Cuando fuimos peces

Cuando el universo aprendió a cantar

Hubo un tiempo —quizá antes de que fuéramos peces, quizá antes incluso de que el universo sospechara que algún día inventaríamos tertulianos— en que todo era vibración pura. Nada de melodías, nada de épicas, nada de postureo cósmico. Solo ondas que iban y venían, respiraciones sin pulmones, un murmullo primordial del que brotó todo lo que hoy llamamos sonido: desde el rugido insolente de un avión hasta ese susurro que alguien pronuncia cuando dice nuestro nombre como si estuviera robando un secreto.

Cada nota es una negociación entre el caos y el orden, una tregua firmada sin abogados. Una frecuencia que insiste, un periodo que regresa, una onda que avanza con la dignidad de quien no necesita demostrar nada. El aire, siempre tan servicial, las transporta a 343 metros por segundo, sin quejarse, sin pedir horas extras. Y nosotros, criaturas de agua reciclada y memoria que se cae a pedazos, nos dejamos atravesar por ellas como si fueran mensajes escritos en un idioma que alguna vez dominamos y luego olvidamos por pura torpeza evolutiva.

Las notas, al final, son números que aprendieron a sonar hermoso. Cada semitono es un salto matemático, una escalera que asciende en progresión geométrica hasta que, doce peldaños después, la frecuencia se duplica y el mundo nos regala una octava. La armonía —esa palabra que los románticos agitan como si fuera incienso— es solo una colección de razones simples: 2:1, 3:2, 4:3. Proporciones que el oído reconoce como hogar, como si en ellas sobreviviera un recuerdo fósil de cuando el universo era joven y vibraba sin contradicciones.

El timbre, esa huella dactilar del sonido, nace de los armónicos: pequeñas réplicas que se superponen como capas de luz. Una flauta, un violín, una trompeta: cada uno es un modo distinto de doblar la realidad sin pedir permiso. Y si queremos desmenuzar esa realidad hasta su última sílaba, ahí está Fourier, paciente como un monje que ya lo ha visto todo, dispuesto a convertir cualquier sonido en un mapa de frecuencias. Una cartografía del misterio.

Incluso en el reino digital, donde todo parece cuadrado y sin alma, el sonido conserva su poesía. Se deja muestrear, sí, pero solo si lo tratamos con respeto: dos veces la frecuencia máxima, como dicta Nyquist, para que la música no se convierta en un monstruo pixelado.

Al final, la música es eso: matemáticas que aprendieron a conmover, vibraciones que se hicieron carne, números que se volvieron memoria. Una prueba silenciosa de que, antes de ser humanos, fuimos ondas. Y quizá, en el fondo, seguimos siéndolo.