El 15-M marcó un antes y un después en la sociedad española ya que supuso una insólita movilización de la ciudadanía con el objetivo de reclamar derechos que les habían sido arrebatados tras los duros recortes emprendidos por el presidente socialista José Luis Rodríguez Zapatero. Si bien es verdad que al principio parecía un movimiento esperanzador, encabezado por ciudadanos indignados con la situación del país, y desde luego una demostración de que el pueblo se moviliza y presiona al poder, lo cierto es que el 15-M terminó por convertirse en una concentración desorganizada de personas, con la Puerta del Sol como símbolo, de las cuales algunas se adueñaron de las consignas iníciales para imponer las suyas propias.
El libro ¡Indignaos! del político y diplomático francés, ya fallecido, Stephane Hessel contribuyó a que la sociedad tomara conciencia de que saliendo a las calles se pueden cambiar cosas, pero hay que recalcar que ésta llegó a malinterpretar el mensaje de la obra entendiendo que los problemas se resuelven solo con revoluciones sociales extremas, más propias de tiempos de penumbra, y no con una verdadera democratización de las estructuras del Estado.
Por aquel entonces se llegó a la conclusión de que ocupando durante un largo tiempo las calles de todos y fomentando el asamblearismo se mejoraría la Democracia, defendiendo posiciones antisistema, que han desembocado en el veneno populista, que ya afecta tanto a nuevos como a viejos partidos, además de consolidar durante años un gobierno muy derechista como el de Rajoy, en lugar de planteando una verdadera reforma del sistema aprovechando el fuerte esqueleto ya creado. Reformismo frente a revolución.
Consignas como “Democracia real ya” fueron pervertidas difundiendo la idea de que no existe un sistema democrático en España y alimentando movimientos que, henchidos de idealismo, buscaron acabar con el régimen actual para imponer otro, en demasiadas ocasiones peor que el anterior, sin solucionar los problemas de fondo. Se perdió pues una oportunidad de aprovechar el despertar social para convertirlo en ideas que mejoraran la Democracia, un verdadero foro de pensadores, periodistas, políticos y ciudadanos diversos reunidos para, paso a paso, mejorar el país con pequeñas aportaciones pero sin alejar el foco de la política con mayúsculas, verdadera impulsora de los cambios reales.
España no necesita de nuevos regímenes, pero si de una reforma del viejo sistema proveniente del 78 que, si bien nos ha permitido vivir en paz durante casi 40 años, ha comenzado a mostrar signos de agotamiento y ya no responde a las demandas actuales de transparencia e ímpetu democratizador enarboladas por buena parte de los ciudadanos. Un control férreo de la corrupción, una limitación de mandatos, mayor participación política y sindical de la sociedad, devolución de lo robado, una mejora de la comunicación parlamentaria, hoy secuestrada por el exabrupto, así como un cambio en el funcionamiento mediático que proteja las instituciones y no predique el todo vale, entre otras medidas, son necesarias para impedir la revuelta social y asegurar el statu quo.
Si de verdad queremos que nuestro país rejuvenezca y se democratice debemos apostar porque las instituciones vuelvan a identificarse con la ciudadanía realizando los cambios pertinentes, pero también hemos de dar ejemplo como ciudadanos inconformistas, éticos y profundamente demócratas para que los distintos agentes que forman el Estado se parezcan a nosotros. No valen soluciones inviables de prepotentes salvapatrias, necesitamos que vuelva aquella vieja política que, si no perfecta, se pareció lo más posible al sistema democrático ideal, pero con nuevos aires que le permita perpetrarse por muchos años más garantizando la estabilidad y los derechos reclamados por las nuevas generaciones que piden paso.