me conmueve”, lo incorporó a la ortodoxia surrealista de la posguerra. Sin embargo, Paz nunca aceptó del todo esa etiqueta. Para él, el surrealismo no era un estilo, sino una actitud mental, un modo de ser ante el mundo. No le interesaba reproducir sus procedimientos formales, sino asumir su afirmación radical de ciertos valores: la libertad, la imaginación, la intransigencia moral. Un espíritu tan amplio —capaz de integrar mitos prehispánicos, filosofías orientales y tradiciones occidentales— difícilmente podía quedar contenido en un rótulo restrictivo. Escribir, para Paz, era una forma de pensamiento en movimiento, no la adhesión a una escuela.

Esta dimensión onírica y reflexiva de la escritura ha sido señalada por Gaston Bachelard cuando afirma que “toda imagen grande tiene un fondo onírico insondable y sobre ese fondo el pasado personal pone sus colores peculiares”. Escribir es, entonces, descender a ese fondo, dialogar con lo soñado y lo recordado, con aquello que no se deja atrapar del todo por la razón instrumental. Borges lo expresó con claridad al decir que “la literatura no es otra cosa que un sueño dirigido”. No se trata de un abandono al caos, sino de una vigilancia lúcida sobre la imaginación: un sueño que piensa, que se ordena sin perder su misterio.

Pero escribir no nace solo de la experiencia individual; nace también de la lectura. Borges insistió en que “uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que ha leído”. La escritura es una conversación infinita con otros textos, otras voces, otras épocas. De ahí que el libro sea el más sorprendente efecto del ser humano, una extensión de la memoria y de la imaginación. Al escribir, el autor activa esa memoria expandida, ese archivo vivo que conecta su conciencia con la de otros hombres y mujeres a través del tiempo.

En este punto, la escritura se aproxima a una reflexión cósmica. Stephen Hawking recuerda que “cuando miramos al Universo, lo vemos tal como fue en el pasado”: la distancia convierte al tiempo en experiencia diferida. Algo semejante ocurre con la literatura. Cada texto es una mirada lanzada hacia atrás y hacia adelante, una tentativa de comprender lo que fue y lo que aún no es. El universo es tan vasto que no percibimos sus cambios inmediatos; la escritura, en cambio, intenta registrar esas variaciones mínimas del pensamiento y de la experiencia humana.

Por eso, conocer a un hombre y conocer lo que tiene dentro de la cabeza son asuntos distintos. La escritura no revela simplemente una biografía exterior; expone una forma de conciencia, una manera de ordenar el mundo. Escribir es pensar, pero pensar de un modo particular: no desde la abstracción pura, sino desde la imagen, la memoria, el ritmo del lenguaje. En este sentido, la escritura no complica lo real, sino que lo depura.

Tal vez por eso, la respuesta más honesta a la pregunta por qué se escribe no sea grandilocuente. Se escribe para comprender. Se escribe porque el pensamiento, cuando es verdadero, sabe —como dijo Nietzsche— considerar las cosas más sencillas de lo que son. La escritura, en su forma más profunda, no añade ruido al mundo: lo vuelve legible.